El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 1
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El enredo de los deseos de Navidad

El enredo de los deseos de Navidad

Por G.P. Martinez

© inepub.com

Capítulo 1

La casa que seguía esperando

La primera vez que Emma Bennett vio a un hombre salir de la posada de su abuela con una puerta sobre el hombro, tenía ocho años y pensó que estaban robando la casa.

La segunda vez tenía treinta y cuatro, una oferta de compra sin firmar en el correo electrónico y muy pocas fuerzas para discutir.

Aun así, bajó la ventanilla.

—Espero que eso esté incluido en el inventario.

El hombre se detuvo al pie de los escalones.

La puerta era de madera maciza, pintada de verde oscuro, con una pequeña ventana en la parte superior.

Él la sostenía con una facilidad que a Emma le pareció innecesariamente irritante.

Llevaba botas de trabajo, una chaqueta abierta sobre una camisa de franela y un gorro gris del que escapaba un mechón de pelo castaño.

Durante un segundo, ella solo vio esas cosas.

Después él levantó la cara.

Luke.

Emma sintió el impulso absurdo de subir la ventanilla.

Habían pasado diez años desde la última vez que estuvieron solos y, aparentemente, su cuerpo no había recibido ninguna de las explicaciones razonables que ella había elaborado durante ese tiempo.

Luke la miró. Luego miró el coche de alquiler, la maleta visible en el asiento trasero y el teléfono sujeto al soporte del tablero.

—Llegas tarde —dijo.

Su voz seguía siendo la misma. Más grave, quizá. O tal vez era el aire frío.

—Hola a ti también.

—Tu tía dijo que estarías aquí al mediodía.

Emma consultó la pantalla del coche.

Las cuatro y diecisiete.

—Había tráfico.

Luke miró la carretera vacía a sus espaldas.

—Desde Boston —aclaró ella.

—Ya.

A finales de noviembre, Maplebridge parecía una de esas localidades que alguien construía dentro de una esfera de cristal y después olvidaba agitar.

Los tejados estaban espolvoreados de nieve vieja.

Sobre la calle principal colgaban guirnaldas todavía apagadas.

Una camioneta avanzaba despacio con un abeto atado al techo.

La posada Winterlight permanecía donde siempre: al final de una pequeña cuesta, con sus tres plantas de madera blanca, las contraventanas verdes y el porche que su abuela insistía en llamar galería, aunque nadie más utilizara esa palabra.

Emma había recordado una casa grande.

Encontró una casa cansada.

Había una mancha oscura bajo una canaleta. La barandilla del extremo izquierdo estaba desmontada. En una ventana del segundo piso, una esquina de la cortina colgaba más baja que la otra.

Y Luke Carter se estaba llevando una puerta.

—¿Por qué la has quitado? —preguntó.

—Porque no cerraba.

—¿Y ahora?

Él bajó la mirada hacia el hueco que había dejado en la entrada lateral.

—Ahora tampoco.

Emma apretó los labios.

Luke sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.

Después se dirigió a una camioneta estacionada junto al cobertizo.

Ella apagó el motor.

Había imaginado su regreso de muchas maneras durante las cuatro horas de viaje.

En algunas, su tía la recibía con café y conseguían hablar de la venta sin que ninguna de las dos llorara.

En otras, Emma recorría la casa, preparaba una lista de reparaciones y resolvía en dos semanas lo que llevaba meses posponiendo.

En ninguna aparecía Luke Carter.

Mucho menos llevando parte de la propiedad sobre el hombro.

Su teléfono vibró antes de que pudiera abrir la puerta del coche.

MARTIN HALE — HALE PROPERTY GROUP

Espero que hayas llegado bien. Seguimos interesados. Cuando revises la documentación, podemos hablar de los plazos de diciembre.

Emma leyó el mensaje dos veces.

Luego bloqueó la pantalla y guardó el teléfono en el bolso.

Desde la camioneta llegó el golpe sordo de la puerta apoyándose sobre una manta.

Podía ocuparse de una cosa a la vez.

Eso era lo que hacía.

Lo que había hecho siempre.

La puerta principal de Winterlight se abrió antes de que Emma alcanzara el porche.

—No me digas que has venido solo con esa chaquetita.

Su tía June apareció envuelta en un cárdigan rojo, con unas gafas colgadas de una cadena y harina en el antebrazo.

Emma dejó la maleta.

—Yo también me alegro de verte.

June bajó los escalones y la abrazó con tanta fuerza que le hundió la cara en el cuello.

Olía a mantequilla, a jabón de lavanda y a la casa.

Aquello último no tenía sentido, pero Emma lo reconoció de inmediato.

Durante el viaje había conseguido pensar en Winterlight como una propiedad de once habitaciones con gastos crecientes y ocupación insuficiente.

El olor de June complicaba bastante ese enfoque.

—Estás helada —dijo su tía, apartándose apenas para observarla—. Y delgada.

—No estoy más delgada.

—Entonces estás cansada de una forma que adelgaza.

—Eso no existe.

—A mi edad ya no necesito que las cosas existan para reconocerlas.

June le tomó la cara entre las manos.

Por un momento, Emma pensó que iba a mencionar a su abuela.

No lo hizo.

Le alisó un mechón detrás de la oreja, recogió el bolso que ella había dejado sobre la maleta y entró.

—Hay sopa.

Emma la siguió.

El vestíbulo conservaba el suelo de madera color miel, el reloj alto junto a la escalera y el espejo ovalado donde, de niña, comprobaba si llevaba bien colocado el lazo del vestido.

