El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 3 Lo que cabe en un sobre
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Capítulo 3 Lo que cabe en un sobre

El sábado por la mañana, Emma encontró a su tía intentando colgar una guirnalda con una espátula.

Se detuvo en el último escalón.

—Necesito saber si esto forma parte de una tradición o si puedo intervenir.

June, subida a un taburete, estiró el brazo unos centímetros más.

—Solo tengo que enganchar ese extremo.

La guirnalda se deslizó.

Un pequeño alud de agujas de pino cayó sobre su pelo.

Emma dejó la taza de café en recepción.

—Bájate.

—Ya casi…

—Tía June.

Su tía la miró desde arriba.

Luego observó la espátula, como si acabara de descubrirla en su mano.

—Antes llegaba.

Emma sujetó el taburete mientras ella descendía.

Aquella frase la acompañó incluso después de que June se alejara para buscar un cepillo.

Antes llegaba.

Su abuela también lo había dicho alguna vez. Para alcanzar un tarro. Para caminar hasta la tienda sin detenerse. Para hacer en una tarde lo que, de pronto, requería dos.

Emma se subió al taburete.

La guirnalda tenía un alambre oculto que encontró al tacto. Lo ajustó al gancho, repartió las ramas y bajó.

June apareció con una caja de cintas.

—Te ha quedado un poco caída a la izquierda.

Emma volvió a subir.

—¿Así?

—Ahora a la derecha.

—Esto explica por qué estabas utilizando un arma.

June sonrió.

Cuando terminaron, el marco del salón quedó cubierto de verde oscuro y pequeñas luces doradas. Emma retrocedió hasta la escalera para mirarlo.

La casa parecía menos cansada.

No reparada. No resuelta.

Pero alguien había encendido algo dentro.

Sobre el mostrador, su teléfono mostró un correo nuevo de Martin Hale.

Lo puso en silencio.

—¿A qué hora viene Nora?

June consultó el reloj.

—Dijo que a las nueve.

Eran las ocho y veintidós.

La puerta principal se abrió.

Nora entró con una bandeja cubierta y un bolso que parecía contener documentos suficientes para constituir una pequeña administración pública.

—He venido antes por si ibais retrasadas.

Emma miró a June.

Su tía recibió la bandeja.

—Buenos días para ti también.

La apertura del buzón estaba anunciada para las diez.

A las nueve y cuarto ya había una cesta de tarjetas nuevas, bolígrafos que funcionaban y un cartel donde Emma había escrito instrucciones breves. También había una mesa pequeña, apartada del tránsito de huéspedes, para que quien quisiera pudiera sentarse a escribir.

Nora examinó el cartel.

—Has puesto “Intentaremos ayudarte”.

—Sí.

—Rose ponía “Cuéntanos”.

Emma miró las palabras.

INTENTAREMOS AYUDARTE A CUMPLIR UN DESEO ESTA NAVIDAD.

Debajo había tres líneas sobre fechas y privacidad.

Lo había redactado para que nadie confundiera una posibilidad con una promesa.

Ahora le pareció el aviso de una oficina de reclamaciones.

Cogió otra tarjeta.

Escribió despacio.

CUÉNTANOS QUÉ DESEAS ESTA NAVIDAD.

La colocó encima.

Nora asintió, satisfecha.

—Mucho mejor.

Emma dejó el bolígrafo.

—Las fechas se quedan.

—No he dicho nada de las fechas.

A las diez menos cinco, June fue a la cocina a comprobar el chocolate caliente. Nora empezó a discutir con una cinta adhesiva. Emma abrió la libreta verde por una página en blanco.

Había dormido poco.

La noche anterior había soñado que los huéspedes de la posada llegaban todos al mismo tiempo y exigían habitaciones que no existían. Mientras ella buscaba las llaves, su antiguo cliente la llamaba para preguntar por unas flores.

Se despertó antes de descubrir dónde tenía que ponerlas.

Ahora había tareas concretas delante de ella.

Bastaba con empezar por la primera.

—Antes de abrir —dijo—, quiero que acordemos una cosa.

Nora dejó la cinta.

—Depende.

—Ningún deseo pasa a un voluntario sin que revisemos primero qué información se puede compartir. Y nadie recibe una dirección por correo si no la necesita.

June volvió con una jarra.

—De acuerdo.

—Los nombres estarán en este registro. Los deseos, identificados con un número, en el otro.

Emma giró el ordenador para enseñarles las dos hojas.

Había preparado una tabla privada con datos de contacto, autorizaciones y notas. En otra figuraban los números de los deseos, una descripción breve y el estado de cada uno.

Los voluntarios disponían de una tercera lista con sus horarios y lo que podían ofrecer.

Nora se puso las gafas.

—¿Qué significa “pendiente de confirmar”?

—Que todavía no hemos hablado con la persona.

—¿Y “en curso”?

—Que alguien se está ocupando.

—¿Y si dice que se ocupa, pero luego no lo hace?

Emma señaló otra casilla.

—Seguimiento.

Nora se inclinó hacia la pantalla.

—Esa me gusta.

La campanilla de la entrada sonó antes de que pudieran seguir.

Una pareja mayor entró quitándose los guantes.

Detrás venía una mujer con una niña dormida sobre el hombro. Un hombre de la cafetería de la plaza traía dos cajas de galletas y preguntó dónde podía dejarlas sin que Nora las contara.

—Demasiado tarde —dijo ella.

En cinco minutos, el vestíbulo se llenó de conversaciones y olor a chocolate.

Emma se colocó detrás de la mesa.

Al principio recibió tarjetas como quien recibe formularios: comprobando que hubiera un sobre de contacto, explicando dónde escribir un teléfono, señalando la ranura.

