Epílogo
Meses después:
—Bruna, estás hermosa; no puedo creer que en unos minutos serás una Belmonte —la voz de Caetano se escucha orgullosa.
—Gracias, Caetano, por entregarme en el altar; sé que hubo momentos en los que desconfié de ti, espero me puedas perdonar.
—No digas tonterías, hija; mi deber es protegerte como se lo prometí a Carlos. Lo único que me va a hacer enojar es que no me den nietos rápido.
—No creo que sea posible; él aún no me perdona, este casamiento es una farsa.
—Ten paciencia, hoy comienza el juego; ten fe, estás preparada para este momento.
—¿Y si todo sale mal?
—Depende de ti; si quieres ganar, nada te va a detener. Recuerda que eres una Messina, tu falsa identidad no te define.
—Estos últimos meses han sido un infierno; si no fuera por ti y por Eduardo, yo estaría…
—No digas más, concéntrate en el presente y no dejes que te atormenten los fantasmas; te lo dice un viejo que guarda muchos en su maleta.
—Tienes razón, estaré lista en unos minutos.
Caetano sale de la habitación y me deja sola para terminar con los últimos detalles.
El espejo me dice lo mismo que Caetano: luzco hermosa, parezco un ángel con este vestido; en otras circunstancias estaría feliz por estar a punto de casarme con el hombre que amo.
Todo debería ser diferente, sin la oscuridad acechando.
El tono de llamada me saca de mi letargo; al ver que es un número desconocido sé de quién se trata. Estoy tentada a no contestar, pero no tengo opción; mi estómago se retuerce en cuanto atiendo.
—Tesoro, dime qué se siente estar a punto de convertirte en la viuda más poderosa de Brasil.
—Deja de torturarme, ya te dije que voy a hacer todo lo que me pidas.
—Repite lo que tienes que hacer —siempre hay odio en sus venenosas palabras. Sé que me ha dado una orden, pero la ignoro; mi rebeldía no me permite obedecer.
—Ya sabes lo que va a pasar con él si no obedeces —esta vez su tono es más crudo y elevado.
—¡Por favor, no le hagas daño! —suplico ante la amenaza.
—Repite, quiero escucharte.
—En el brindis —comienzo a hablar temblorosa y con rabia—, debo asesinar a los Belmonte, a todos los Belmonte.
—Muy bien, ahora deja de llorar y retócate el maquillaje; debes lucir como una diosa en el altar, te estaré observando.
—Como ordenes, mamá —aprieto el teléfono con fuerza, procuro respirar y sonreír; llegó la hora de destruir a la reina.