El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 4 La persona equivocada
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Capítulo 4 La persona equivocada

El lunes, Emma llegó a la conclusión de que el principal problema de organizar una tradición navideña era que nadie consideraba necesario seguir las instrucciones.

Había colocado una bandeja para los formularios de voluntarios.

Encontró dos dentro del buzón de los deseos.

Había dejado bolígrafos junto a las tarjetas.

Alguien se llevó tres y dejó una receta de galletas.

Había pedido que no anotaran compromisos en papeles sueltos.

June apareció con un número de teléfono escrito sobre una bolsa de pan.

—Antes de que digas nada —advirtió su tía—, no había otra cosa a mano.

Emma recibió la bolsa.

—Estamos en una casa con diecisiete cuadernos.

—Dieciocho. Nora ha traído otro.

Desde el salón llegó la voz de Nora.

—Y este tiene separadores.

Emma miró el reloj.

Eran las diez y todavía no había terminado el primer café.

Durante el domingo habían entrado nueve deseos más. También se habían apuntado once voluntarios, aunque dos eran la misma persona y uno había escrito que podía ofrecer «lo que hiciera falta, menos conducir de noche, cocinar o levantar peso».

—Harold —dijo June al verlo.

—¿Qué puede hacer Harold?

Su tía pensó un momento.

—Conversar.

Emma añadió una nota.

Había deseos para los que eso bastaría.

Abrió el registro y comprobó los correos pendientes. Necesitaba confirmar qué podía compartir cada participante, enviar instrucciones a los voluntarios y dejar preparados los primeros encargos.

Si conseguía hacerlo antes del mediodía, tendría la tarde para revisar las cuentas de la posada.

Había reservado el viernes para hablar con June.

Cada día que pasaba, aquella anotación ocupaba más espacio en su cabeza.

Su teléfono sonó cuando estaba copiando los datos de una tarjeta.

Maddie.

Emma contestó de inmediato.

—Mi compañera acepta cambiar el turno —dijo la mujer—. El jueves doce. Pero tengo que confirmar hoy.

Emma buscó la nota de Owen.

—¿Qué necesitas para hacerlo?

—Cubrirle el sábado por la mañana. Mi vecina puede quedarse con Owen, pero no llevarlo a su actividad del colegio.

Emma abrió la lista de voluntarios.

Luke figuraba entre quienes podían conducir. También había una profesora jubilada y un hombre al que Nora había añadido una advertencia: preguntar antes por el estado del coche.

—Déjame comprobar una cosa. Te llamo en cuanto tenga respuesta.

Colgó y marcó el número de Luke.

Él contestó entre golpes de martillo.

—Dime.

Emma le explicó el cambio de turno.

—El sábado puedo llevarlo —respondió—. Pero necesito la autorización de Maddie y una silla adecuada.

—Lo sé. Lo estoy anotando.

—¿A qué hora?

Emma consultó la nota.

—A las nueve.

—Bien.

Ella apoyó el teléfono entre el hombro y la oreja mientras escribía.

—Gracias.

—¿Eso significa que ya tenemos cena?

Emma miró el dibujo de Owen.

—Casi.

Desde la cocina, June le hizo una señal. El huésped de la habitación cuatro estaba junto al mostrador con una expresión de alarma.

Emma levantó un dedo.

—Te envío los detalles cuando hable con ella.

—Emma.

—¿Sí?

—No pongas velas de verdad junto al niño.

Emma se quedó inmóvil.

Luke no podía verla, pero ella sonrió de todas formas.

—Eso ya lo había pensado.

—Me lo imaginaba.

Colgó.

Durante un instante, Emma mantuvo el teléfono en la mano.

Luego el huésped de la habitación cuatro anunció que el techo de su baño estaba goteando.

La mañana se desordenó a partir de ahí.

No era el techo. Era el agua de una bañera del piso superior, donde alguien había colocado la cortina por fuera. June llevó toallas. Emma habló con los huéspedes, comprobó que no hubiera daños importantes y subió dos veces una escalera estrecha con una cesta que pesaba más de lo razonable.

Cuando regresó al ordenador tenía tres llamadas perdidas y un café que podría haberse servido con hielo.

Nora ocupaba su silla.

—He adelantado trabajo.

Emma se detuvo.

—¿Qué trabajo?

—Los voluntarios. He pasado los nombres que faltaban.

En la pantalla había una tabla abierta.

Emma había dejado dos archivos preparados para revisión: uno con los mensajes anónimos de los deseos y otro con las personas que habían ofrecido ayuda. Ambos tenían números en la primera columna para facilitar el orden.

Nora había añadido varios nombres al segundo.