Después empezó a fijarse en las manos.

Un hombre dobló su tarjeta cuatro veces antes de entregarla.

Una mujer escribió tres palabras, las tachó y pidió otra.

Una niña quiso saber si podía dejar un deseo para su hermano, que aún no sabía escribir.

—Claro —dijo Emma.

—Él quiere un camión.

La madre cerró los ojos.

—Lily.

—Pero yo creo que necesita aprender a compartir.

June se llevó una mano a la boca.

Emma entregó otra tarjeta a la niña.

—Puedes escribir lo que tú deseas para él. Luego veremos qué podemos hacer.

Lily se sentó con gran seriedad.

Su madre aceptó un chocolate y murmuró que la Navidad acababa de hacerse más larga.

Poco antes de las once, Luke apareció con una caja de mandarinas.

No buscó a Emma.

Saludó a los huéspedes, dejó la fruta junto a las galletas y se agachó para sujetar una pata de la mesa que empezaba a moverse.

June le señaló algo cerca de la escalera.

Él asintió.

Emma siguió atendiendo.

Desde la conversación interrumpida en el salón, apenas habían coincidido. Él había ido y venido con herramientas. Ella se había ocupado de reservas y papeles. Ambos parecían haber desarrollado una habilidad inmediata para encontrar algo urgente que hacer en cuanto el otro entraba en una habitación.

Nora se acercó con dos tazas.

—Una es para Luke.

Emma recibió solo una.

—Entonces puedes dársela.

Nora la miró por encima del borde de las gafas.

—Tengo las manos ocupadas.

Emma observó la taza que seguía sosteniendo.

Nora esperó.

Al final, Emma cogió la segunda.

Encontró a Luke arrodillado junto al radiador del vestíbulo. Estaba ajustando una pequeña válvula.

—Chocolate —dijo.

Él levantó la cabeza.

—Gracias. Déjalo ahí.

Emma lo apoyó sobre una mesa auxiliar.

Podía marcharse.

Había una mujer esperando un bolígrafo. June necesitaba más servilletas. Su ordenador seguía abierto.

Se quedó.

—El otro día estaba hablando con una amiga sobre unas dificultades de mi empresa.

Luke volvió a la válvula.

—No tienes que explicármelo.

—Ya lo sé.

La herramienta dejó de moverse.

Emma se cruzó de brazos y enseguida los descruzó.

—Pero prefiero que no parezca que estoy aquí fingiendo unas vacaciones.

Él se incorporó despacio.

—No pensaba que estuvieras de vacaciones.

Ella no supo qué responder.

Luke se limpió las manos con un paño.

—June lleva meses esperando que vengas. Eso es todo lo que quería decirte.

Emma miró hacia la cocina.

Su tía estaba inclinada para escuchar a la niña del deseo del camión.

—Voy a hablar con ella.

Luke asintió.

No preguntó de qué.

Eso dejó a Emma sin saber si se sentía aliviada.

Él cogió el chocolate.

—Está caliente —advirtió ella.

Luke la miró.

Durante un segundo, algo familiar se asomó a su expresión.

—Eso suele ser buena señal.

Bebió de todos modos.

Emma vio cómo se le tensaba la mandíbula.

—Te has quemado.

—No.

—Claro.

Él apartó la taza.

Ella sonrió antes de poder evitarlo.

La campanilla volvió a sonar y Emma regresó a la mesa.

A sus espaldas oyó a Luke soplar sobre el chocolate.

A la una, el vestíbulo quedó casi vacío.

Habían recibido diecisiete deseos nuevos, además del de Owen.

June cerró la puerta del salón pequeño y llevó el buzón a la mesa. Nora se sentó con un bolígrafo rojo. Emma abrió el registro.

La llave estaba atada con una cinta verde a la libreta de Rose.

June la sostuvo un momento antes de introducirla.

Nadie hizo ningún comentario.

La tapa se levantó con un crujido leve.

Dentro había sobres blancos, tarjetas dobladas y un papel azul con un dibujo en la esquina.

Emma reconoció el de Owen.

June fue separándolos por parejas: deseo y sobre de contacto. Emma asignaba un número a cada conjunto. Nora comprobaba que no faltara información.

Trabajaron despacio.

El primer deseo era de un hombre que necesitaba transporte para visitar a su esposa en una residencia situada a cuarenta minutos.

El segundo pedía ayuda para instalar una videollamada con una nieta que vivía en Japón.

El tercero estaba escrito con letras enormes.

QUIERO QUE MI HERMANO DEJE DE COGER MIS COSAS SIN PREGUNTAR.

—Lily —dijo June.

Nora hizo una anotación.

—Podemos recomendar una caja con llave.

Emma levantó la vista.

—No vamos a mediar en una disputa entre una niña de ocho años y un niño de tres.

—Entonces debería figurar en el cartel.

June se rio.

Emma también.

Fue un sonido pequeño, pero le aflojó algo en los hombros.

Abrieron otras tarjetas.

Un hombre quería aprender a preparar el pastel que su esposa había hecho durante cuarenta Navidades.

Una mujer pedía que alguien acompañara a su padre a ver las luces porque ella trabajaba de noche.

Había deseos que podían resolverse con una llamada y otros que ninguna de las tres sabía aún cómo abordar.

Emma dejó el de Owen para cuando llegó su turno.

Alisó el papel azul.

El dibujo de la esquina era una casa con una chimenea desproporcionada y dos personas sentadas a una mesa.

Leyó en silencio.

Después volvió a leer.

—¿Qué dice? —preguntó June.

Emma se aclaró la garganta.

—“Quiero cenar con mi mamá antes de dormirme. No en el trabajo de ella. En una mesa de verdad”.