Capítulo 8 Lo que vale una casa
El lunes por la mañana, Luke llegó con dos cafés y una carpeta.
Emma abrió la puerta antes de que llamara.
Se quedaron mirándose un segundo.
Durante el domingo habían intercambiado tres mensajes sobre la mesa, uno sobre una factura y otro que Emma había escrito después de apagar la luz de su habitación.
Me ha gustado que te quedaras a cenar.
Luke respondió:
A mí también. Aunque June me haya hecho pelar patatas.
Ahora él estaba en el porche con el cuello del abrigo levantado y una expresión que Emma todavía no sabía cómo recibir sin sonreír.
—Buenos días —dijo ella.
Luke le entregó un café.
—He pensado que este funcionaría sin levantar ninguna jarra.
Emma aceptó el vaso.
Después lo besó.
Fue un beso corto, junto a la puerta abierta, con aire frío entrando entre ambos.
Cuando se apartó, Luke seguía sujetando la carpeta.
—Podría acostumbrarme a esto.
—Al café comprado.
—Entre otras cosas.
Desde la recepción llegó un carraspeo.
Nora estaba sentada ante el registro de los deseos.
—Voy a salir otra vez —anunció—. Puedo volver haciendo más ruido.
Emma cerró la puerta detrás de Luke.
—Puedes quedarte.
Nora se puso las gafas.
—Qué alivio. Hace un frío espantoso.
Luke dejó la carpeta sobre el mostrador.
—Las reparaciones. Separadas por prioridad.
Emma la abrió.
Había presupuestos de materiales, horas de trabajo y dos opciones para varias intervenciones. La cifra final seguía siendo importante, pero una parte podía esperar hasta primavera.
—Has trabajado mucho en esto.
—Ya tenía las medidas.
Ella levantó los ojos.
Luke sostuvo su mirada con una sonrisa pequeña.
Emma bajó de nuevo la vista antes de que Nora considerara necesario intervenir.
En la última página había una nota sobre el salón grande.
Revisar capacidad, accesos y requisitos antes de ofrecer eventos.
—Gracias por poner esto.
—Te conozco lo suficiente para saber que ya estás colocando mesas en la cabeza.
Emma pasó una página que ya había leído.
—Solo seis.
—Eso confirma mi preocupación.
Nora levantó la mano.
—Yo tengo una pregunta sobre una guirnalda.
Emma se volvió.
—¿Qué guirnalda?
—La que lleva dos días suelta por un extremo.
Luke cogió su café.
—Ahora voy.
Mientras él salía, Nora se inclinó un poco hacia Emma.
—No voy a preguntarte nada.
—Muy considerado.
—Pero June y yo estamos contentas.
Emma cerró la carpeta despacio.
Había una calidez inesperada en oírlo dicho así, sin bromas ni advertencias.
—Gracias.
Nora volvió a su lista.
—Ahora llama a Harold. Ha reservado dos plazas para la clase del sábado y se niega a decirme para quién es la otra.
Por la tarde, Emma y June se sentaron a preparar la visita de Martin Hale.
Habían acordado recibirlo el martes a las once. June pidió estar presente durante todo el recorrido y Emma lo dejó claro al confirmar la cita.
Sobre la mesa de la cocina había una hoja nueva.
No era una oferta de compra.
Era un cálculo de lo que costaría mantener abierta Winterlight sin depender de que June trabajara hasta agotarse.
Emma había incluido ayuda para limpieza, una cantidad mensual para reparaciones y un sueldo para su tía.
June señaló esa última línea.
—Es más de lo que cobro ahora.
—Lo sé.
—Bastante más.
—También lo sé.
Su tía examinó las cifras.
—¿Y lo tuyo?
Emma apoyó el bolígrafo.
Había calculado su trabajo en una casilla aparte: gestión de reservas, promoción y organización de celebraciones. Todavía era una estimación modesta.
La señaló.
June la leyó.
—No quiero que acabes haciendo lo mismo que yo.
—Por eso está escrito.
La respuesta sorprendió a Emma en cuanto salió de su boca.
Durante años, poner un precio a su propio trabajo le había resultado más fácil cuando se trataba de desconocidos. Con la familia, todo parecía convertirse en un favor que podía prolongarse indefinidamente.
June asintió.
