Capítulo 3 Lo que cabe en un sobre #2
Nora bajó el bolígrafo.
En el vestíbulo, el reloj dio la una y media.
June miró el sobre.
—Maddie está cubriendo turnos dobles.
Emma pensó en el abrigo de la mujer, en el paraguas roto, en el cuidado con que había esperado junto a la puerta.
—¿El niño va con ella?
—Algunas tardes lo recoge su vecina —dijo June—. Otras se queda un rato en la residencia hasta que sale.
Emma miró de nuevo el dibujo.
Había tres platos sobre la mesa, aunque solo dos figuras.
—Podemos prepararles una cena aquí.
June no respondió enseguida.
—Quizá.
—Una mesa en el salón. Algo que le guste al niño. Podemos buscar un día en el que ella…
Emma se interrumpió.
En el margen de la libreta verde alcanzó a ver una frase escrita años antes.
Preguntar siempre antes de prometer.
June siguió su mirada.
—Primero hablamos con Maddie.
Emma asintió.
Anotó junto al número seis: pendiente de confirmar.
La casilla le pareció demasiado pequeña para lo que contenía.
Encontró a Maddie en la residencia poco después de las cuatro.
Había llamado antes. La mujer solo disponía de quince minutos durante su descanso y le pidió que fueran allí para no gastar la mitad caminando.
June estaba atendiendo una llegada tardía.
Luke, que tenía que recoger unas piezas en la misma calle, se ofreció a llevarla.
Emma estuvo a punto de decir que iría sola.
Luego miró el cielo, la nieve que empezaba a caer y el coche de alquiler bloqueado detrás de la furgoneta de reparto.
Aceptó.
Durante el trayecto hablaron del tiempo.
Emma no recordaba haber hablado tanto del tiempo con nadie.
Luke conducía con una mano apoyada en la parte inferior del volante. Dentro de la camioneta olía a madera, café y aire frío. En el asiento trasero había una manta doblada y un par de guantes pequeños.
Ella los miró antes de poder evitarlo.
—De mi sobrina —dijo él.
Emma volvió la cabeza.
—No había preguntado.
—Llevabas un rato mirándolos.
Se abrochó mejor el cinturón.
—No sabía que tenías una sobrina.
—Dos. Mi hermana cree que ir conmigo a comprar tornillos cuenta como actividad educativa.
Emma sonrió.
Recordaba a la hermana de Luke con dieciséis años y una tendencia a escuchar detrás de las puertas.
—¿Cómo está Hannah?
—Bien. Cansada. Su hija pequeña ha aprendido a abrir el frigorífico.
—Un hito importante.
—Para todos.
La conversación se apagó al llegar al semáforo.
Emma miró las tiendas de la calle principal.
Algunas seguían iguales. Otras habían cambiado de nombre o de color. La vieja papelería era ahora una tienda de velas. La peluquería de la esquina tenía un cartel de alquiler.
—¿Nunca has pensado en irte? —preguntó.
Luke mantuvo la vista al frente.
—Sí.
Ella se volvió hacia él.
La respuesta había sido tan rápida que no supo cómo continuar.
—Pensaba que…
—Lo sé.
El semáforo cambió.
Luke avanzó.
—Quedarse también lleva tiempo decidirlo, Emma.
Ella miró sus manos.
No insistió.
Maddie los recibió en una sala pequeña junto al vestíbulo de la residencia.
Había una máquina de café, dos sillas y una ventana que daba a un patio con comederos para pájaros.
—Espero que Owen no haya pedido algo imposible —dijo en cuanto se sentaron—. Está en una fase muy concreta con los dinosaurios.
Emma dejó el bolso sobre las rodillas.
—Ha pedido cenar contigo.
Maddie se quedó quieta.
Luke permaneció junto a la puerta.
Emma le mostró la tarjeta.
La mujer la sostuvo con ambas manos.
No lloró. No sonrió.
Leyó hasta el final y después pasó el pulgar sobre el dibujo de la casa.
—Tenemos mesa —dijo.
Emma sintió que había empezado mal.
—No pensábamos que…
—Es pequeña. Está pegada a la pared porque, si no, no se puede abrir el sofá cama. Pero tenemos mesa.
—Lo siento —dijo Emma—. No quería dar a entender otra cosa.
Maddie cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, parecía más cansada.
—No. Perdona tú. Es que últimamente cualquier pregunta me suena a que alguien está comprobando si lo estoy haciendo bien.
Emma asintió.
Conocía aquella sensación de otra manera.
—Queríamos saber qué significaba para vosotros. Antes de organizar nada.
Maddie miró de nuevo la tarjeta.
—Los jueves.
Esperó un momento antes de continuar.
—Mi madre cocinaba los jueves y cenábamos los tres. Cuando enfermó, seguimos haciéndolo. Aunque fuera comida comprada. Aunque ella no tuviera hambre.
Luke se sentó en la silla que quedaba libre.
Emma apoyó el bolso en el suelo.
—Murió en febrero —dijo Maddie—. Después cambiaron mis turnos. Al principio le dije a Owen que volveríamos a hacerlo cuando todo se calmara.
Soltó una pequeña risa sin humor.
—Pero nunca se calma del todo.
Fuera, un pájaro picoteó el borde de un comedero vacío.