—Los nuevos están abajo —dijo—. Después les he dado al botón para ponerlos por apellido.

Emma miró la lista.

Los apellidos aparecían en orden.

También había avisos en el teléfono, un huésped esperando un recibo y June preguntando desde la escalera dónde estaba la llave del armario de toallas.

—Gracias —dijo—. Ahora lo reviso.

Nora se levantó.

—Walter ha llamado. Dice que el deseo de aprender a hacer el pastel de su mujer sí puedes compartirlo, pero sin mencionar que ha quemado dos moldes.

Emma buscó su tarjeta.

—¿Cuál es su correo?

Nora señaló la bolsa de pan.

Naturalmente.

A las doce y cuarenta, el vestíbulo quedó en silencio.

Emma llamó a Maddie, confirmó el transporte y anotó el jueves doce en el calendario. June se ofreció a preparar la cena. Maddie aceptó con una condición: llevaría ella el postre.

Después Emma abrió los dos archivos de trabajo.

Había separado de los datos privados las frases que los participantes autorizaban a compartir. Pensaba enviar a cada voluntario un deseo anónimo para que confirmara si podía ayudar. Los nombres y las direcciones se facilitarían más adelante, cuando todo estuviera acordado.

Era una forma sencilla de empezar.

Copió las columnas de los voluntarios a la hoja de envíos.

Leyó las primeras filas.

Un traslado para una persona que podía conducir.

Una videollamada para una mujer que había ofrecido ayuda con ordenadores.

El pastel de Walter para alguien dispuesto a cocinar.

Todo parecía encajar.

El teléfono vibró otra vez.

Un mensaje de Sophie.

¿Has hablado con tu tía?

Emma lo dejó boca abajo.

Revisó los campos del correo, comprobó que no incluyeran nombres de quienes habían pedido los deseos y pulsó enviar.

Veinte mensajes salieron en menos de un minuto.

Emma se recostó en la silla.

Por primera vez aquella mañana, terminó una tarea.

La tranquilidad duró hasta las cuatro y diez.

Estaba revisando una factura de combustible cuando la campanilla de recepción sonó con tal insistencia que pensó que alguien la había golpeado con un codo.

Nora entró con el abrigo abierto.

Detrás venía un hombre alto y delgado que llevaba un recipiente de cristal sujeto contra el pecho.

—Necesitamos hablar —dijo Nora.

Emma cerró la carpeta.

El hombre dejó el recipiente sobre el mostrador.

Dentro había algo oscuro, hundido en el centro y adherido a los bordes.

—He seguido las cantidades —dijo—. Lo del tiempo ya no puedo asegurarlo.

Emma lo reconoció.

Walter Brooks. Había tenido una tienda de bicicletas junto al puente. De pequeña, ella iba allí para que le inflara las ruedas.

—¿Es el pastel?

Walter miró a Nora.

Nora miró a Emma.

—Precisamente —dijo ella.

Emma abrió el correo enviado.

Buscó el nombre de la voluntaria a la que creía haber asignado aquel deseo.

Nora Bell.

Levantó la vista.

—Te mandé la petición de Walter.

—No.

Nora sacó el teléfono, encontró el mensaje y se lo acercó.

El asunto decía: UN DESEO PARA TI.

Debajo aparecía una frase.

Quisiera que alguien me invitara a cenar sin preguntarme primero si me encuentro bien solo.

Emma sintió que algo se desplazaba lentamente en su estómago.

Ese no era el deseo de Walter.

—Pensé que era una forma un poco extraña de presentarlo —dijo Nora—. Pero Walter vive solo, y yo podía llevarle la sopa que había hecho.

Walter se aclaró la garganta.

—Cuando apareció con una cena, pensé que lo del buzón ya estaba funcionando. Le enseñé el pastel.

—Y entonces le pregunté si se encontraba bien.

Nora dejó caer las manos.

Emma no supo cuál de las tres caras que tenía delante atender primero.

Abrió la hoja de envíos.

Buscó el número del deseo.

Luego el correo.

Después volvió al archivo de voluntarios.

Los nombres estaban ordenados por apellido.

Las direcciones de correo conservaban el orden anterior.

Emma se quedó muy quieta.

Nora se inclinó hacia la pantalla.

—¿Qué pasa?

—Al ordenar los apellidos… —Emma se detuvo—. Se movió solo esa columna.

El rostro de Nora cambió.

—Yo le di al botón.

—Sí.

—Pensé que…

—Lo sé.

Emma abrió los mensajes enviados.

Las primeras filas habían coincidido porque Nora solo había ordenado la parte que acababa de añadir. El error empezaba más abajo.

