Capítulo 2 Las cosas que se quedan #3
Llevaba la bufanda amarilla de Nora en una mano.
Emma se enderezó.
No supo cuánto tiempo llevaba allí.
—Tengo que dejarte —le dijo a Sophie.
Su amiga vio algo en su cara.
—Llámame luego.
Emma terminó la llamada y se quitó los auriculares.
Luke levantó la bufanda.
—Nora se la ha dejado en la camioneta.
—Puedes ponerla en recepción.
—Sí.
No se movió enseguida.
Emma apoyó las manos sobre el teclado.
Tenía la sensación incómoda de que cualquier explicación sonaría como una confesión.
—Estaba hablando de trabajo.
Luke la miró.
Luego miró el formulario abierto en la pantalla.
—Ya veo.
Dejó la bufanda sobre el brazo de la butaca.
—He traído también los sobres del año pasado. June dice que te servirán para los tamaños.
Los apoyó junto a la puerta.
Emma tragó saliva.
—Gracias.
Él asintió y salió.
Ella permaneció inmóvil hasta que oyó abrirse la puerta principal.
Entonces bajó los ojos hacia el ordenador.
En la primera línea de su formulario había escrito:
¿QUÉ NECESITAS ESTA NAVIDAD?
Emma seleccionó la frase.
Durante unos segundos pensó en sustituirla por algo más alegre.
Al final la dejó.
Por la tarde, June le pidió que revisara una caja de adornos antes de decidir cuáles podían ir en las ventanas.
Emma la llevó al salón pequeño.
Había cascabeles, piñas pintadas y una colección de pájaros de madera con patas de alambre.
En el fondo encontró una estrella hecha con palitos de helado.
Su nombre estaba escrito detrás.
EMMA, 7 AÑOS.
Una de las puntas estaba torcida. Recordó a su abuelo sujetándola mientras se secaba el pegamento y a su abuela diciendo que las estrellas perfectas eran más difíciles de reconocer.
La dejó sobre la mesa.
Después abrió el correo de Martin Hale.
Leyó la oferta completa.
El importe seguía siendo el mismo.
Los plazos seguían pareciendo posibles.
Lo que había cambiado era que ahora podía oír a June en el vestíbulo, explicándole a una pareja dónde servían la mejor sopa del pueblo. Podía ver la marca que había dejado el viejo piano sobre el suelo del salón. Había bebido café en una cocina donde alguien seguía guardando la taza de Luke.
Emma comenzó una respuesta.
Gracias por el seguimiento. Estoy revisando la documentación y…
Se detuvo.
Borró la frase.
Escribió otra.
Necesito aclarar algunos aspectos antes de confirmar fechas.
Esa podía enviarla.
La leyó una vez más y pulsó el botón.
Luego cerró el correo.
En recepción sonó la campanilla.
—¡Emma! —llamó June—. ¿Puedes venir un momento?
Había un niño al otro lado del mostrador.
Tendría siete años. Llevaba un gorro con orejas de zorro y apretaba una tarjeta blanca entre los dedos.
Una mujer joven permanecía junto a la puerta, intentando cerrar un paraguas que parecía haber decidido jubilarse abierto.
—Le he dicho que el buzón no empieza hasta el sábado —explicó June—, pero quería preguntar.
El niño miró a Emma con seriedad.
—¿Tú eres la que arregla los deseos?
June abrió la boca.
Emma respondió antes.
—Ayudo a organizarlos.
El niño consideró la diferencia.
—¿Puedo dejar el mío?
—Claro.
—Pero no quiero que lo lean todos.
Emma salió de detrás del mostrador y se agachó frente a él.
—No lo leerán todos.
Él miró hacia su madre.
Ella seguía luchando con el paraguas, aunque Emma sospechó que estaba tardando un poco más de lo necesario.
—Tampoco quiero un juguete —añadió el niño.
—No hace falta pedir un juguete.
—Porque a lo mejor parece que sí, pero no.
Emma asintió.
—Puedes escribirlo como te salga. Si necesitamos entenderlo mejor, te preguntamos.
El niño relajó un poco los hombros.
June le acercó un sobre pequeño para sus datos.
Él escribió despacio, protegiendo las letras con el brazo.
Después dobló su tarjeta.
—Me llamo Owen.
—Yo soy Emma.
—Ya lo sé. Mi mamá dice que tú hacías bodas muy grandes.
Emma miró a la mujer.
Ella consiguió cerrar el paraguas en ese instante.
—Perdona —dijo—. Yo trabajé dos veranos aquí. No esperaba que te acordaras.
Emma la reconoció entonces.
La trenza había desaparecido y llevaba gafas, pero conservaba el mismo lunar junto a la boca.
—Maddie.
La sonrisa de la mujer fue inmediata.
—Hola.
Hubo un abrazo breve, una pregunta por el viaje y otra por el frío. Owen aprovechó la conversación para acercarse al buzón.
Se puso de puntillas.
No alcanzaba bien la ranura.
Emma fue a ayudarlo.
Sostuvo la caja mientras él introducía el sobre y la tarjeta.
El papel cayó con un sonido leve.
Owen apoyó la palma sobre la tapa, como si necesitara asegurarse de que el deseo se había quedado dentro.
—¿Ya está?
Emma asintió.
—Ya está.
Cuando madre e hijo se marcharon, June recogió el paraguas que se habían vuelto a olvidar.
—Trabaja en la residencia de mayores —dijo—. Turnos largos.
Emma miró el buzón.
—¿Abrimos la tarjeta ahora?
June negó con la cabeza.
—El sábado. Le hemos dicho que el sábado.
Emma pasó el pulgar por la esquina del mostrador.
Podía esperar.
Sin embargo, mientras subía a buscar un jersey, pensó en el niño protegiendo sus palabras con el brazo.
Había regresado con una lista de cosas que necesitaba resolver.
No había contado con empezar a preguntarse qué necesitaban los demás.