Siguieron revisando.
Cerrarían parte de las habitaciones durante las semanas de menor ocupación. Probarían unas pocas celebraciones, sin comprar mobiliario ni contratar personal fijo antes de comprobar la demanda. Emma seguiría atendiendo sus clientes desde allí mientras estudiaba el proyecto.
Aun así, faltaba dinero para empezar.
Y faltaba demostrar que alguien querría pagar por lo que estaban imaginando.
—Puedo hacer llamadas —dijo Emma—. Preguntar a antiguos clientes de la zona, hablar con la oficina de turismo. Preparar una propuesta pequeña y ver qué respuesta tiene.
June pasó el dedo por el borde de la hoja.
—¿Y si no funciona?
Emma miró la carpeta de Hale, al otro extremo de la mesa.
—Entonces tendremos que aceptar que no funciona.
Su tía se quedó callada.
Emma también.
No resultaba agradable decirlo, pero le parecía menos cruel que seguir prometiendo una solución que aún no existía.
June acercó la hoja.
—De acuerdo. Pero la cena de Maddie sigue siendo una cena. Nada de aprovecharla para hacer fotografías.
Emma alzó la vista.
—No iba a hacerlo.
—Lo sé. Quería oírtelo decir antes de que empezaras a pensar como organizadora.
Emma cogió el bolígrafo.
En la esquina de la página escribió:
No convertir los deseos en publicidad.
June leyó la frase.
—Bien.
El martes, Martin llegó cinco minutos antes de la hora acordada.
Llevaba un abrigo oscuro, botas limpias y una bolsa de papel.
—He traído algo de la cafetería —dijo—. Me recomendaron los bollos de naranja.
June recibió la bolsa.
—Le recomendaron bien.
Emma agradeció que no fuera desagradable.
Se había preparado para una persona capaz de mirar la posada sin verla. Sin embargo, Martin se detuvo a observar la escalera, preguntó por el año de construcción y prestó atención cuando June le explicó qué parte del porche habían añadido sus padres.
Aquello hizo la visita más difícil.
No podía descartarlo por una mala impresión.
Recorrieron las habitaciones vacías, el salón pequeño y la cocina. Martin tomó notas y pidió permiso antes de fotografiar una ventana.
Al llegar al salón grande, vio el piano.
—Mi madre tenía uno parecido.
June retiró una taza olvidada del alféizar.
—Este acaba de volver a trabajar.
Él sonrió.
Emma esperó a que terminara de mirar.
—Necesito entender qué harían con la propiedad.
Martin guardó el teléfono.
—El comprador busca una casa de uso familiar. Habría obras para adaptar las instalaciones y redistribuir parte de las habitaciones. La actividad de alojamiento terminaría.
Aunque ya lo sabía, oírlo allí tuvo un efecto distinto.
June miró hacia el comedor.
—¿Y el jardín?
—Se conservaría en gran parte. Tendrían que estudiar el acceso y el espacio para vehículos.
Emma pensó en los abetos, en la mesa del patio y en la pequeña parcela donde su abuela cultivaba hierbas.
Preguntó por los plazos.
Martin respondió sin apresurarse.
La entrega podía moverse hasta enero. Había margen para que June organizara su mudanza. También podían estudiar la compra de algunos muebles, si Emma prefería no encargarse de ellos.
Todo tenía una respuesta razonable.
Ese era el problema.
Cuando regresaron al vestíbulo, Martin vio el buzón.
Leyó el cartel.
—Me hablaron de esto en la cafetería.
June explicó la tradición.
Él la escuchó con atención.
—Imagino que este año será especial.
Emma no supo qué contestar.
June sí.
—Todavía estamos decidiendo qué será el año que viene.
Martin inclinó la cabeza, aceptando la corrección.
Se sentaron en el salón pequeño.
Él abrió su carpeta y colocó una hoja sobre la mesa.
La oferta había aumentado.
Emma leyó la cifra.
Luego volvió al principio para asegurarse.
June no dijo nada.
—El comprador tiene interés real —explicó Martin—. Ha visto otras propiedades, pero esta reúne varias características difíciles de encontrar juntas.
Emma miró los detalles: entrega posterior a las fiestas, muebles negociables, inspección y comprobaciones habituales antes del cierre.
