El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 5 Una puerta entreabierta
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Capítulo 5 Una puerta entreabierta

La mujer contestó cuando Emma ya estaba preparándose para dejar un mensaje.

—¿Sí?

—Señora Mercer, soy Emma Bennett, de la posada Winterlight. Acabo de leer su correo. ¿Puede hablar un momento?

Al otro lado hubo una pausa.

—Preferiría que retiraran mi tarjeta.

Emma miró el registro. Claire Mercer. Deseo catorce.

—Lo haremos. La hemos apartado para que nadie siga trabajando con ella.

—Al parecer, alguien ya está trabajando bastante.

Emma cerró los ojos un instante.

Luke se levantó de la silla y salió del salón. Antes de cerrar la puerta, señaló su teléfono para indicarle que seguiría con las otras llamadas.

Ella agradeció el gesto con una inclinación de cabeza.

—Tiene razón —dijo—. Envié su deseo a una persona distinta de la que habíamos elegido. Esa persona empezó a preguntar sin que habláramos antes con usted. Lo siento.

—Mi hermano ha recibido una llamada.

Emma dejó de mover el bolígrafo.

—¿De quién?

—De una mujer que quería saber si estaría dispuesto a escuchar a alguien con quien no se hablaba. No necesitó decir mi nombre. Somos los únicos hermanos de este pueblo que llevan seis años evitando coincidir hasta en la farmacia.

Emma escribió una palabra en la libreta.

Contactado.

El error había avanzado más de lo que creían.

—Voy a pedir que no vuelvan a llamarlo —dijo—. Ni a usted.

Claire soltó el aire.

—Rose sabía lo que había pasado.

Emma miró hacia la libreta verde, abierta sobre la mesa.

—Yo no lo sé. Y no voy a pedirle que me lo cuente para justificar que quiera recuperar su tarjeta.

La mujer guardó silencio.

Desde el pasillo llegó el sonido de una puerta y la voz baja de June atendiendo a un huésped.

—Su abuela me dijo que no tenía que hacerlo hasta estar preparada —dijo Claire al fin.

Emma apoyó los pies firmemente en el suelo.

—Eso sigue siendo así.

—Pues no lo parece.

No había nada que pudiera responder para cambiar lo ocurrido.

—No —admitió—. Entiendo que ahora no lo parezca.

Claire tardó unos segundos en volver a hablar.

—Quiero el original. No una copia.

—Se lo llevaré.

—Y que borre lo que haya escrito en el ordenador.

Emma miró las dos frases que había pasado al registro.

—Lo borraré. Conservaré únicamente una nota indicando que retiró su participación, para que nadie vuelva a contactarla por error.

—Bien.

—¿Cuándo le vendría bien que le entregue la tarjeta?

La mujer dudó.

—Mañana, después de las cinco.

Emma anotó la dirección.

Antes de colgar, Claire añadió:

—No vuelva a prometerle a nadie que esto es privado si no sabe quién va a leerlo.

Emma permaneció con el teléfono junto a la oreja incluso después de que la llamada terminara.

Luego tachó el número catorce de la lista de asignaciones.

No intentó escribir algo más amable en su lugar.

Cuando abrió la puerta, encontró a June sentada junto al mostrador.

Tenía el abrigo de Nora doblado sobre las rodillas.

—Se ha ido —dijo—. Estaba avergonzada.

Emma apoyó una mano en el marco.

—He hablado con Claire Mercer.

June levantó la vista.

—¿Quiere retirarlo?

—Sí.

Su tía asintió despacio.

—Mañana le llevo la tarjeta —continuó Emma—. Y tengo que hablar con la voluntaria que llamó a su hermano.

—Puedo hacerlo yo.

Emma negó con la cabeza.

—Necesito saber exactamente qué le dijo.

June dejó el abrigo a un lado.

—Emma, no hace falta que cargues tú con todas las llamadas.

—Envié los mensajes.