También conservaba el escalón que crujía frente a recepción.

Lo pisó sin querer.

El sonido le atravesó el pecho.

Su abuela decía que aquel tablón anunciaba las visitas mejor que cualquier campanilla.

Emma miró hacia el mostrador.

Por una fracción de segundo esperó verla allí, sentada con sus cuentas, levantando un dedo para pedirle paciencia mientras terminaba una suma.

En su lugar había una lámpara encendida y una taza con lápices.

June continuó hacia la cocina, hablando de la carretera, de una nevada prevista para el fin de semana y de una vecina que había encargado un pavo tan grande que tuvieron que sacarle una bandeja al horno.

Emma permaneció quieta hasta que pudo respirar sin esfuerzo.

Habían pasado nueve meses.

La casa seguía siendo perfectamente capaz de sorprenderla.

—¿Emma?

—Ya voy.

Dejó el abrigo en el perchero.

Junto a la recepción había varias cajas de adornos. Una contenía estrellas de papel envueltas en papel de seda. Otra, luces enrolladas con un cuidado que Emma reconoció como obra de su abuela.

Sobre todas ellas descansaba una fotografía enmarcada.

Su abuela estaba en el porche, riéndose de algo fuera de la imagen, con una guirnalda torcida entre las manos.

Emma enderezó el marco.

Después fue a la cocina.

June había dispuesto dos cuencos de sopa, pan caliente y una mantequillera que Emma habría jurado recordar más pequeña.

La cocina estaba casi igual.

La mesa seguía junto a la ventana. El radiador silbaba en intervalos irregulares. En el alféizar había tres macetas de hierbas aromáticas; dos parecían prosperar y la tercera necesitaba que alguien le dijera la verdad.

Emma se sentó.

—¿Cuántos huéspedes hay?

June removió su sopa.

—Esta noche, cuatro habitaciones ocupadas.

—¿Y el fin de semana?

—Seis, si los Miller no cancelan.

—¿Han cancelado antes?

—La señora Miller tiene una rodilla impredecible.

Emma partió un trozo de pan.

—Te pedí que me mandaras las cifras.

—Te las mandé.

—Una foto de un cuaderno no son las cifras.

—Contenía números.

—Tía June.

Su tía dejó la cuchara.

—Acabas de llegar.

Emma bajó la vista hacia el cuenco.

—Lo sé.

—Puedes comer algo antes de decidir qué hacer con toda la casa.

No había reproche en la frase.

Eso la hizo peor.

Emma tomó una cucharada de sopa.

Calabaza, jengibre, un poco de nata.

La misma receta.

—Está muy buena.

June asintió, aceptando aquella pequeña retirada.

Durante unos minutos comieron en silencio.

Desde fuera llegó el ruido de una herramienta eléctrica. Emma volvió la cabeza hacia la ventana.

Luke estaba junto al cobertizo, inclinado sobre la puerta verde.

—No sabía que seguía trabajando aquí —dijo, procurando que pareciera una pregunta administrativa.

June untó mantequilla en el pan.

—Hace trabajos cuando hacen falta.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

—Podrías habérmelo dicho.

Su tía levantó las cejas.

—También viene el fontanero. No te he enviado una lista de todos los hombres con herramientas que entran en la propiedad.

—No me refiero a eso.

—Ya.

Emma dejó el pan.

Fuera, Luke pasó una mano por el borde de la puerta y se agachó para examinar algo.

—¿Cuánto le debemos?

—Está en la carpeta azul.

—Bien.

—No le pidas que te haga una factura esta tarde.

Emma miró a su tía.

June siguió comiendo.

—No iba a hacerlo.

Su teléfono vibró dentro del bolso.

Las dos lo oyeron.

Emma no lo sacó.

—¿Cómo va el trabajo? —preguntó June.

Había esperado esa pregunta desde que salió de Boston. Preparó la respuesta durante el viaje, entre una gasolinera y un tramo de carretera donde comenzó a nevar.

—Estoy reorganizando algunas cosas.

Era una frase sólida. Amplia. Casi elegante.

June la observó por encima de sus gafas.

—¿Qué cosas?

—Clientes. Fechas. El próximo trimestre.

Todo aquello era técnicamente cierto.

Tres días antes, el cliente que representaba casi la mitad de sus ingresos había decidido trasladar sus eventos a una agencia más grande. Habían utilizado palabras como estructura , alcance y nueva etapa .

Emma había respondido que lo comprendía.

Luego abrió una hoja de cálculo y descubrió cuánto tiempo podía mantener su empresa mientras lo comprendía.

No era mucho.

—Siempre has trabajado demasiado —dijo June.

Emma sonrió sin ganas.

Perder un cliente importante tenía una ventaja: de pronto, nadie podía acusarla de estar ocupada.

—Por eso voy a aprovechar estas semanas para poner los papeles de la posada al día.

June llevó su cuenco al fregadero.

—Mañana.

—Podría empezar después de comer.

—Mañana también tendrá papeles.

Antes de que Emma pudiera responder, alguien llamó dos veces al marco de la puerta trasera.

Luke entró con un pequeño copo de nieve derritiéndose sobre el hombro.

La cocina pareció reducirse.

—La bisagra estaba vencida —le dijo a June—. La madera está bien. Puedo volver a colocarla antes de que oscurezca.

—Te he guardado sopa.

—Como en casa.

—Te he guardado sopa —repitió June.

Luke se quitó el gorro.

Emma recordó sus manos antes de querer recordarlas.