La cantidad alcanzaba para resolver sus deudas, organizar una vivienda para June y dejarle un margen que no había tenido en años.
Sintió alivio.
Inmediato y profundo.
Después pensó en Luke retirando la funda del piano.
Ambas cosas podían existir al mismo tiempo, aunque juntas resultaran incómodas.
—¿Cuándo necesitan una respuesta? —preguntó.
—Una primera aceptación de condiciones, antes del viernes de la próxima semana. Después empezaríamos con la documentación y la inspección.
Emma asintió.
Martin acercó la hoja.
—No tienen que decidir ahora.
Ella agradeció que no intentara convencerlas más.
Cuando se marchó, June permaneció de pie junto a la ventana.
Emma dejó la nueva oferta sobre la mesa.
—Es mucho dinero.
Su tía se volvió.
—Sí.
No añadió nada sobre Rose.
Ni sobre las Navidades.
Ni sobre lo que le debía a una casa que ya había recibido demasiadas horas de su vida.
Emma volvió a mirar la cifra.
—Voy a seguir con las llamadas que acordamos.
—Bien.
—Y esta noche revisamos las dos opciones.
June asintió.
Después fue a la cocina a poner agua para el té.
Emma se quedó sola con la oferta.
Por primera vez, conservar Winterlight le pareció algo que tendría que elegir sabiendo exactamente a qué estaba renunciando.
Luke llegó cuando Martin acababa de salir del camino de entrada.
Desde el porche había visto el coche oscuro. Al entrar, encontró a Emma en el salón, con la carpeta abierta sobre las rodillas.
Ella levantó la vista.
No intentó cerrarla.
—Ha subido la oferta.
Luke dejó las llaves de su camioneta sobre una mesa.
—¿Mucho?
Emma le mostró la hoja.
Él la leyó de pie.
Luego se sentó en la butaca de enfrente.
Durante unos segundos no dijo nada.
—Entiendo que lo estés pensando.
Emma soltó el aire.
—Me da miedo que, si vendo, parezca que estos días no han significado nada.
Luke apartó la mirada del papel.
—¿Para ti?
Ella negó con la cabeza.
—Para vosotros.
Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—A mí me dolería que vendieras.
Emma asintió despacio.
Luke miró hacia el vestíbulo y volvió a ella.
—Pero necesito que puedas decírmelo.
Emma sostuvo la oferta con ambas manos.
No había una respuesta cómoda en la habitación.
Sí había una forma de seguir hablando.
—Todavía no he decidido.
—Ya lo sé.
—Voy a ver si el otro plan puede sostenerse. Con cifras. Sin contar con que June o tú regaléis vuestro trabajo.
Luke asintió.
—La mesa queda lista mañana.
Emma lo miró.
Él señaló hacia la cocina.
—La del jueves. Eso no ha cambiado.
Ella dejó la oferta sobre la carpeta.
Se acercó a la butaca y Luke le tomó la mano.
No la besó para terminar la conversación.
Se quedaron un momento así, con la hoja todavía a la vista.
Más tarde, cuando Luke se fue a trabajar, Emma empezó sus llamadas.
Una antigua clienta escuchó la propuesta de una celebración pequeña con alojamiento y le pidió que enviara precios.
La asociación de comerciantes ya tenía contratada su cena de Navidad, pero buscaba un lugar para una reunión de enero.
Otra persona le dijo que no.
Emma anotó las tres respuestas.
A las seis recibió un correo de una pareja que había celebrado su boda civil con ella dos años antes.
Querían organizar en primavera el aniversario de los padres de uno de ellos. Doce personas. Una comida, una noche de alojamiento y un sitio donde los abuelos no tuvieran que conducir después.
¿Sigues organizando cosas así?
Emma miró el salón al otro lado de la puerta.
El piano tenía la tapa cerrada. Las sillas de la clase de baile seguían colocadas junto a la pared. Sobre la mesa auxiliar descansaba la lista de compras para la cena de Owen.
Abrió una respuesta.
Sí. Estoy preparando una propuesta en una posada de Maplebridge. ¿Podemos hablar mañana para que me cuenten qué necesitan?
Antes de enviarla, comprobó el calendario y el presupuesto que aún debía terminar.
Después pulsó el botón.
No era una reserva.
Pero ya tenía una llamada que preparar.