—Nora tocó la lista.

—Y yo la revisé mal.

Su tía la observó un momento.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Emma bajó los ojos.

Sobre el mostrador seguía el recipiente de Walter, ya vacío. June había logrado desprender el pastel y guardar la parte comestible en una lata.

—No sé cómo pudo pasarme —murmuró Emma.

—Sé que estás acostumbrada a llevar cosas mucho más grandes.

Aquello le dolió más que un reproche.

—Precisamente.

June se levantó.

—Pero estas las estás llevando mientras atiendes reservas, miras facturas y piensas en algo que todavía no has querido contarme.

Emma levantó la cabeza.

Su tía no parecía enfadada.

Eso hacía más difícil esquivar la frase.

—El viernes —dijo—. Quiero sentarme contigo el viernes y hablar de las cuentas. De todo.

June sostuvo su mirada.

—Está bien.

Desde el salón apareció Luke.

—He localizado a todos los que quedaban. Dos no habían abierto el correo. Uno lo había leído, pero esperaba instrucciones. Los demás saben que tienen que detenerse.

Emma se apartó del marco.

—¿Y el piano?

Luke guardó el teléfono.

—Sigo sin tener uno.

June señaló hacia el salón grande.

—Aquí hay uno.

Emma miró a su tía.

—Pensaba que se lo habían llevado.

—Lo apartamos detrás del biombo cuando tu abuela dejó de tocar.

Emma recordó las marcas del suelo.

El piano no se había ido.

Solo había dejado de ocupar el centro de la habitación.

Luke se metió las manos en los bolsillos.

—Si quieres, mañana lo miramos.

Emma asintió.

Aquella era una cosa que podía esperar sin empeorar durante la noche.

A la mañana siguiente, imprimió una lista corta de pasos y la pegó en el interior de la carpeta del buzón.

Leer la tarjeta original.

Confirmar qué desea compartir la persona.

Asignar el voluntario.

Comprobar juntos el mensaje antes de enviarlo.

Nora llegó mientras Emma sujetaba el último extremo de la cinta.

Dejó un termo sobre la mesa.

—Café —dijo—. No sabía si querrías verme, pero supuse que querrías café.

Emma cogió dos tazas.

—Quiero ambas cosas.

Nora se quitó las gafas.

—No vi ningún aviso. Solo los apellidos colocándose en orden.

—Lo sé.

—Uso el ordenador para mirar el tiempo y discutir con mi compañía de seguros. A veces gano, pero tarda mucho.

Emma sirvió el café.

—He cambiado la forma de trabajar. Una prepara el envío y otra lo comprueba con las tarjetas delante. No vamos a mover columnas ni copiar listas a mano.

Nora se acercó al papel pegado en la carpeta.

Lo leyó entero.

—Yo puedo comprobar.

—Eso esperaba.

La mujer apretó los labios y asintió.

Después sacó del bolso un paquete de galletas.

—Estas no son para ti.

Emma la miró.

—Son para Claire, si cree conveniente recibirlas. Pero no voy a llevárselas ni a llamarla sin que me diga que sí.

Emma dejó las galletas junto a la carpeta.

—Se lo preguntaré.

Nora se sentó.

Revisaron juntas cada tarjeta que seguía activa. Dos participantes habían preferido esperar. Los demás aceptaron continuar después de que Emma les explicara lo ocurrido.

Al llegar al deseo del piano, Nora se quedó mirando el número.

—La señora Alvarez —dijo.

Emma consultó el sobre privado.

Teresa Alvarez. Ochenta y un años. Disponibilidad: tardes.

—¿La conoces?

—Daba clases de música. Le enseñó a media generación y le dio con una regla en los nudillos a la otra media.

Emma levantó las cejas.

—Eso espero que no tengamos que incluirlo.

Nora bebió café.

—Creo que era más amenaza que costumbre.

El texto original decía:

Me gustaría volver a tocar un piano de verdad antes de que mis manos decidan por mí.

