El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 6 El precio de quedarse
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Capítulo 6 El precio de quedarse

El viernes, Emma colocó tres carpetas sobre la mesa de la cocina y retiró el azucarero para hacer sitio.

June lo devolvió a su lugar.

—Si vas a enseñarme cuánto dinero nos falta, al menos déjame endulzar el café.

Emma sonrió, pero le costó mantener la expresión.

Llevaba toda la mañana esperando aquella conversación. Había comprobado las cuentas dos veces, preparado una lista de reparaciones y llamado al contable que llevaba los impuestos de la posada.

Los números eran suficientemente claros.

Lo que debía decir después no cabía tan bien en una hoja.

June se sentó frente a ella.

—Empieza por lo malo.

Emma abrió la primera carpeta.

—La posada cubre los gastos corrientes durante los meses buenos. Pero eso incluye que tú trabajes casi todos los días y cobres muy poco. Si añadimos las reparaciones pendientes y una reserva para averías, el dinero no alcanza.

June observó la tabla sin tocarla.

—¿Cuánto nos falta?

Emma señaló la cifra.

Su tía la leyó.

No pareció sorprendida.

Aquello le produjo a Emma una mezcla incómoda de alivio y tristeza.

—¿Lo sabías?

—Sabía que cada vez había menos margen.

—Podrías habérmelo dicho.

June levantó la vista.

Emma reconoció su propia frase antes de que su tía tuviera que responder.

Había pedido cifras desde Boston, sí. Pero casi siempre al final de una llamada, con otra cosa esperando. June decía que iba tirando. Emma aceptaba aquella respuesta porque le permitía volver al trabajo.

—Podrías habérmelo dicho de una forma que yo no pudiera ignorar —corrigió.

Su tía rodeó la taza con ambas manos.

—Eso también me habría gustado.

Emma dejó el bolígrafo.

Durante unos segundos se oyó el frigorífico y el golpecito de una rama contra la ventana.

—Hay una oferta por la casa —dijo.

June no se movió.

—¿De quién?

—Hale Property Group. Me escribieron antes de que viniera. Les pedí información.

—¿Cuánta información?

Emma abrió la segunda carpeta y sacó el documento.

June lo leyó despacio. Al llegar a la fecha propuesta para la entrega, apartó la taza.

—Veinte de diciembre.

—Les he dicho que no he confirmado nada.

—Pero te parecía posible.

Emma miró la cifra al pie de la página.

—Me parecía una solución.

Su tía volvió a la primera hoja.

—¿Qué quieren hacer con Winterlight?

—El agente habló de una propiedad de uso privado. No seguiría funcionando como posada.

June asintió una sola vez.

Emma había preparado respuestas para el enfado, para las lágrimas, incluso para que su tía se levantara.

Aquel silencio era más difícil.

—No he firmado nada.

—Ya te he oído.

June se quitó las gafas y las dejó sobre la oferta.

—Rose te dejó la casa a ti. Lo sé desde que nos sentamos con el abogado.

Emma sintió que la frase la empujaba hacia una posición que no quería ocupar.

—Eso no significa que vaya a decidirlo sin hablar contigo.

—Pero significa que puedes.

—Tía June…

—Necesito que me dejes terminar.

Emma cerró la boca.

Su tía miró alrededor: los armarios, el radiador, la marca junto al horno donde una bandeja demasiado caliente había estropeado el barniz.

—No espero que conserves esto porque tu abuela lo quisiera. Y tampoco espero seguir trabajando aquí hasta que tengan que bajarme las escaleras entre dos personas.

Emma levantó los ojos.

June soltó una pequeña risa cansada.

—Me gustaría tener algunos domingos libres. Visitar a mi hermana sin calcular cuántas sábanas dejo lavadas. Dormir una noche sin escuchar si alguien llega tarde.

Emma no sabía por qué nunca se lo había imaginado.

Tal vez porque June siempre estaba allí.

Había confundido aquella presencia con una elección que no necesitaba renovarse.

—Podríamos buscar ayuda —dijo.

Su tía señaló las cuentas.

—¿Con qué dinero?

Emma bajó la vista.

—Todavía no lo sé.

June apoyó una mano sobre la oferta.

