Capítulo 1 #2
Había algo injusto en que ciertas partes de una persona pudieran conservarse con tanta precisión en la memoria.
Él se lavó en el fregadero, secándose después con un paño que encontró sin preguntar.
Conocía la cocina.
Conocía el cajón de los cubiertos.
Sabía qué silla cojeaba y la apartó antes de sentarse.
Emma miró su cuenco vacío.
—June dice que tienes una carpeta con las reparaciones —comentó.
Luke aceptó la sopa que su tía colocó frente a él.
—June tiene varias carpetas.
—La azul.
—Entonces sí.
—Me gustaría revisarla contigo.
—Mañana puedo a las ocho.
Ella sacó por fin el teléfono, abrió el calendario y se detuvo.
El bloque de la mañana seguía reservado para una reunión que ya no iba a celebrarse.
Lo borró.
—A las ocho está bien.
Luke bajó los ojos hacia la pantalla antes de que ella la bloqueara.
Emma no supo cuánto había visto.
June regresó al fregadero.
—Voy a llevar unas toallas arriba. No discutáis mientras no estoy.
—No estábamos discutiendo —dijo Emma.
—Mejor. Así no tendré que pedir que continuéis en voz más baja.
Su tía salió con una cesta apoyada en la cadera.
El radiador silbó.
Luke comenzó a comer.
Emma buscó una frase razonable, alguna que pudiera tenderse entre ambos sin soportar demasiado peso.
—¿Cómo estás?
Él dejó pasar un momento.
—Bien.
—Me alegro.
Luke asintió.
Fuera, un pájaro se posó en la barandilla sin terminar y volvió a levantar el vuelo.
Emma giró el teléfono entre los dedos.
—No sabía que ibas a estar aquí.
—Eso ya lo he notado.
Ella levantó la vista.
No estaba sonriendo.
Tampoco parecía enfadado de una forma que le permitiera defenderse.
—No quise decir…
—No pasa nada, Emma.
La facilidad con que dijo su nombre le produjo una punzada inesperada.
Luke apartó el cuenco, se levantó y lo llevó al fregadero.
—La ventana de tu habitación se atasca si intentas abrirla por el lado izquierdo. Empuja desde el centro.
Emma parpadeó.
—¿Cómo sabes qué habitación voy a usar?
Él la miró.
La pregunta quedó entre ambos, innecesaria.
Ella había ocupado la habitación del fondo desde los seis años.
—Claro —murmuró.
Luke recogió el gorro.
—Bienvenida a casa.
Lo dijo sin énfasis, casi como una cortesía.
Emma esperó a que la puerta se cerrara antes de mirar hacia la silla donde había estado sentado.
A las seis, el vestíbulo olía a cáscara de naranja.
June había puesto una olla pequeña sobre la estufa del salón, como hacía su abuela cuando empezaban a llegar huéspedes para las fiestas.
Emma bajó con un jersey más grueso y el ordenador bajo el brazo.
Encontró a su tía arrodillada junto a un armario.
—No te agaches así. Déjame.
—Si dejas el ordenador, tendrás una mano libre.
Emma lo apoyó sobre recepción y se acercó.
Entre las dos sacaron una caja grande, envuelta en una manta de cuadros.
June retiró la tela con cuidado.
Debajo apareció un buzón de madera.
Era rojo oscuro, con pequeñas estrellas doradas pintadas a mano y una ranura en el frente. Sobre la tapa, las letras color crema decían:
UN DESEO PARA NAVIDAD
Emma se quedó inmóvil.
—Pensé que lo habías guardado en el desván.
—Lo guardé aquí.
En un costado seguía la marca de una quemadura diminuta.
Emma la tocó con el pulgar.
Una Navidad había apoyado una vela demasiado cerca. Tenía once años. Su abuela se negó a repintarlo.
Así sabemos que es el nuestro , había dicho.
June abrió la tapa.
Dentro había sobres, tarjetas de cartulina y un pequeño paquete de cintas.
—La inauguración es el sábado.
Emma retiró la mano.
—¿Qué inauguración?
Su tía siguió ordenando los sobres.
—La del buzón.
—¿Vais a hacerlo este año?
June se volvió hacia ella.
—Claro.
Emma miró la recepción vacía, las cajas de adornos, la lámpara que necesitaba una pantalla nueva.
—Creí que, con todo lo que ha pasado…
No terminó.
June dejó los sobres sobre el mostrador.