Había revisado justo donde todo seguía bien.

Walter miró el pastel.

—Entonces, ¿esto todavía no tiene arreglo?

Emma levantó la cabeza.

Él señaló el recipiente.

—Hablo de esto.

Nora soltó una risa involuntaria.

Emma se llevó una mano a la boca.

No porque tuviera gracia.

Porque estaba a un segundo de reír o hacer algo mucho menos útil.

—Vamos a arreglarlo —dijo.

Sacó el teléfono y llamó a Luke.

Él contestó al tercer tono.

—¿Sabes quién tiene un piano?

Emma cerró los ojos.

—¿Por qué?

—Porque he recibido un deseo de tocar uno por última vez antes de Navidad. Tengo muchas herramientas, pero ninguna sirve para eso.

Emma apoyó la frente en la mano.

—Necesito que vengas.

Luke no preguntó más.

Cuando llegó, Emma había detenido todos los envíos, mandado un aviso general para que no actuaran sobre los mensajes y abierto una lista nueva para registrar qué había ocurrido.

Nora estaba sentada junto a ella.

Walter había aceptado café y seguía en recepción, explicándole a June que el pastel podía cortarse con una sierra si encontraban una limpia.

Luke dejó el abrigo sobre una silla.

Emma giró el ordenador.

—Se han cruzado los correos de algunos voluntarios con deseos que no les correspondían.

Él recorrió la tabla.

—¿Cuántos?

—Todavía lo estoy comprobando.

—¿Hay nombres de participantes en los mensajes?

—No. Ni teléfonos ni direcciones.

Luke asintió.

—Bien. Eso ayuda.

Emma no había sabido cuánto necesitaba que alguien encontrara una cosa que ayudara hasta que lo oyó.

Nora se retorció el pañuelo entre los dedos.

—He sido yo.

—Yo envié los correos —dijo Emma.

—Pero toqué…

—Nora.

La mujer la miró.

Emma bajó un poco la voz.

—Ahora necesitamos saber quién los ha recibido y si ha hecho algo. Después vemos cómo evitar que vuelva a pasar.

Luke acercó otra silla.

—Pásame los que haya que llamar.

Emma lo miró.

—¿No tienes trabajo?

—Lo tenía.

—Puedo ocuparme…

Él señaló la pantalla.

—Empieza por el primero.

Nora alisó el pañuelo sobre las rodillas.

Luego sacó su teléfono.

—Harold me contesta a mí.

Durante la siguiente hora descubrieron que un deseo sin nombre no siempre permanecía anónimo.

En Maplebridge, pedir que alguien reparara una estrella luminosa de dos metros bastaba para identificar al propietario de la casa.

Una solicitud de clases de baile había llegado a un hombre que creía saber quién la había escrito y ya estaba limpiando sus zapatos.

El deseo de cenar acompañado había acabado en manos de Nora, que había escogido a Walter como destinatario porque le pareció evidente.

No lo era.

La frase pertenecía a una mujer de setenta y dos años que llevaba meses comiendo sola en una cocina con seis sillas.

Emma anotaba cada consecuencia.

Con cada llamada, la vergüenza encontraba un lugar nuevo donde instalarse.

—Esto iba a ahorrar trabajo —murmuró.

Luke tapó el micrófono del teléfono.

—Luego te preocupas por eso.

Volvió a su llamada.

Emma siguió escribiendo.

A las seis recibieron la respuesta que más temía.

Era un correo breve.

No sé quién ha leído mi deseo, pero prefiero retirarlo. Pensaba que podía confiar en ustedes.

Debajo figuraba un número: catorce.

Emma abrió el registro privado.

Reconoció la petición.

Quisiera pedirle perdón a mi hermano, pero necesito saber antes si quiere escucharme.

Habían autorizado compartirla únicamente para encontrar a alguien que pudiera facilitar un primer contacto, sin revelar el nombre.

Emma había enviado el texto a una voluntaria equivocada.

Una voluntaria que, según acababan de descubrir, había empezado a preguntar por el pueblo quién llevaba años sin hablarse con su hermano.

Emma apartó las manos del teclado.

Luke terminó su llamada y miró la pantalla.

No dijo que no fuera grave.

Tampoco intentó quitárselo de delante.

—Ese te toca a ti —dijo.

Emma asintió.

Buscó el número privado.

Antes de marcar, observó el buzón rojo al otro lado de la puerta.

El sábado había sostenido aquella caja para que un niño pudiera dejar dentro algo que no quería decir en voz alta.

Ahora alguien deseaba recuperar sus palabras.

Emma tomó aire y llamó.