El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 2 Las cosas que se quedan
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Capítulo 2 Las cosas que se quedan

A las siete y cincuenta y ocho de la mañana, Emma descubrió que la cafetera de la posada tenía tres botones, dos luces y ninguna intención de colaborar.

Había llenado el depósito. Había colocado el café. Había cerrado la tapa con una firmeza que rozaba la amenaza.

La máquina emitió un suspiro húmedo.

Después, nada.

—Si vas a explotar, hazlo antes de que abra el ordenador —murmuró.

—Tienes que levantar la jarra.

Luke estaba en la puerta de la cocina.

Emma retiró la mano de la cafetera.

—Buenos días.

—Levanta la jarra y vuelve a colocarla.

Ella obedeció.

La máquina empezó a funcionar.

Emma observó el primer hilo de café con resentimiento.

—Podría haberlo indicado en alguna parte.

—Lo indica.

Luke señaló una etiqueta pegada en el costado, junto a la pared.

Emma se inclinó para leerla.

LEVANTAR UN POCO LA JARRA. NO GOLPEAR. JUNE, ESTO TAMBIÉN VA POR TI.

La última línea estaba escrita con otra tinta.

—Una ubicación muy práctica —dijo Emma.

—Antes estaba delante. June dijo que afeaba la cocina.

Luke llevaba una carpeta azul bajo el brazo y el mismo abrigo del día anterior. Se había quitado el gorro. Tenía el pelo ligeramente húmedo y una pequeña marca blanca de pintura cerca del pulgar.

Emma se preguntó si llevaba despierto muchas horas.

Luego se preguntó por qué le importaba.

—Podemos sentarnos aquí —dijo, señalando la mesa.

Había colocado el ordenador, una libreta y dos bolígrafos junto a una pila de documentos. Luke miró el conjunto.

—Veo que has venido preparada.

—Es una reunión sobre reparaciones.

—Sí.

—¿Esperabas velas?

Él la miró.

Emma abrió el ordenador con demasiada rapidez.

No había querido que aquello sonara así.

Luke se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo de una silla.

—Con que haya café, me conformo.

Ella cogió una segunda taza.

La azul.

La dejó sobre la mesa y tardó un segundo en darse cuenta.

Luke también la vio.

Durante los veranos que habían pasado juntos, aquella había sido su taza. La elegía porque era la más grande y porque tenía el asa suficientemente ancha para sus dedos.

Diez años después, Emma la había sacado sin pensarlo.

—Es la que estaba delante —dijo.

Luke no miró el armario, donde otras cinco tazas ocupaban la primera fila.

—Gracias.

Se sentó.

Emma sirvió el café y abrió una hoja de cálculo.

Había reparaciones. Había cifras.

Las cifras, al menos, no recordaban nada.

Durante los primeros veinte minutos, la reunión fue exactamente lo que Emma necesitaba.

La canaleta del ala este debía cambiarse.

Dos ventanas del tercer piso requerían sellado.

El escalón suelto del acceso trasero ya estaba reparado.

La caldera había pasado la revisión de otoño, aunque convenía reservar dinero para sustituir una pieza antes del siguiente invierno.

Emma anotaba. Luke explicaba. El café se enfriaba.

Era posible, pensó ella. Podían comportarse como dos adultos que compartían información sobre una propiedad.

Entonces llegó a las facturas.

—Aquí falta el importe de la mano de obra.

Luke miró el documento.

—No falta.

Emma levantó los ojos.

—Has puesto cero.

—Exacto.

—Luke.

Él tomó su taza.

—Cambiar una bombilla no requiere una factura.

—No hablo de una bombilla. Hablo de las ventanas de la segunda planta, la barandilla, el suelo del lavadero y…

Pasó una página.

—¿La cubierta del cobertizo?

—Eso fue en primavera.

—¿Por qué no lo cobraste?

—Porque quise hacerlo.

Emma apoyó el bolígrafo.

No quería empezar la mañana debiéndole algo que no pudiera poner en una casilla.

—La posada es un negocio.

—Lo sé.

—Y tú también tienes uno.

—También lo sé.

—Entonces deberías cobrar por tu trabajo.

Luke dejó la taza con cuidado.

—Le cobré los materiales a June. Lo demás fue cosa mía.

Emma bajó la vista hacia la factura.

Junto al total había una nota de su tía.

Pagado. Luke no quiso tarta, pero se llevó media.

Se pasó una mano por la frente.

—No estoy cuestionando lo que hiciste.

—Suena bastante parecido.

—Estoy intentando entender las cuentas.

La expresión de Luke cambió apenas.

Apartó una factura y señaló otra.

—En esta sí hay un error. El proveedor cargó dos veces el transporte. June tiene el abono en la carpeta amarilla.

Emma anotó la corrección.

Fue una salida discreta. Él se la estaba ofreciendo.

La aceptó.

Durante unos minutos solo se oyó el ruido del teclado.

Luego Luke preguntó:

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

Emma mantuvo los ojos en la pantalla.

—Depende de lo que encuentre aquí.

—Me refiero a una fecha aproximada.

—Unas semanas.

Luke asintió despacio.

—June pensaba que pasarías Navidad.

—Todavía no he decidido.

Él miró hacia la ventana.

Al otro lado del cristal, la luz pálida de la mañana caía sobre el jardín. La nieve se había retirado en torno a los tallos secos de las hortensias.

—Deberías decírselo.

Emma dejó de escribir.

—Acabo de llegar.

—Ya.

Ella conocía aquel tono.

Lo había oído el día anterior y también mucho antes, en otro porche, durante una noche de agosto que llevaba diez años evitando recordar entera.

Cerró una pestaña del ordenador.

