Capítulo 19 La noche de los deseos
En Nochebuena, el primer huésped de la merienda llegó dos horas antes.
Harold dejó una bolsa de mandarinas sobre recepción y miró hacia el salón.
—He pensado que podía ayudar con las sillas.
Emma consultó el reloj.
—Todavía tenemos que comer.
—No importa. Puedo esperar.
Detrás de él apareció Beatrice.
—Lo que quiere decir es que lleva desde las once poniéndose el abrigo y he decidido traerlo antes de que rompa una manga.
Emma sonrió y les pidió que dejaran las mandarinas en la cocina.
June había reservado dos mesas para la comida del personal de aquella tarde, aunque el personal estaba compuesto por personas que no iban a cobrar nada y a las que Emma había prohibido convertir la merienda en un evento profesional.
Era una reunión de vecinos.
Con comida sencilla.
Con un piano.
Y sin fotografías preparadas para demostrar que había salido bien.
A las tres llegaron Rosa y dos ollas de chocolate.
A las tres y cuarto, Walter entró con su hija y una caja donde había protegido los últimos trozos de pastel.
A las tres y media, Nora ya había discutido con dos personas sobre dónde dejar los abrigos y resuelto un problema que nadie más había detectado con el asa de una jarra.
Emma la encontró en el vestíbulo.
—Puedes sentarte.
—Dentro de un momento.
—Eso dices siempre.
Nora alzó la vista.
Luego miró hacia el salón, donde Walter le guardaba una silla.
Se quitó el abrigo.
—Bien. Pero si alguien pone las cucharas dentro del azúcar, no quiero saberlo.
Emma la vio alejarse.
Después retiró una cuchara del azucarero.
A las cuatro, Winterlight estaba llena de voces.
No todas las personas habían participado en el buzón. Algunas venían con vecinos, con familiares o porque June las había invitado al cruzárselas por la calle.
Maddie y Owen llegaron juntos.
El niño llevaba la misma corbata larga y una caja pequeña envuelta en papel verde.
Se la dio a Emma con las dos manos.
—Es para la posada.
Ella se agachó.
—¿Puedo abrirla?
Él asintió.
Dentro había una estrella de cartón con purpurina. Una de las puntas estaba doblada y en el centro había pegado un dibujo de la casa.
Tres personas asomaban por las ventanas.
—Somos June, tú y Luke —explicó—. No sabía en cuál se ponía él.
Emma levantó los ojos hacia Maddie.
La mujer se mordió el labio para no reírse.
—La podemos colgar junto a recepción —dijo Emma.
Owen observó el marco.
—Ahí la ven todos.
—Exactamente.
La colocaron juntos.
Después el niño fue a buscar galletas.
Maddie permaneció junto a Emma.
—Su turno del jueves que viene ya está cambiado —dijo—. Y el siguiente. Hemos encontrado una combinación que nos sirve a las dos.
Emma la miró.
Maddie asintió.
—No todos los jueves. Pero algunos.
Aquello no cabía en la casilla donde Emma había escrito cena cumplida.
Era mejor así.
Teresa llegó poco después con su sobrina.
Luke la acompañó hasta el piano y apartó el taburete para que pudiera sentarse sin esfuerzo.
La mujer observó el salón lleno.
—Veo que han invitado a gente con opiniones.
—Hemos intentado seleccionar a los más amables —dijo él.
Teresa miró a Nora.
—Les ha fallado el filtro.
Nora levantó su taza en señal de saludo.
Emma estaba sirviendo chocolate cuando oyó la primera melodía.
Las conversaciones bajaron de volumen sin que nadie tuviera que pedirlo.
Teresa tocaba despacio. Sus manos conocían el camino incluso cuando los dedos necesitaban un poco más de tiempo.
June apareció junto a Emma con una bandeja.
Se quedaron escuchando.
En la chimenea, los calcetines rojos colgaban sobre una hilera de luces pequeñas.
