El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 7 Una mesa para ocho
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Capítulo 7 Una mesa para ocho

La mesa del cobertizo tenía una pata rota, una mancha de humedad y un cajón que nadie recordaba haber visto antes.

—Puede que haya algo valioso —dijo Emma.

Luke tiró del pequeño pomo.

El cajón se abrió con un chirrido.

Dentro había un tornillo, tres botones y una ficha de dominó.

Emma se inclinó.

—La fortuna familiar.

—Ahora entiendo por qué tu abuela no vendió nunca.

Ella recogió la ficha. Un seis doble, con los puntos casi borrados.

Era sábado por la mañana. La luz entraba por una ventana alta y dibujaba franjas sobre las herramientas antiguas de su abuelo. June había insistido en que necesitaban recuperar la mesa antes de la cena de Maddie y Owen.

Emma le había recordado que serían dos.

Su tía respondió que ya sabía contar.

Luke se arrodilló junto a la pata dañada.

—La unión está abierta. La madera parece sana.

—¿Eso es bueno?

—Es mejor que lo contrario.

Emma se agachó a su lado.

La mesa tenía el tablero rayado y una quemadura diminuta cerca del borde. Podía imaginarla limpia, con una lámpara encima y ocho sillas que no tenían por qué ser iguales.

La noche anterior había abierto por fin el mensaje de Martin Hale.

Seguían interesados. Aceptaban estudiar una entrega posterior a las fiestas y querían visitar el inmueble el martes siguiente.

Emma se lo había contado a June después de cenar.

Su tía había escuchado sin apartarse.

Luego le pidió que no acordara ninguna visita sin hablarlo con ella.

Emma había respondido que sí.

Había sido una conversación breve. Mucho más fácil que los días dedicados a evitarla.

Luke se puso de pie.

—Necesito sacar esto al patio para trabajar.

Señaló un extremo.

Emma dejó la ficha en el cajón y tomó posición.

Levantaron la mesa unos centímetros.

—Pesa más de lo que parece —dijo ella.

—Sí.

—Podrías haberlo mencionado.

—Pensé que lo descubrirías.

Avanzaron hasta la puerta.

Allí quedaron atascados.

Emma miró el marco, después a Luke.

Él miró el marco, después a Emma.

—No digas nada sobre mis cálculos —advirtió ella.

Luke inclinó la cabeza hacia la izquierda.

—Gírala un poco.

La mesa pasó.

Emma retrocedió al patio con una satisfacción desproporcionada.

—Deberíamos cobrar por esto.

—Yo lo hago.

Ella sonrió.

Luke dejó su extremo sobre dos caballetes. Emma apoyó el otro y se sacudió las manos.

Él empezó a revisar la unión con una herramienta fina.

Podría haber hablado allí de la visita del martes. Habría sido lo más sencillo. La casa, las reparaciones y la mesa estaban delante de ambos.

Emma buscó las palabras.

La puerta de la cocina se abrió.

—¡Necesitamos un hombre! —anunció Nora.

Luke no levantó la cabeza.

—Suele empezar mal.

—Uno que sepa bailar.

Emma giró hacia él con interés.

Luke la señaló con la herramienta.

—Ni una palabra.

Nora cruzó el patio sujetándose el abrigo.

—Harold está en el salón. Lleva zapatos nuevos y dice que ha venido a cumplir su compromiso.

Emma cerró los ojos.

El deseo de las clases de baile.

Uno de los mensajes cruzados había llegado a Harold, que había supuesto que procedía de una mujer concreta. Emma lo había llamado para explicarle el error y pedirle que no contactara con nadie.

Al parecer, había obedecido a la mitad.

—Le dije que esperara instrucciones.

Nora se encogió de hombros.

—Dice que esperar también cuenta como instrucción y que ya ha esperado.

Luke dejó la herramienta.

—No sé bailar.

Emma lo miró.

—Eso es mentira.

Él sostuvo su mirada un segundo.

Nora dejó de moverse.

—Qué interesante.

—En las bodas —aclaró Emma.

—Claro —respondió Nora.

La misma palabra que June había utilizado en el porche.

Emma empezó a sospechar que aquellas dos mujeres se reunían para decidir cómo pronunciarla.

En el salón, Harold estaba sentado con la espalda recta y los zapatos brillantes apoyados sobre una hoja de periódico.

Al verlos entrar, se levantó.

—No quería estropear el suelo.

Emma miró las suelas.

—Gracias.

Harold llevaba una corbata verde con un dibujo diminuto de acebo.

—¿Ha venido Beatrice?

Emma recibió la pregunta con cuidado.

—El deseo no lo escribió Beatrice.

—Eso me dijiste.

—Entonces…

Harold alisó la corbata.

—Pero Beatrice baila.

Nora se tapó la boca con una mano.

Emma la miró.

Su cara anunciaba que no iba a ayudar.

—Podemos preguntarle si le gustaría venir otro día —dijo Emma—. Sin decir que ha pedido nada. Porque no lo ha hecho.