Emma lo había resumido al preparar el mensaje.

Tocar un piano por última vez antes de Navidad.

Leyó ambas frases.

Había convertido un deseo en una despedida.

Cogió un bolígrafo y tachó su resumen.

—A partir de ahora, usamos sus palabras —dijo.

Nora acercó la tarjeta para comprobarla.

—Mucho mejor.

Llamaron a Teresa juntas.

La mujer escuchó la explicación sin interrumpir y después hizo una sola pregunta.

—¿El piano tiene teclas que funcionen o es de esos que se guardan para poner fotografías?

Emma miró hacia el salón grande.

—Voy a comprobarlo.

—Entonces llámeme cuando lo sepa.

Colgó.

Nora dejó la taza.

—Sigue siendo ella.

Encontraron el piano bajo una funda gris, detrás de un biombo y de dos sillas que nadie utilizaba porque eran incómodas incluso para mirarlas.

Luke apartó los muebles mientras Emma retiraba una caja de manteles.

—No tires de ahí —dijo él.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque esa pata lleva años esperando una excusa.

Emma soltó la silla.

Luke la cogió por el asiento y la llevó al otro extremo.

—¿Siempre sabes qué parte va a romperse?

—No. Pero esa cruje hasta cuando pasa alguien cerca.

Entre los dos retiraron la funda.

El piano era de madera oscura, más pequeño de lo que Emma recordaba. Había una marca circular sobre la tapa y una bisagra nueva que no coincidía del todo con la otra.

Ella levantó el teclado.

Pulsó una tecla.

El sonido salió débil, pero reconocible.

Luego probó otra.

Luke apoyó una mano sobre el borde.

—¿Todavía tocas?

—Nunca toqué bien.

—Lo bastante para hacerme escuchar la misma canción todo un verano.

Emma pulsó tres notas seguidas.

Recordó cuál.

Se detuvo antes de continuar.

Luke la miró con una sonrisa apenas formada.

—Esa.

—Mi abuela decía que practicara.

—Tu abuela se iba al jardín.

Emma soltó una risa.

Probó un acorde. Una de las notas tembló como si lamentara que la hubieran despertado.

—Necesita afinación.

Luke se inclinó para revisar las ruedas.

—Y salir de este rincón.

—¿Podemos moverlo?

Él observó el trayecto hasta el espacio junto a la ventana.

—Podemos intentarlo despacio.

Emma se colocó en el otro extremo.

—Dime qué hago.

Luke alzó la vista.

Durante un instante pareció a punto de responder algo.

Luego señaló la base.

—Empuja desde aquí. Si se atasca, paramos.

Lo movieron unos centímetros.

Una rueda protestó.

Emma se detuvo.

Luke cambió ligeramente el ángulo y volvieron a intentarlo. Cuando el piano alcanzó el centro del salón, ella se quitó un mechón de la cara con el antebrazo.

—En mis eventos contrataba a personas para esto.

—Una decisión sensata.

—También para cargar mesas.

—Empiezo a pensar que organizabas buenos eventos.

Ella le dio un golpecito con el paño que había encontrado sobre la funda.

Luke lo atrapó antes de que volviera a hacerlo.

El movimiento los dejó cerca.

Emma notó primero el calor de su mano sobre los dedos. Después, la pequeña cicatriz junto al pulgar que no recordaba.

Él aflojó la presión.

Ella pudo retirar la mano.

Tardó un segundo.

—¿Llamamos al afinador? —preguntó.

Luke soltó el paño.

—Sí.

Emma miró el piano.

Se había quedado con el corazón demasiado rápido para el trabajo que acababan de hacer.

A las cinco y veinte, Luke la dejó frente a la casa de Claire Mercer.

Habían ido juntos porque después recogerían una caja de adornos que una vecina ofrecía para la posada. Él no intentó acompañarla al porche.

—Te espero aquí —dijo.