—Tampoco puedo mudarme en dos semanas.

—No voy a pedirte eso.

—Bien.

La claridad de su respuesta hizo que Emma respirara un poco mejor.

June la estudió.

—¿Qué pasa con tu trabajo?

Emma se quedó inmóvil.

—Hay menos proyectos de los que esperaba.

Su tía esperó.

Emma había sostenido aquella versión durante tantos días que abandonarla parecía requerir un esfuerzo físico.

—He perdido a mi cliente más importante —dijo al fin—. Casi la mitad de mis ingresos dependían de él. Tengo gastos del estudio, una línea de crédito y contratos con gente a la que ya había reservado fechas.

June apartó la oferta.

—¿Desde cuándo?

—Desde la semana antes de venir.

—Y estabas pensando en pagar todo con esto.

Emma asintió.

—Parte. También pensaba que vender te permitiría descansar.

Era cierto.

No era toda la verdad, pero sí una parte que podía decir sin esconderse.

June estiró la mano por encima de las carpetas.

Emma dejó que se la cogiera.

—Me alegro de que me lo hayas contado.

La vergüenza no desapareció. Sin embargo, perdió fuerza bajo los dedos tibios de su tía.

—No sé qué hacer todavía —admitió Emma.

—Entonces empieza por no dar una fecha que no puedes cumplir.

Emma miró el calendario abierto en el teléfono.

Martin esperaba una respuesta inicial aquel día.

Podía darle una.

Escribió delante de June.

Gracias por la oferta. No puedo comprometer la entrega del inmueble el veinte de diciembre. Necesito evaluar la continuidad de la posada y acordar cualquier transición con mi tía. Si mantienen el interés con otros plazos, podemos seguir hablando.

Leyó el mensaje en voz alta.

June asintió.

Emma lo envió.

Después volvió a las cuentas.

—Quiero estudiar si esto puede funcionar con menos habitaciones abiertas en invierno, ayuda por horas y algunos eventos pequeños. Sin prometerte que vaya a conseguirlo.

June recuperó sus gafas.

—Pequeños de verdad.

—Pequeños de verdad.

—Tu abuela empezó una cena para seis y ya ves dónde hemos terminado.

Emma miró hacia el vestíbulo, donde el buzón rojo esperaba sobre su mesa.

Por primera vez en días, June se rio con ella.

Aquella tarde, Teresa Alvarez llegó a la posada con un bastón, una bufanda violeta y la expresión de alguien dispuesta a encontrar defectos.

El afinador acababa de marcharse.

Emma lo había llamado dos días antes. Había aceptado revisar el instrumento como parte de su colaboración con el buzón, después de que Nora prometiera no apuntarlo para ningún otro encargo aquel año.

Luke esperaba junto al piano.

Teresa se acercó sin quitarse el abrigo.

Pulsó una tecla.

Luego otra.

Se sentó.

Los tres permanecieron quietos mientras ella probaba una escala lenta. En la mano derecha, dos dedos tardaban un poco más en levantarse.

Teresa frunció el ceño.

—El taburete está bajo.

Luke lo ajustó.

—¿Así?

Ella comprobó la altura.

—Servirá.

Emma dejó sobre una mesa el té que había preparado.

—Podemos dejarla sola, si lo prefiere.

Teresa miró el salón.

—¿Por qué? ¿Tienen algo mejor que hacer?

Luke tosió para disimular una risa.

Emma se sentó en la butaca junto a la ventana.

Teresa apoyó ambas manos sobre el teclado.

Esta vez comenzó una melodía.

Emma la reconoció unos compases después. Su abuela la tocaba los domingos de diciembre, mientras June buscaba alguna excusa para cantar desde la cocina.

La interpretación de Teresa tenía pausas breves. En una de ellas retiró la mano izquierda, la flexionó sobre el regazo y volvió a empezar desde el compás anterior.

Nadie la ayudó a llenar el silencio.

Cuando terminó, dejó los dedos apoyados sobre las teclas.

—Bueno —dijo.

June estaba en la puerta, con un paño entre las manos.

Tenía los ojos brillantes.

—Ha sido precioso.

Teresa la miró.

—Ha sido lento.

—También.

La mujer soltó una risa inesperada.