—¿Hay algo más que deba saber de la casa?

Luke volvió a mirarla.

—La chimenea del salón pequeño está clausurada. El pestillo de la habitación seis se atasca. Y alguien tiene que limpiar las hojas de la salida de agua del jardín antes de la próxima nevada.

—Lo anotaré.

—Está en la última página.

Emma pasó las hojas hasta encontrar una lista escrita a mano.

La letra de Luke había cambiado muy poco.

Reconoció la forma de la ele, el trazo corto de la te.

Había recibido cartas suyas durante su primer año en Boston. Tres, quizá cuatro, antes de que todo empezara a hacerse más difícil.

Volvió a la primera página.

—Gracias por preparar esto.

—June me lo pidió.

—De todas formas.

Luke recogió su taza.

—De nada.

June entró a las ocho y cuarenta con una caja de bollos y una mujer pequeña que llevaba un abrigo amarillo.

—He encontrado a Nora intentando arrastrar esto desde el coche.

—No intentaba arrastrarlo —dijo la mujer—. Estaba esperando a que el suelo dejara de resbalar.

Nora Bell dejó una bolsa de papel junto a la puerta y se volvió hacia Emma.

La examinó con la franqueza de alguien que la había conocido antes de que aprendiera a depilarse las cejas.

—Has vuelto.

—Eso parece.

—Bien. Tu tía necesita dormir.

—Duermo —protestó June.

Nora la ignoró.

—Y alguien tiene que poner orden en los deseos. El año pasado hubo una pequeña confusión con un conejo.

Emma dejó el bolígrafo.

—¿Qué clase de confusión?

—Una mujer pidió compañía.

Luke cerró los ojos un instante.

June abrió la caja de bollos.

—Nora.

—No veo por qué no podemos hablar de ello. El animal acabó muy bien.

—¿Le regalaron un conejo? —preguntó Emma.

—Su nieto lo interpretó así —explicó June—. Lo resolvimos antes de Navidad.

—Ahora vive conmigo —dijo Nora—. Se llama Gregory y no respeta los rodapiés.

Emma miró a Luke.

Él estaba mirando su café con una concentración sospechosa.

—¿Te parece gracioso?

—No he dicho nada.

—Estás a punto.

—Gregory tiene un carácter difícil.

Nora señaló a Luke con un dedo.

—Porque tú le traes manzanas cada vez que vienes. Sabe reconocer a una persona débil.

Luke levantó ambas manos.

Por primera vez desde su llegada, Emma lo vio sonreír de verdad.

La sonrisa apareció sin esfuerzo y desapareció casi enseguida.

Ella tardó un poco más en volver a mirar la mesa.

June colocó platos.

—Nora se encarga de los voluntarios.

—Me encargo de que la gente haga lo que prometió —precisó Nora—. Son cosas distintas.

Emma abrió una página nueva.

—Perfecto. Necesito saber cómo funciona todo desde el principio.

Nora se sentó inmediatamente.

Luke miró el reloj.

—Yo debería irme.

—Tú también eres voluntario —dijo June.

—Tengo un trabajo en la calle River.

—Cinco minutos.

Luke dirigió a Emma una mirada que decía con bastante claridad que aquello también había empezado así para él.

Ella apartó una silla con el pie.

—Podemos simplificarlo —dijo.

Luke se sentó.

—Eso quiero verlo.

La tradición del buzón tenía treinta y un años.

Había empezado cuando la abuela de Emma descubrió que el cartero iba a pasar Nochebuena solo y organizó una cena para seis personas que terminó reuniendo a diecinueve.

Al año siguiente, alguien dejó una tarjeta de agradecimiento en recepción. Otra persona preguntó si conocía a algún vecino que necesitara un abrigo. Una tercera pidió ayuda para llevar a su madre al concierto del colegio.

La abuela Rose construyó el sistema alrededor de aquellas preguntas.

Su marido construyó el buzón.

Desde entonces, cualquier vecino podía dejar un deseo sin escribir su nombre en la tarjeta. Los datos de contacto iban aparte, en un sobre pequeño que solo abría el comité.

—Nada de prometer dinero —dijo June—. Nada que implique animales, tratamientos médicos o trabajos peligrosos.

Nora carraspeó.

—Lo de los animales se añadió después.

Emma escribió.

—¿Quién ve los deseos?

—Nosotras —respondió June—. Y la persona que vaya a cumplir cada uno, pero sin los datos privados. Primero preguntamos a quien lo ha dejado qué información podemos compartir.

Emma asintió.

Aquello estaba mejor pensado de lo que esperaba.

—¿Y si alguien no quiere que lo llamen?

—Puede dejarlo igualmente —dijo June—. A veces solo quieren escribirlo.

Emma levantó la vista.

Su tía estaba separando un bollo en dos mitades.

—¿Aunque no podamos hacer nada?

—Aunque no podamos hacer nada.

Durante un momento, nadie habló.

Nora se sacudió unas migas del abrigo.

—El buzón abre este sábado y cierra el dieciocho de diciembre. Repartimos los encargos a medida que llegan. El veinticuatro hacemos aquí la merienda y entregamos lo que quede pendiente.

Emma anotó las fechas.

Dieciocho.

Veinticuatro.

En su teléfono seguía esperando un mensaje que decía veinte.

—Necesitamos dos registros —dijo—. Uno privado, con los datos de contacto y un número para cada deseo. Otro para voluntarios, con disponibilidad y lo que pueden ofrecer.

—Ya tenemos dos listas —señaló Nora.

Sacó del bolso un bloc y una hoja doblada en cuatro.

En el bloc había nombres, flechas, números de teléfono y una mancha de algo que parecía mermelada.