—Podríamos prepararos una cena en la posada —dijo Emma con cuidado—. Si te apetece. Sin gente alrededor. Solo vosotros.
Maddie la miró.
—Sería precioso. Pero si salgo a las nueve y Owen se duerme a las ocho y media, seguiremos teniendo el mismo problema en una habitación más bonita.
Emma bajó la vista hacia su libreta cerrada.
Había imaginado una mesa. Un mantel. Velas sin llama para que el niño no se quemara. Ya había calculado dónde colocarla.
No había pensado en la hora.
—¿Qué día tienes libre? —preguntó Luke.
—Los martes. Pero limpio dos casas.
Él asintió.
—¿Y puedes cambiar un turno?
—Si encuentro con quién. A estas alturas casi todo el mundo tiene algo organizado.
Emma abrió la libreta.
Esta vez no escribió una solución.
Escribió una pregunta.
—¿Qué necesitarías para tener un jueves por la tarde libre sin perder ese ingreso?
Maddie la observó.
La conversación cambió entonces.
Hablaron de horarios, de una compañera que quizá aceptaría un intercambio y del tiempo que requería llegar a recoger a Owen. Maddie no quería que nadie pidiera favores a su supervisora sin hablar antes con ella. Tampoco quería una fotografía ni un agradecimiento público.
Emma anotó ambas cosas.
Cuando se levantaron, no había ninguna cena organizada.
Había dos llamadas por hacer y una posibilidad.
Maddie devolvió la tarjeta.
—No sabía que se acordara tanto de los jueves.
Emma la guardó en la carpeta.
—Lo ha dibujado con tres platos.
La mujer miró hacia la ventana.
Tardó un poco en responder.
—Mi madre siempre decía que había que poner uno de más. Por si venía alguien.
En la camioneta, Emma se quedó mirando la nieve que se acumulaba en el borde del parabrisas.
Luke encendió el motor.
—He ido allí con una mesa puesta en la cabeza —dijo ella.
Él ajustó la calefacción.
—Ahora sabes qué necesita.
—Pensé que iba a resultar sencillo.
—Algunas cosas lo son.
Emma lo miró.
Luke se encogió de hombros.
—El año pasado alguien pidió una bombilla para el horno. La tienda tenía una.
Ella soltó una risa breve.
La camioneta salió despacio del aparcamiento.
—No te has reído de mí —dijo.
—¿Por la cena?
Emma asintió.
Luke se tomó un momento.
—Estabas intentando ayudar.
La frase era sencilla.
Precisamente por eso, Emma no encontró dónde protegerse de ella.
Apoyó la cabeza contra el respaldo.
Con Luke había sido así alguna vez. Antes de las conversaciones que evitaban. Antes de que una promesa se convirtiera en una fecha incumplida.
Al llegar a la posada, las luces del porche estaban encendidas.
June se veía detrás del mostrador, inclinada sobre el libro de reservas.
Emma soltó el cinturón.
—No he venido porque no tuviera otro sitio al que ir.
Luke apagó el motor.
Ella mantuvo la mano sobre la hebilla.
No estaba segura de por qué necesitaba decirlo.
—No he pensado eso —respondió él.
—Pero sí piensas que voy a marcharme.
Luke miró hacia la casa.
Luego volvió a ella.
—Estás alojada en una habitación, Emma. Tienes la maleta abierta sobre una silla y un coche de alquiler.
Ella bajó los ojos.
No había dureza en su voz.
Solo cosas que estaban allí.
—No te estoy pidiendo que prometas nada —añadió—. Pero no sé qué quieres que piense.
Emma miró la ventana iluminada de su habitación.
La maleta seguía abierta. Había sacado tres jerséis, el neceser y el cargador.
Todo lo demás permanecía dentro.
—Yo tampoco lo sé todavía —admitió.
Luke asintió una vez.
Aquello, al menos, pareció aceptarlo.
Emma abrió la puerta.
Antes de bajar, se volvió.
—Gracias por llevarme.
—De nada.
El frío le rozó la cara.
Subió los escalones y entró.
June levantó la vista.
—¿Cómo ha ido?
Emma dejó la carpeta sobre recepción.
—Tenemos que resolver un horario.
Su tía sonrió un poco.
—Suele ser por ahí.
Esa noche, después de pasar las notas al registro, Emma volvió a su habitación.
Abrió el armario.
Había perchas de madera, una manta en la balda superior y un saquito de lavanda colgado de un gancho.
Sacó la ropa de la maleta.
La colocó en los cajones sin prisa.
No era una decisión sobre la casa. Tampoco sobre la Navidad.
Solo estaba cansada de buscar calcetines entre las ruedas de una maleta.
Al guardar la última camiseta, oyó una camioneta alejarse por el camino.
Emma se acercó a la ventana.
Las luces rojas desaparecieron detrás de los abetos.
Sobre el escritorio vibró su teléfono.
Martin Hale había respondido.
Entendido. Podemos esperar unos días. Para mantener estas condiciones, necesitaríamos una respuesta inicial el viernes.
Emma leyó el mensaje de pie.
Luego abrió el calendario.
En el viernes escribió: hablar con June.
No añadió ninguna otra cosa.
Por primera vez desde que recibió la oferta, la fecha dejó de parecerle un plazo que pudiera resolver sola.