El enigma de los pétalos rojos Capítulo 12 #3
97%

Capítulo 12 #3

La verdad, quedé muy impresionada con el resultado; mis ojos lucen hermosos y llenos de vida, mi piel se siente tan suave, el maquillaje es perfecto, resalta lo mejor de mis rasgos.

Y qué decir del vestido; es negro y blanco, llega hasta el suelo y tiene bordada una rosa igual a la de mi tatuaje con hilo plateado.

El peinado que me hizo Jhon es divino; parezco de la realeza y las joyas que me regaló Eduardo son los accesorios perfectos para este hermoso traje.

Un leve toque en la puerta me hace saber que ya llegó; como siempre, es muy puntual.

—Wow, estás impresionante —su mirada esmeralda aprecia cada detalle—. Hoy quiero gritarle al mundo que vas a ser la señora Belmonte.

—¿De verdad te gusta? —pregunto emocionada.

—Tendría que ser ciego para no gustarme; eso sí, falta un pequeño detalle.

—¿Cuál?

Eduardo abre una hermosa caja forrada en terciopelo; en el interior hay un alucinante anillo con un exótico diamante rosado.

Solo había visto uno así en películas; da miedo solo tocarlo.

Él se da cuenta de mi sorpresa y sonríe con su característica picardía, se arrodilla y lo coloca con delicadeza.

Me tiembla la mano de la emoción y él me da un tierno beso.

Al llegar a la mansión todos nos admiran y adulan.

Eduardo también está increíble con su traje de gala; la verdad, somos la pareja más linda de la fiesta.

Me intimida un poco ver a tantos periodistas; desde que uso una falsa identidad evito tomarme fotos, aunque hoy nadie de mi pasado me reconocería.

El decorado de la mansión para la fiesta es exquisito; cuidaron cada detalle para que todos nos sintamos a gusto. La pomposidad y el glamour están a la orden del día. También noto que hay muchas personas importantes; Eduardo me las presenta a todas y dice con orgullo que soy su prometida.

—Hijo, al fin llegan; tu madre y yo los estábamos esperando para tomar la foto familiar —Caetano y Bárbara parecían el presidente y la primera dama. Ella, como siempre, estaba impecable; saludó a su hijo con dos besos y a mí me abrazó.

—Hoy vienen por ti —susurró en mi oído para que nadie más escuchara y me alejó un poco de Caetano y Eduardo.

—¿Tan pronto? —digo consternada; no esperaba que fuera esta noche. Ni siquiera pude despedirme bien de Eduardo.

—Era lo que querías. En media hora debes ir al lago; está alejado de la mansión, ahí no habrá nadie.

—¿Saben que me estoy entregando y que no es necesario que lastimen a nadie?

—Todo está arreglado, Bruna; solo sigue mis indicaciones. Te deseo mucha suerte.

Eduardo se acerca a nosotras y, al ver mi cara de preocupación, pregunta si está todo bien. Le digo que sí y le pido que bailemos; tengo media hora antes de no verlo nunca más. La magia termina hoy.

—¿Segura que estás bien? Parece que estuvieras en otro lado.

—Estoy aquí contigo, quiero disfrutar el momento —lo abrazo mientras nos movemos con la suave melodía. Él me besa sin importar las miradas y me posee con su boca; trato de aguantar las lágrimas, quiero que sea un momento feliz.

—Gracias por esta noche, por los regalos, por estar siempre para mí.

—Mereces lo mejor, preciosa, y yo te lo quiero dar —iba a decirle lo mucho que lo amo, pero apareció Caro y nos sorprendió con un exagerado abrazo.

—Los extrañé, tortolitos; no se vale que me hayan ocultado su amor.

Les pregunté a los dos; tú, muñeco, dijiste que Brunis era una bruja y tú, amiga, me dijiste que él era insoportable —los dos reímos a carcajadas.

Carolina y sus comentarios fuera de lugar siempre aparecían en el momento menos indicado.

—Caro, ya sabes que me gustan las brujas y a Bruna le encanta que sea insoportable.

—No me encanta, pero aprendí a soportarlo —ahora los tres reímos. Debo aprovechar que vino Caro para que Eduardo quede entretenido y marcharme; el lago está un poco apartado de la mansión—. Amor, invita a Caro a bailar así nos perdona; yo voy a salir a tomar un poco de aire.

—Sí, Edu, me debes más que un baile por amigo mentiroso.

—Está bien, Caro, vamos a romper la pista de baile.

Le doy un último beso a Eduardo y le digo que lo amo.