Entonces apareció Owen en el vestíbulo.

Maddie venía detrás, cargando una bolsa de ropa que June había aceptado guardar para la cena del jueves.

El niño se detuvo al ver el piano.

—¿Eso lo estaba haciendo usted?

Teresa giró en el taburete.

—Eso espero. Si lo estaba haciendo alguien más, me preocupa.

Owen miró el teclado.

—En el colegio hay uno, pero no podemos tocarlo.

—Una política cuestionable.

Maddie se apresuró a intervenir.

—No queremos molestar.

Teresa se desplazó unos centímetros.

—Que venga.

Owen miró a su madre antes de acercarse.

Emma vio cómo Teresa le explicaba qué tecla buscar. El niño pulsó una con un dedo rígido.

Después otra.

—No hace falta que la castigues —le dijo la mujer—. Solo quieres que suene.

Luke se quedó junto a Emma.

Sus hombros casi se rozaban.

—Creo que hemos encontrado a alguien que puede enseñarle a Harold a dejar de silbar durante las canciones —murmuró él.

Emma sonrió.

Teresa levantó la cabeza.

—Si tienen comentarios, pueden hacerlos en voz alta.

Luke se enderezó.

—Decía que suena bien.

—Todavía no.

Owen se rio.

La tarde siguió alrededor de aquellas notas.

June trajo otra taza. Maddie se sentó cinco minutos que acabaron siendo veinte. Teresa hizo repetir al niño una secuencia sencilla hasta que logró tocarla sin mirar sus dedos.

Cuando Owen salió con su madre, llevaba un papel con cinco números escritos.

—No necesita un piano para practicar el orden —explicó Teresa—. Una mesa basta. Pero que nadie le diga que está dando un concierto.

Maddie guardó el papel con cuidado.

Emma acompañó a Teresa hasta la entrada.

—¿Quiere que organicemos otra tarde?

La mujer se abotonó el abrigo.

—Primero tengo que comprobar cómo me encuentro mañana.

—Claro.

Teresa apoyó el bastón en el suelo.

—El martes podría decirle algo.

Emma asintió.

No añadió una fecha al calendario.

Dejó espacio para una respuesta.

A las siete, Luke encontró a Emma en el porche, intentando sujetar el extremo de una guirnalda que el viento había arrancado.

Ella lo vio acercarse con una escalera.

—No estaba usando una espátula.

—Eso te da ventaja sobre June.

Luke apoyó la escalera y comprobó las patas.

Emma le pasó el rollo de alambre.

—He hablado con mi tía.

Él levantó la vista.

—¿Bien?

—Difícil. Pero bien.

Luke subió dos peldaños.

Emma sujetó la base.

Podía haber dejado la conversación ahí.

El día había sido largo y, por primera vez, no quería utilizarlo como excusa.

—Quiero contarte lo de aquel verano —dijo.

Luke dejó de trabajar.

Bajó despacio y apoyó el alambre sobre el escalón del porche.

—Te escucho.

Emma metió las manos en los bolsillos.

Al otro lado del jardín, la nieve acumulada reflejaba las luces de las ventanas.

—Me ofrecieron quedarme en la agencia hasta otoño. No sabía si después habría un puesto. Me daba miedo decir que no y perder la única oportunidad que tenía.

Luke la miró sin interrumpir.

—Al principio pensé que volvería un fin de semana y te lo explicaría aquí. Luego cambiaron las fechas. Luego tú me preguntaste por el billete.

Él bajó la vista un instante.

—Ya lo había comprado.

Emma sintió un nudo en la garganta.

Lo sabía. Pero oírlo allí, diez años después, impedía esconderlo detrás de todo lo demás.

—Lo sé.

Habían planeado que ella regresara a finales de agosto. Un viaje al lago. Dos noches en una cabaña que Luke había reservado antes de que Emma se marchara a Boston.

Él había pedido días libres.

Ella había cancelado por teléfono, tres noches antes.

—Cada vez que hablábamos, yo seguía esperando poder darte una fecha que te gustara —continuó—. Así no tenía que decirte que quería quedarme en Boston incluso si no me ofrecían nada.

Luke apoyó los codos sobre la barandilla.

—Podrías habérmelo dicho.