—El año pasado hubo cuarenta y tres deseos.
—Lo recuerdo.
—No sé si lo recuerdas. Tu abuela te llamó para contarte lo de la señora Patel.
Emma sí lo recordaba.
Había contestado desde el pasillo de un hotel, entre una conferencia y una cena para doscientas personas. Su abuela habló durante doce minutos. Emma miró la hora cuatro veces.
Ahora habría pagado por recuperar aquellos doce minutos y escucharlos sin prisa.
—Quería volver a bailar —dijo.
June sonrió.
—El señor Patel llevaba meses convencido de que a ella le dolían las caderas.
—Y ella creía que él ya no quería salir.
—Exacto.
Un deseo en una tarjeta.
Un salón prestado.
Una pareja bailando un jueves por la tarde.
De niña, Emma había pensado que su abuela hacía magia.
De adulta entendió que hacía llamadas, pedía favores y recordaba cosas que los demás olvidaban.
June sacó una libreta verde del fondo del buzón.
La cubierta estaba gastada en las esquinas.
—Necesito que me ayudes con la organización.
Emma retrocedió apenas.
—Tía June…
—Solo con la organización.
—Estoy aquí para revisar la casa y los documentos.
—Y yo tengo seis habitaciones reservadas para el fin de semana, un horno que decide cuándo calentarse y una rodilla que empieza a parecerse a la de la señora Miller.
Emma miró la libreta.
Conocía ese tamaño de encargo.
Empezaba con una lista y terminaba con ella sujetando una escalera mientras alguien discutía sobre el color de una guirnalda.
—Podemos simplificarlo —dijo al fin—. Un formulario, una lista de participantes, otra de voluntarios. Nada de números de teléfono repartidos en servilletas.
June le entregó la libreta demasiado deprisa.
Emma entrecerró los ojos.
—Ya sabías que iba a decir que sí.
—Tenía esperanzas.
Abrió la primera página.
La letra de su abuela llenaba el margen superior.
Preguntar siempre antes de prometer.
Debajo había nombres, fechas y anotaciones breves.
No llamar a Walter después de las ocho.
La hija de Ruth vuelve el día 22.
Confirmar transporte antes de invitar a nadie.
Emma pasó el dedo por una palabra tachada.
June se inclinó para recoger la manta y, por primera vez desde su llegada, pareció mayor.
No mucho.
Lo suficiente.
—Está bien —dijo Emma—. Me ocupo de las listas.
Su tía levantó la cabeza.
—Gracias, cariño.
—Pero necesito los archivos del año pasado. Todos. Y nadie añade participantes sin avisarme.
—Por supuesto.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Desde la entrada llegó el sonido de la puerta principal al abrirse.
Luke entró cargando una caja de herramientas.
Miró el buzón, la libreta en manos de Emma y después a June.
Algo parecido a una sonrisa le rozó la boca.
—Lo has conseguido.
Emma se volvió hacia su tía.
—¿Habéis hablado de esto?
June dobló la manta con una atención repentina.
Luke dejó las herramientas junto al mostrador.
—Las luces del porche funcionan. El temporizador también.
—Estupendo —dijo June—. Emma va a ayudarnos con los deseos.
—Eso parece.
Emma cerró la libreta.
—Con la organización.
—Claro —dijo Luke.
Tenía el mismo tono que había utilizado frente al coche.
Ella iba a contestar cuando su teléfono vibró sobre el mostrador.
La pantalla se encendió.
MARTIN HALE
Podemos ajustar la oferta si la entrega del inmueble se realiza sin reservas pendientes. ¿Sería posible el 20 de diciembre?
Emma lo cogió antes de que June pudiera acercarse.
El veinte de diciembre.
Miró el buzón.
En la parte inferior, pintada con la misma letra color crema, había una frase que el polvo le había impedido leer al principio.
LOS DESEOS SE ENTREGAN EN NOCHEBUENA.
—¿Todo bien? —preguntó June.
Emma puso el teléfono boca abajo.
—Sí. Una cosa del trabajo.
Luke seguía junto a la entrada.
No dijo nada.
June encendió la lámpara de recepción y la luz se extendió sobre el buzón rojo, la libreta verde y las manos de Emma.
—Tu abuela estaría contenta de verte aquí —dijo.
Emma bajó la mirada.
Había regresado para preparar la venta de Winterlight.
Todavía no sabía cómo decirlo en aquella habitación.