Emma vio el nombre de Rose.
Sintió la ausencia con una claridad que no había disminuido durante el día.
Luego Teresa cambió de canción.
June reconoció la melodía antes que ella y sonrió.
—A tu abuela le gustaba demasiado deprisa.
Emma volvió hacia su tía.
—Siempre decía que los demás iban lentos.
—Porque ella tenía razón, naturalmente.
Las dos soltaron una risa baja.
Siguieron sirviendo.
Durante una pausa, Teresa flexionó los dedos sobre el regazo.
Owen se acercó con una galleta en la mano.
Le dijo algo al oído.
Ella lo miró y señaló el espacio a su lado.
El niño negó con la cabeza.
Teresa respondió en voz baja.
Owen miró hacia su madre.
Maddie permaneció donde estaba.
No lo llamó ni levantó el teléfono.
Emma dejó la jarra sobre la mesa.
Luke se acercó a su lado.
—¿Qué pasa?
Ella negó suavemente.
—Vamos a esperar.
Owen dejó la galleta sobre una servilleta.
Se sentó.
Teresa le acercó el taburete un poco más al teclado. Después apoyó su mano izquierda sobre las teclas y esperó a que él colocara la derecha.
Comenzaron.
Emma reconoció la pequeña secuencia que el niño había practicado durante semanas. Teresa la rodeó con una melodía sencilla, dejándole espacio para encontrar cada nota.
En la tercera repetición, Owen se equivocó.
Se detuvo.
Teresa mantuvo una nota suave y lo miró.
No dijo nada.
El niño buscó la tecla.
Volvió a entrar.
Emma sintió los dedos de Luke cerrándose alrededor de los suyos.
Cuando terminaron, Owen no miró al público.
Miró a Teresa.
Ella asintió con seriedad.
—Eso sí estaba escrito.
El niño se rio.
Los aplausos empezaron en el fondo y llenaron el salón.
Owen se bajó del taburete de inmediato, buscó a Maddie y se sentó junto a ella. Su madre le pasó un brazo alrededor de los hombros.
No necesitó tocar otra canción.
Emma dejó escapar el aire.
Luke se inclinó hacia ella.
—Creo que puedes soltarme la mano.
Ella bajó la vista.
Lo estaba apretando con fuerza.
—Perdona.
Él le besó los nudillos.
—No he dicho que quiera.
Más tarde, Peter y Claire llegaron con una bolsa de nueces y una discusión sobre dónde habían aparcado.
—No he bloqueado ninguna entrada —decía él.
—No he dicho que hayas bloqueado la entrada. He dicho que hay un banco de nieve detrás.
Al ver a Emma, ambos se detuvieron.
Ella recibió la bolsa.
—Hay sitio junto a la ventana.
Claire se quitó los guantes.
—Mi hermano quiere saber si siguen guardando los juegos de mesa.
Emma señaló el aparador.
Peter fue a mirar.
Claire esperó a que se alejara.
Durante un segundo, Emma pensó que iba a hablar de lo ocurrido.
En cambio, la mujer miró la estrella de Owen.
—Le ha quedado bonita.
Emma asintió.
Claire entró en el salón.
No necesitaban convertir aquella tarde en una explicación.
A las seis y media, June empezó a llevar platos vacíos a la cocina.
Emma la encontró frente al fregadero.
—Déjalos.
Su tía miró la pila.
—Son dos minutos.
—Eso no es verdad y lo sabes.
June levantó una ceja.
Emma señaló el salón.
—Tu hermana te está guardando una silla. Lleva veinte minutos esperando para contarte algo.
June dejó el plato.
Se secó las manos.
Antes de salir, le rozó el brazo a su sobrina.
—Está siendo una buena noche.
Emma miró hacia el comedor.
Harold y Beatrice estaban bailando en un espacio estrecho entre dos mesas. Nadie había organizado aquello. Teresa había empezado una melodía y ellos se levantaron.