—Sí.

Emma se acercó, dejando entre ambos un espacio pequeño.

—Pensé que, si te pedía que esperaras, te estaba pidiendo demasiado. Y si te decía que vinieras, iba a cambiarte la vida por algo que ni siquiera tenía seguro.

—Así que decidiste por los dos.

No levantó la voz.

Emma asintió.

—Sí.

Desde la calle llegó el ruido de un motor. Ambos esperaron a que se alejara.

Luke se pasó una mano por la nuca.

—Me dijiste que necesitabas tiempo.

—Lo necesitaba.

—Yo también. Para entender qué íbamos a hacer. Pero cada vez que intentaba hablarlo parecía que estaba pidiéndote que volvieras.

Emma miró sus manos.

—Lo oía así.

—No quería que trabajaras aquí conmigo. Ni que dejaras Boston. Quería saber si podía hacer planes contigo sin que te parecieran una amenaza.

Ella sintió el golpe de la frase con una claridad incómoda.

Durante años había recordado aquella ruptura como una elección entre dos vidas que no podían juntarse.

Luke había estado preguntando cómo intentarlo.

—Lo siento —dijo.

Él permaneció apoyado en la barandilla.

Emma no trató de llenar la pausa.

Había aprendido algo esa semana sobre dejar que otras personas decidieran cuánto podían ofrecer.

Al fin, Luke se volvió.

—Yo tampoco lo hice todo bien.

—No tienes que…

—Déjame terminar.

Ella cerró la boca.

La expresión le recordó a June por la mañana.

Luke miró hacia el camino.

—Cuando cancelaste, estaba tan enfadado que dejé de escuchar. Dijiste que podíamos hablar el domingo y te respondí que ya me habías dicho bastante.

Emma recordaba la frase.

También el alivio cobarde que había sentido cuando él cerró una conversación que ella no sabía sostener.

—Después pasaron semanas —dijo él—. Y cada vez parecía más absurdo llamar.

Emma asintió.

Entre ambos quedó el tiempo que habían perdido.

No podían convertirlo en un malentendido pequeño. Había decisiones allí. Orgullo. Miedo. Días que uno había vivido sin saber lo que le ocurría al otro.

Luke rozó con el pulgar una astilla de la barandilla.

—Me alegro de que me lo hayas contado.

Emma soltó el aire.

—Yo también.

Él recogió el alambre del escalón.

—Ahora, si quieres seguir arrepintiéndote, puedes sujetar la escalera.

Ella rio en voz baja.

—Eso sé hacerlo.

Luke volvió a subir.

Emma sostuvo la base mientras él ajustaba la guirnalda. Una ráfaga levantó el extremo libre y le lanzó a ella una lluvia de agujas de pino.

Cerró los ojos.

—No te rías.

Arriba hubo un silencio poco convincente.

Emma sacudió la cabeza.

Cuando abrió los ojos, Luke había bajado un peldaño y estaba mirando algo en su pelo.

—Espera.

Extendió la mano.

Le retiró una pequeña rama que había quedado enganchada junto a la sien.

Sus dedos rozaron la piel apenas un instante.

Emma dejó de sentir frío en la cara.

Luke permaneció cerca.

Por primera vez desde que ella había regresado, ninguno apartó la mirada para buscar algo más que hacer.

La puerta principal se abrió.

—¿Vais a cenar o preferís que os suba la sopa por la escalera? —preguntó June.

Luke bajó el último peldaño.

Emma soltó la base.

—Ya vamos.

Su tía los miró a los dos.

Después miró la guirnalda, que seguía sin terminar de sujetarse por un extremo.

—Os ha llevado bastante.

—El alambre —dijo Emma.

June asintió con una seriedad impecable.

—Claro.

Dentro olía a pan caliente.

Luke se quedó a cenar.

Y esa noche, cuando el teléfono de Emma vibró junto a su plato, ella pudo leer el nombre de Martin Hale sin sentir que debía esconderlo.

No abrió el mensaje todavía.

June le estaba preguntando a Luke si sería posible reparar una mesa para ocho que llevaban años guardando en el cobertizo.

Emma escuchó la respuesta.

Por primera vez, comenzó a imaginar dónde podría ponerla.