Emma llevaba la tarjeta original dentro de un sobre sin cerrar.

Claire abrió antes del segundo golpe.

Era una mujer de pelo corto y gris, con un jersey azul y unas gafas colgadas del cuello. Detrás de ella olía a cebolla cocinándose despacio.

Emma le entregó el sobre.

—Aquí está. He borrado el texto del registro y hablado con la persona que llamó a su hermano. No volverá a contactarlo.

Claire sacó la tarjeta.

Comprobó que fuera la suya.

—Bien.

Emma no añadió nada.

Había ensayado una disculpa durante el trayecto. Ahora, frente a la mujer, le pareció que serviría sobre todo para aliviarla a ella.

Dio un paso atrás.

—Gracias por recibirme.

—Mi hermano ha venido esta mañana.

Emma se quedó quieta.

Claire seguía sujetando la puerta.

—A preguntarme si había sido idea mía que una desconocida lo llamara.

—Lo siento.

—No estaba contento.

La mujer miró el sobre.

Emma esperó.

—Le he dicho que escribí la tarjeta, pero que no pedí que nadie fuera a buscarlo.

—Entiendo.

Claire levantó los ojos.

—Me ha preguntado qué quería decirle.

El ruido de un coche pasando llenó la pausa.

—¿Han podido hablar? —preguntó Emma.

—Le he dicho que no en la puerta, con el coche encendido y el perro ladrando dentro.

Por primera vez, una esquina de su boca se movió.

Emma no sonrió todavía.

—Vuelve el domingo —añadió Claire.

Aquello no borraba el error.

Las dos parecieron saberlo.

—Espero que vaya como usted necesite —dijo Emma.

Claire asintió.

—Yo también.

Antes de cerrar, señaló hacia la camioneta.

—Dígale a Luke que la ventana de atrás vuelve a atascarse. Cuando tenga un rato.

Emma se volvió un instante.

Él esperaba con las manos sobre el volante, mirando hacia la calle.

—Se lo diré.

Regresó al coche con el sobre vacío.

Luke la observó mientras se abrochaba el cinturón.

—¿Cómo ha ido?

—Su hermano vuelve el domingo.

Él dejó pasar un momento.

—Eso puede ser bueno.

—Puede.

Emma apoyó el sobre sobre las rodillas.

—Pero no ha ocurrido gracias a que lo hiciéramos bien.

Luke asintió.

No trató de discutirlo.

Encendió el motor.

—¿Vamos por los adornos?

Ella miró el cielo. Estaba oscureciendo y empezaban a encenderse las luces de los porches.

—Sí.

Dobló el sobre vacío y lo guardó en el bolso.

Mientras avanzaban por la calle, pensó en Claire cerrando la puerta con su tarjeta al otro lado. Ahora podía decidir qué hacer con ella. Guardarla, romperla o sacar de allí las palabras que diría el domingo.

Emma miró a Luke.

Había algo que también ella llevaba demasiado tiempo dejando en manos de las circunstancias.

—Te dije que volvería aquel agosto.

Él mantuvo los ojos en la carretera.

La camioneta redujo la velocidad al acercarse a una señal de alto.

—Sí —respondió.

Emma notó el impulso de empezar por el trabajo, por las fechas, por todo lo que había ocurrido después.

No lo hizo.

—Y dejé que fueras tú quien tuviera que preguntar.

Luke apretó ligeramente los dedos alrededor del volante.

Pasó otro coche.

Él esperó antes de incorporarse.

—Ahora mismo no sé hablar de eso y conducir —dijo.

Emma asintió.

—Está bien.

Llegaron a la siguiente esquina en silencio.

Entonces Luke añadió:

—Pero podemos hablar de eso.

Ella giró la cabeza.

Él seguía mirando al frente.

—Otro día —dijo.

Emma acomodó las manos sobre el bolso.

—Cuando quieras.

Esta vez, al decirlo, dejó de pensar en la respuesta que esperaba recibir.