Walter cortaba pastel para su hija y Nora.
Maddie escuchaba a Owen contarle otra vez la parte en la que casi se había equivocado.
Luke recogía vasos sin interrumpir la conversación con el huésped que había ayudado a despejar nieve.
Emma asintió.
—Sí.
June volvió al salón.
Ella se quedó un momento en la cocina.
Sobre la encimera había fuentes que no eran suyas, servilletas de Maddie y una bandeja que Rosa querría recuperar antes del día siguiente.
Todo tendría que devolverse.
Algunas cosas tendrían que lavarse dos veces.
La casa volvería a estar en silencio.
Emma lo sabía y, por primera vez, no sintió la necesidad de conservar la tarde intacta.
Podía dejar que terminara.
A las ocho empezaron las despedidas.
Teresa aceptó que Luke la ayudara con el abrigo y le pidió a Owen que practicara también durante las vacaciones.
Harold se llevó a dos personas en el coche y llamó antes de salir para confirmar dónde debía recoger a un vecino que había ido a visitar a su esposa.
Rosa repartió los restos de comida en recipientes.
Nora y Walter fueron los últimos en ponerse el abrigo.
La hija de él esperaba junto a la puerta.
—Nos vamos a casa —explicó Walter.
Luego miró a Nora.
—Pero mañana puedes venir a comer. Si no tienes otro plan.
Nora ajustó el cuello del abrigo.
Emma se quedó muy quieta.
—Puedo llevar algo —respondió ella.
Walter sonrió.
—No hace falta.
Nora abrió la boca.
Después la cerró y asintió.
Cuando se marcharon, June apareció desde el salón con los zapatos en la mano.
Emma la miró de arriba abajo.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. Pero estos zapatos han terminado su jornada.
Los dejó junto a la escalera.
Su hermana la llamó desde la cocina.
June fue hacia ella sin recoger otra bandeja.
Luke se acercó a Emma.
Tenía una mancha de chocolate en el puño.
—Queda un último deseo.
Ella miró el mostrador, buscando la carpeta.
—¿Cuál?
Él levantó una pequeña bolsa de papel.
—Que alguien cene conmigo antes de que se enfríen estas patatas.
Emma se rio.
—Eso no estaba en el registro.
—He llegado tarde.
Dentro había dos porciones de la comida que Rosa había apartado antes de servir. Luke las llevó al salón pequeño mientras Emma buscaba cubiertos.
Comieron sentados juntos, con las piernas estiradas bajo la mesa.
No hablaron durante los primeros minutos.
Estaban cansados.
Se oía a June reírse en la cocina.
Luke dejó el tenedor.
—¿Te acuerdas de cuando llegaste?
Emma lo miró.
—Te estabas llevando una puerta.
—Y tú pensaste que estaba robando la casa.
—No descarté la posibilidad.
Él sonrió.
Emma observó el salón. La ventana ya no se atascaba y el piano había regresado a su sitio al otro lado del vestíbulo. Sobre la mesa seguía una tarjeta donde alguien había anotado un teléfono.
No pensaba pasarlo a ningún registro aquella noche.
Luke se volvió hacia ella.
—Me alegro de que estés aquí.
Emma le tomó la mano.
—Yo también.
Después acercó su silla.
Lo besó sin prisa, con una mano sobre su mejilla y el ruido de los platos llegando desde la cocina.
Cuando se separaron, apoyó la frente contra la suya.
—Te quiero —dijo.
Luke permaneció inmóvil un segundo.
Luego le acarició la nuca.
—Te quiero, Emma.
Ella cerró los ojos.
No era una promesa de que todo saldría bien.
Era algo que ya no quería dejar sin decir.
Desde el pasillo llegó la voz de June.
—Si vais a seguir ahí, apagad las luces antes de subir.
Luke sonrió contra su boca.
Emma se rio.
Esta vez no se apartaron.