Harold asintió, satisfecho.

—Eso me parece muy bien.

Luke se apoyó en el respaldo de una silla.

—¿Y quién pidió las clases?

Emma lo miró.

Él levantó una mano.

—No necesito saberlo. Era curiosidad.

Harold se inclinó hacia ellos.

—Yo también podría aprender antes de invitarla. Por no empezar pisándola.

Emma se volvió hacia Luke.

La sonrisa le apareció antes que la petición.

—No —dijo él.

—Todavía no he hablado.

—Te conozco.

Nora ya estaba apartando una mesa.

Diez minutos después, Luke había aceptado demostrar un paso básico con Emma, Harold había abandonado el periódico y June había aparecido en la puerta para comprobar qué estaba ocurriendo.

Se quedó.

El tocadiscos del salón ya no funcionaba, de modo que Emma puso música en el teléfono.

Una melodía lenta llenó la habitación.

Luke se colocó frente a ella.

Habían bailado juntos en el jardín de Winterlight la noche del aniversario de sus abuelos. Emma llevaba un vestido azul y había pasado la mitad de la canción preocupada porque June pudiera fotografiarlos.

Ahora June estaba abiertamente sosteniendo el teléfono.

—Nada de fotos —dijo Emma.

Su tía lo bajó unos centímetros.

—Estaba mirando la hora.

Luke extendió la mano.

Emma la tomó.

La otra mano de él se apoyó en su espalda con una naturalidad que la dejó sin su siguiente instrucción.

—¿Así? —preguntó Harold.

Emma volvió la cabeza.

El hombre estaba frente a Nora, que mantenía entre ambos una distancia propia de una negociación complicada.

—Un poco más cerca —dijo Emma.

—Todavía no hemos acordado nada —protestó Nora.

Luke soltó una risa.

Emma notó el movimiento bajo su mano.

—Empieza con el pie izquierdo —le indicó él a Harold—. Pequeño.

Dieron el primer paso.

Emma conocía bien aquel ritmo. Lo había oído en decenas de celebraciones, casi siempre mientras coordinaba la llegada de un postre o buscaba al fotógrafo.

Pocas veces había estado en el centro de la canción.

Luke la guio para evitar una silla.

Ella levantó los ojos.

—Sigues haciéndolo bien.

—Tú sigues pensando demasiado.

—Eso tiene aplicaciones profesionales.

—Ahora mismo estás a punto de pisarme.

Emma corrigió el paso.

Él sonrió.

Al otro lado del salón, Nora emitió un sonido indignado.

—He dicho izquierdo, Harold.

—Mi izquierdo.

—Solo tienes uno.

Emma se rio, y Luke aprovechó el movimiento para hacerla girar suavemente.

Durante unos segundos dejó de mirar dónde ponía los pies.

Cuando volvió junto a él, quedó más cerca de lo que esperaba.

Luke bajó un poco la cabeza.

Emma sintió el calor de su mano a través del jersey.

La música continuó.

Alguien llamó a la puerta.

Los dos se separaron apenas.

En el umbral había una mujer con una bolsa de zapatos.

Observó a Harold, a Nora y el espacio despejado.

—June dijo que podía venir —explicó—. Soy la del deseo de aprender a bailar.

Emma tardó un segundo en recuperar la voz.

—Claro. Pase.

Harold miró a Nora.

Nora lo soltó de inmediato.

—Te presento a tu profesora provisional —dijo ella, señalando a Emma.

La mujer sonrió.

—Soy Alice.

June desapareció hacia la cocina para preparar café.

Luke retiró la mano de la espalda de Emma.

El lugar donde había estado permaneció cálido mucho después.

La clase improvisada duró cuarenta minutos.

Alice había enviudado cuatro años antes y quería aceptar una invitación para la fiesta del centro comunitario. Le preocupaba haberse olvidado de bailar.

Harold resultó un compañero paciente cuando consiguió dejar de contar los pasos en voz alta.

Al marcharse, Alice preguntó si podían repetirlo.

Emma miró a June.

Su tía observó el salón: las mesas apartadas, las tazas sobre una bandeja, los rostros alegres.

—El próximo sábado, a la misma hora —dijo.

Emma no intervino.

Cuando estuvieron solos, Luke recogió dos sillas.

—Eso ha sido un evento pequeño de verdad.

Ella lo ayudó con la tercera.

—No he contratado flores.

—Ni una orquesta.

—Todavía.

Luke la miró.

Emma sonrió.

Por primera vez desde que había perdido al cliente, pensó en su trabajo sin sentir inmediatamente un peso en el estómago.

Había organizado reuniones mucho más impresionantes. Algunas habían costado más que todos los ingresos anuales de Winterlight.

Ninguna le vino a la cabeza con la claridad de Harold mirando hacia la puerta por si aparecía Beatrice.

Por la tarde volvieron a la mesa.

Luke había limpiado la unión y preparado una pieza para reforzarla. Emma sostenía la pata mientras él ajustaba una abrazadera.

