El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 2 Las cosas que se quedan #2
17%

Capítulo 2 Las cosas que se quedan #2

En la hoja, tres columnas llevaban los títulos PERSONA, COSA y CUÁNDO.

Emma observó ambos documentos.

—Vamos a hacer que sean un poco más fáciles de consultar.

—Rose los entendía perfectamente —dijo Nora.

June la miró.

La frase había caído sobre la mesa sin que nadie quisiera empujarla.

Emma giró el bolígrafo entre los dedos.

—No quiero cambiar la tradición.

Nora alisó la hoja doblada.

—Ya.

—Quiero que June no tenga que buscar un teléfono en seis páginas mientras atiende a un huésped.

Su tía bebió un sorbo de café.

—Eso sí me gustaría.

Nora estudió a Emma un momento más.

Después le acercó las listas.

—No borres a Harold. Lo taché porque dijo que se iba a Florida, pero discutió con su hermana y ahora se queda.

Emma recibió las hojas.

—Harold se queda.

—Y no pongas a las hermanas Cooper juntas.

—¿Por qué?

—Las dos creen que la otra conduce mal.

Luke se levantó antes de que Emma pudiera formular la siguiente pregunta.

—Yo puedo encargarme de transportes y arreglos pequeños. Nada de tejados.

—Anotado —dijo ella.

—Ni de montar muebles que vengan sin instrucciones.

Nora resopló.

—Fue una silla.

—Era una bolsa con madera y una fotografía.

—Y quedó estupenda.

Luke se puso el abrigo.

June le entregó un bollo envuelto en una servilleta.

Lo aceptó sin discutir.

Emma cerró la libreta.

—Te enviaré el formulario cuando esté listo.

Él sacó una tarjeta de la cartera y la dejó junto al ordenador.

CARTER CARPENTRY & RESTORATION.

Debajo figuraban un teléfono y una dirección de correo.

Emma miró la tarjeta.

Tenía su número antiguo guardado en algún sitio. O quizá lo había borrado durante uno de esos días en que borrar cosas parecía una forma de avanzar.

—Gracias —dijo.

Luke asintió.

En la puerta, Nora lo detuvo.

—¿Podrías llevarme el buzón al salón? June y yo podemos, pero luego nos quejaremos toda la mañana.

—Solo toda la mañana —dijo June.

Luke dejó el bollo sobre el mostrador y fue a buscarlo.

Emma lo siguió con la mirada.

—Es un buen hombre —comentó Nora, con absoluta falta de disimulo.

June cerró la caja de bollos.

—Nora, ayúdame con los platos.

—He dicho que es un buen hombre. No le he organizado una boda.

Emma abrió el ordenador.

La pantalla le pidió una contraseña.

Por alguna razón, necesitó intentarlo dos veces.

A media mañana, Winterlight había recuperado su volumen habitual.

Una pareja buscaba guantes que resultaron estar dentro del gorro de uno de ellos. El huésped de la habitación cuatro necesitaba imprimir un billete. Alguien preguntó si el desayuno podía servirse sin huevos, sin lácteos y, a ser posible, sin pan.

June atendía a todo el mundo con paciencia.

Emma imprimió el billete, encontró una opción para el desayuno y solucionó en seis minutos una discrepancia con una reserva.

Su tía la miró desde recepción.

—Se te sigue dando bien.

—Es una fecha mal introducida.

—No hablaba de la fecha.

Emma llevó el ordenador al salón pequeño.

Desde allí se veía el porche y una parte de la calle. Había una mesa redonda junto a la ventana, una butaca de flores y una estantería donde los huéspedes dejaban libros que ya habían terminado.

Eligió la mesa.

Creó una carpeta.

DESEOS DE NAVIDAD.

Dentro preparó el registro privado y una tabla de voluntarios. Añadió campos, casillas y un sistema sencillo de números.

Podía hacerlo bien.

Aquella idea le proporcionó un alivio que no esperaba.

En Boston llevaba tres días revisando conversaciones, buscando el punto exacto donde había empezado a perder al cliente.

Tal vez debió contratar ayuda antes. Tal vez había aceptado un presupuesto demasiado ajustado.

Tal vez no había ningún error concreto que encontrar y eso era lo que más le costaba soportar.

Aquí, en cambio, una lista incompleta podía completarse.

Un teléfono equivocado podía corregirse.

Había algo que hacer.

Estaba terminando el primer formulario cuando sonó una videollamada.

Sophie.

Emma se puso los auriculares y contestó.

Su amiga apareció en pantalla con un lápiz atravesado en el moño y una taza enorme entre las manos.

—Necesito una evaluación de daños —dijo.

—La canaleta del ala este, varias ventanas y una cafetera con problemas de autoestima.

—Hablaba de ti.

Emma se recostó.

—Estoy bien.

Sophie la observó.

—Has tardado demasiado poco en responder.

Se conocían desde hacía doce años. Sophie había diseñado invitaciones para los primeros eventos de Emma cuando ambas cobraban tan poco que preferían no calcular sus horas.

Ahora tenía un estudio pequeño y una capacidad molesta para reconocer cuándo su amiga estaba a punto de decir una mentira.

—La casa está peor de lo que pensaba —admitió Emma.

—¿Y June?

—Cansada.

—¿Ya hablaste con ella?

Emma miró hacia la puerta.

—No.

Sophie dejó la taza.

—Emma.

—Voy a hacerlo.

—Eso dijiste antes de salir.

—Quería llegar primero.

Su amiga no insistió enseguida.

Se oyó un perro ladrar al otro lado de la llamada.

—¿Has revisado la oferta?

—Todavía no del todo. Quieren saber si podríamos entregar la propiedad el veinte de diciembre.

Sophie frunció el ceño.

—Es rápido.

—Es dinero de verdad.

Lo dijo más bajo de lo necesario.

Su amiga dejó de jugar con el lápiz.

—Ya lo sé.

Emma miró su reflejo en la pequeña ventana de la pantalla.

Tenía el pelo recogido sin cuidado y una arruga marcada entre las cejas.

—Podría pagar la línea de crédito, cubrir los gastos del estudio y tener tiempo para buscar clientes sin aceptar cualquier cosa.

—También necesitas saber qué va a pasar con June.

—Lo sé.

—¿Va a mudarse contigo?

—No hemos hablado de eso.

Sophie guardó silencio.

Emma cerró los ojos un segundo.

Dicho en voz alta, todo parecía menos avanzado de lo que había conseguido creer durante el viaje.

—Primero necesito entender las cuentas —dijo—. No voy a tomar ninguna decisión sin saber qué estoy haciendo.

—Bien.

—Y tengo que averiguar cuánto costaría mantener esto abierto.

—Bien también.

Emma pasó una mano por la mesa.

—Luke trabaja aquí.

Sophie se quedó quieta.

Después se quitó el lápiz del pelo.

—Ah.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese “ah”.

—Es un “ah” muy razonable.

—Hace reparaciones. Eso es todo.

—No he dicho otra cosa.

Emma oyó un golpe suave cerca de la entrada del salón.

Levantó la cabeza.

Luke estaba al otro lado de la puerta abierta.