Me aparto de él deseando que no me odie cuando descubra que decidí dejarlo.

Por cada paso que doy revivo una y otra vez la explosión; veo el auto de mi padre volando en mil pedazos.

Otra vez está ese hueco en el estómago; siento que todo se mueve en cámara lenta, nada parece real.

Al atravesar la puerta de la mansión siento que alguien toma mi mano; no puedo creer lo que veo, es Tigre.

Está aquí. Sin pensarlo lo abrazo; estoy tan feliz y aliviada de que esté bien.

—¿Qué haces aquí? —digo entre sollozos—. Llevo días esperando noticias tuyas, pensando que te había pasado algo y apareces así, vestido de traje como un gran señor.

—Bruna, tienes razón en estar enojada, pero tenemos que irnos; no hay tiempo para explicaciones, estás en peligro —mierda, no sé qué hacer ahora. Los Lousada ya saben que estoy aquí y, si no me entrego, puedo poner a todos los presentes en peligro.

—Tigre, encontré el plan de mi padre; debes confiar en mí y marcharte.

—¿Hiciste alguna estupidez, verdad? —suspira enojado—. Es mi culpa por dejar sola a una imprudente como tú.

No lo escucho y comienzo a caminar; debo llegar al lago.

Le pido que no me siga, trato de engañarlo diciéndole que necesito pensar, pero Tigre insiste en seguirme y persiste en que nos debemos marchar.

No sé qué hacer, me siento en una encrucijada; estoy a pocos pasos del lago y no quiero llegar con Tigre.

—Escucha, Bruna, lo que encontré de tu madre es muy delicado; no es seguro que sigas aquí en Brasil. Debemos irnos y, si no me obedeces, te llevo a la fuerza.

—Dime qué sabes de mi madre y luego decido si me voy contigo.

—Ella es… —no pudo decir más; su blanca camisa se tornó roja. Alguien le disparó. Por primera vez vi el miedo en su mirada.

—Huye, pequeña, corre —balbuceaba. Quedé en shock; esto no puede estar pasando, él no, no voy a perder a nadie más.

—¡Ayuda, por favor, alguien que me ayude!

—grito desconsolada—. No te atrevas a morirte ahora, Tigre; perdóname, todo esto es mi culpa.

Estoy en el piso abrazándolo, tratando de parar la pérdida de sangre con mis manos.

Veo que Tigre saca su arma y le apunta a alguien que está parado detrás de mí, pero lo desarman de una patada.

—Ven conmigo o lo termino de matar —me levanto despacio, sin dejar de mirar cómo se le escapa la vida a Tigre.

Me doy la vuelta; estoy temblando. La penumbra de la noche me dificulta ver el rostro de nuestro agresor, hasta que lo toca la luz de la luna y reconozco inmediatamente la cicatriz; es el mismo hombre que estaba el día de la explosión.

Tengo tanta rabia de sentirme impune e indefensa ante este hijo de puta.

—Bruna, no vayas con él; deja que me mate, pero no vayas.

—Entra al auto —grita con su asquerosa voz.

—No lo lastimes más, por favor, me iré contigo —me acerco a Tigre para abrazarlo y le dejo mi celular sin que el tipo de la cicatriz se dé cuenta—. Pide ayuda —digo bajito en su oído. Ver que sigue perdiendo sangre me parte el corazón; esos ojos tan azules se están apagando por mi culpa.

—Tigre, por favor, perdóname —lloro sin dejar de abrazarlo, sintiendo el calor de su vida que se le escapa—. Perdóname, tienes que estar bien por mí.

—Escapa, pequeña, yo no importo, te tienes que ir —está temblando mientras habla y yo no puedo soltarlo.

—Te amo —es lo último que alcanza a escuchar de mis labios; su voluntad ya no está.

El tipo de la cicatriz me aparta de él con brusquedad y me amenaza con el arma para que suba a su auto. Cuando estoy a punto de subir escucho a la persona que menos esperaba.

—¡Bruna! —es Eduardo, está muy cerca de nosotros. No puedo permitir que él también salga herido; ladeo la cabeza y lo veo correr hacia nosotros. Las lágrimas recorren mis mejillas y me subo deprisa; lo único que me consuela es que va a encontrar a Tigre, eso me da esperanzas de que se pueda salvar.

En el auto hay dos hombres más; también están armados y son escalofriantes. Estaba a punto de preguntar adónde me llevaban, pero un pinchazo en el cuello me apagó totalmente; otra vez estoy en las sombras.