Trabajaron en silencio hasta que ella dijo:

—La persona que ha hecho una oferta por la casa quiere venir el martes.

Luke dejó de apretar.

No retiró la mano de la madera.

—¿Has puesto Winterlight a la venta?

—No. Me contactaron ellos. Lo estoy considerando.

Él asintió despacio.

Emma miró el extremo de la abrazadera.

—June lo sabe. Hablamos ayer. No he confirmado la visita.

Luke probó la firmeza de la unión.

—¿Qué quieren hacer aquí?

—Dejaría de funcionar como posada.

La herramienta quedó inmóvil.

—Ya.

Esta vez Emma no dejó que aquella palabra cerrara la conversación.

—No puedo mantenerla abierta como está. June cobra demasiado poco y trabaja demasiado. Hay reparaciones que llevamos años aplazando.

—Lo sé.

—Y yo no tengo dinero para cubrirlas sin pensar cómo recuperarlo.

Luke soltó la herramienta sobre el caballete.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

—Pero te ha molestado.

Él se quitó los guantes.

Tardó en responder.

—Sí.

La sinceridad hizo que Emma dejara de prepararse para discutir.

Luke miró hacia las ventanas de la casa.

—He pasado mucho tiempo aquí. Rose me dio mis primeros trabajos cuando apenas sabía lo que estaba haciendo. June todavía me guarda comida aunque no se la pida. Claro que me cuesta imaginarlo cerrado.

Emma asintió.

Él volvió hacia ella.

—Pero la casa es tuya.

—No quiero que eso signifique que todo me dé igual.

—No he dicho eso.

Se quedaron frente a la mesa, con las herramientas entre ambos.

Emma apoyó una mano en el tablero.

—Estoy estudiando otras posibilidades. Abrir menos habitaciones en invierno. Organizar comidas pequeñas, celebraciones. Cosas que yo sé hacer.

Luke la escuchó.

—Todavía no sé si los números salen —añadió ella—. No voy a prometer que sí.

Él miró la mesa.

—Puedo calcular las reparaciones por etapas. Lo urgente y lo que puede esperar. Con precios de verdad.

Emma sintió un pequeño alivio.

—Eso me ayudaría.

Luke asintió.

No parecía contento con la posible venta.

Ella tampoco necesitaba que fingiera.

—Y la mesa me la cobras —dijo.

Él arqueó una ceja.

—¿Aunque forme parte de un deseo?

—La mesa no ha pedido nada. June sí.

Luke se rio por lo bajo.

Volvió a ponerse los guantes.

Emma mantuvo firme la pata mientras él terminaba de ajustar la abrazadera.

Esa noche, después de guardar las herramientas, Luke la acompañó hasta la entrada lateral.

La puerta verde cerraba ahora sin esfuerzo.

Emma se detuvo junto al escalón.

—Gracias por no decirme lo que tengo que hacer.

Luke se volvió.

—Tengo opiniones.

—Lo había notado.

—Estoy intentando no confundirlas con instrucciones.

Emma sonrió.

Desde la cocina llegaba el ruido de June lavando platos. En el jardín, las luces pequeñas se reflejaban sobre la nieve endurecida.

Luke levantó una mano y le apartó del hombro una viruta que llevaba horas prendida al jersey.

Esta vez no retiró los dedos de inmediato.

Emma miró su boca.

Luego levantó los ojos.

Él estaba lo bastante cerca para que ella viera cómo cambiaba su expresión.

—No quiero que mañana volvamos a comportarnos como si esto no estuviera pasando —dijo Emma.

Luke dejó caer la mano despacio.

—Yo tampoco.

Ella dio el paso que faltaba.

El primer roce fue breve. Casi una pregunta.

Luke la besó de nuevo antes de que Emma encontrara motivos para apartarse, con una mano suave junto a su mandíbula y la otra apoyada en el marco de la puerta.

Ella se sujetó a su abrigo.

Había imaginado aquel beso alguna vez durante los años separados. Siempre después de una explicación perfecta o de una vida que hubiera aprendido a ordenar.

La puerta golpeó suavemente contra el hombro de Luke.

Los dos se separaron con una risa baja.

—Deberíamos sujetarla —murmuró Emma.

—La acabo de arreglar.

Él mantuvo la frente cerca de la suya.

Emma respiró, aún aferrada a la tela de su abrigo.

Luke le rozó la mejilla con el pulgar.

No le preguntó cuánto tiempo iba a quedarse.

Ella no intentó prometerlo.

Cuando entró en la cocina, June levantó la vista desde el fregadero.

Emma dejó los guantes sobre una silla.

—La mesa estará lista la semana que viene.

Su tía la observó un instante.

Después miró por la ventana, donde Luke recogía la escalera.

—Estupendo.

Emma abrió un armario para buscar un vaso.

El agua estaba en el otro lado de la cocina.

Tuvo que cerrar la puerta y empezar de nuevo.

June siguió lavando los platos sin decir nada.