El enigma de los pétalos rojos Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Me gusta tu pequeño apartamento, aunque deberías tener algo mejor; después de todo, B sé que es su favorito y veo en su mirada que eso la satisface.

—Dime, Bruna, ¿por qué la prisa para reunirnos? ¿Decidiste entrar en razón y alejarte de mi hijo?

—Quiero que me delates con los Lousada; estoy segura de que sabes cómo hacerlo —hablo sin titubear y la miro directo a los ojos. Bárbara no es la traidora; si lo fuera ya me hubieran matado, pero está asustada por Eduardo y va a hacer lo que pido.

—¡Estás loca! Después de todo lo que se ha hecho para protegerte de esas bestias y tú te quieres entregar directo al matadero.

—Para los Lousada soy un tesoro, tú misma lo dijiste; ellos no me quieren matar, me quieren usar —hago una pausa, dándole tiempo a Bárbara de procesar todo lo que está escuchando—. Descubrí cuál era el plan de mi padre y yo lo puedo ejecutar mejor que nadie.

—Hace unos días exigías saber de tu madre y ahora te quieres entregar a los Lousada; estás siendo totalmente incoherente, niña.

—No me llames niña —suelto bruscamente—. Toda mi vida he estado en peligro por el pasado de mis padres; quiero romper ese círculo y sentirme libre. Dije que iba a hacer lo que fuera para lograrlo y no pienso retractarme.

—Si te ayudo, mi hijo y Caetano no me lo perdonarían nunca; los Lousada son muy peligrosos y Carlos tenía más enemigos.

Si quieres ser libre, sigue siendo Bruna y olvida a Alexa —enloquecería si supiera que esto fue idea de Caetano.

Me asustó cuando me contó su plan aquel día en la mansión, pero ahora que sé lo que descubrió mi padre veo que tenía razón; esta es la mejor forma de descubrir al traidor y destruir a los Lousada, siendo carnada.

—No puedo y no quiero. El día de la explosión perdí todo, pero, ¿sabes, Bárbara?

, a lo que más le temo es a olvidar; no quiero olvidar todo lo que pasó y dejar que quede impune —mi corazón late muy fuerte mientras recuerdo todo lo sucedido; siempre que hablo de la explosión siento que otra vez estoy viviendo todo.

—Sé que has sufrido mucho, tienes demasiados fantasmas para ser tan joven. Entregarte a esos lobos puede ser lo peor que te pase; no vas a saber luchar contra ellos, no estás preparada —sabía que convencer a Bárbara iba a ser difícil, así que me voy a jugar mi última carta.

—Si me ayudas, voy a desaparecer de la vida de Eduardo para siempre; él nunca sabrá que me ayudaste y, cuando todo termine, me mantendré lejos, donde no me encuentre —veo que el lenguaje corporal de Bárbara cambia, creo que la estoy convenciendo—.

Piénsalo, si continúo junto a él va a hacer todo para protegerme y eso lo pone en peligro; lo mejor para todos es que yo desaparezca.

—Si yo no te ayudo, vas a encontrar otra manera; eres tan terca como Carlos. Está bien, voy a hacer lo que me pides; te avisaré cuando esté todo arreglado.

No puedo negar que estoy llena de contradicciones; me alegra que Bárbara cediera y esté dispuesta a ayudarme.

Por otro lado, me invade la profunda tristeza de saber que no hay marcha atrás y voy a perder a Eduardo para siempre.

No quiero separarme de él, pero es injusto tenerlo atado a mi tormentosa vida; solo soy la mala desconocida que eligió aquel día en el club.

Quiero que sea feliz y espero que algún día me perdone.

—Gracias, Bárbara; te aseguro que no te vas a arrepentir.

—De verdad, Alexa, te deseo la mejor de las suertes. Y un consejo: cuida mucho tu corazoncito; después de todo eres una Lousada, ten cuidado de no terminar siendo como ellos.

—Eso nunca va a pasar, te lo aseguro —sus palabras me ofendieron; yo jamás sería como esos salvajes.

Me despedí de Bárbara y la acompañé hasta la puerta.

Respiro aliviada cuando se marcha y me siento en mi computadora a revisar de nuevo el pendrive de mi padre; no quiero que se me escape ningún detalle.

Voy a poner en práctica todo lo que he aprendido para acabar con esos desgraciados.

Un golpe en la puerta me despertó. Estoy algo mareada; creo que tomé vino de más. Enciendo mi celular y veo que han pasado tres horas desde que se fue Bárbara. No puedo creer que me quedé dormida sobre mi notebook. Otra vez golpean la puerta; parece que la van a tirar.

—¡Voy! —tengo la voz tan mal que parece que estoy muriendo—. Un minuto.

—Bruna, soy yo, abre —mierda, es Eduardo; olvidé que me había invitado a cenar y encima estoy hecha un asco.

En cuestión de segundos corro al baño y me lavo la cara, me peino como puedo; es de esos días en que mis rizos están rebeldes. Me saco toda la ropa y me pongo la bata de baño; ahora tengo que inventarme una excusa.

—Hola, amor; perdón que demoré en abrir, es que estaba durmiendo —al menos no mentí.

—Te fuiste de la oficina sin avisar y después no contestabas mis llamadas; pensé que te había pasado algo —siento vergüenza; el pobre realmente se preocupó y yo me olvidé totalmente de avisarle.

—Perdón, con todo esto del pendrive quise venir a casa a revisarlo de nuevo y me dormí.

—Si me vuelves a llamar “amor”, te perdono todo.

—Señor Belmonte, es usted muy fácil de complacer.

—No soy fácil, tú eres difícil, así que tengo que aprovechar cuando bajas la guardia —su comentario me hizo gracia. Me acerqué y lo besé despacio, sin barreras y totalmente entregada a él.

—Tienes que desaparecer más seguido; así después gozo estos recibimientos —lo abracé y comenzamos a reír como un par de tontos. Me encanta sentir su perfume; a veces pienso que es erótico.

—Eres un exagerado; nos acostamos la primera noche, así que no te fui tan difícil.

—Esa noche, cuando llegaste al club con tu amiga, te vi y supe que eras justo lo que buscaba; me sentí atraído, locamente atraído por ti. Estaba seguro de que me ibas a invitar a tu juego, pero pasaste por mi lado y me ignoraste totalmente.

—Estoy segura de que no te vi hasta que me hablaste; eres imposible de ignorar.

—Eso pensaba yo, pero tú me ignoraste y eso hizo que me gustaras aún más; eras todo un desafío —Eduardo desata el nudo de mi bata mientras me habla y comienza a acariciarme—.

Te seguí hasta la barra y observé; se notaba que era tu primera vez en un club swinger.

No quise incomodarte, preferí esperar hasta que te sintieras más cómoda, pero apareció…

—El baboso —lo interrumpo—. Sí recuerdo muy bien cómo me salvaste de esa situación.

—Sí, el baboso aceleró las cosas. Tenerte cerca hizo que tuviera más apetito de ti; esa belleza salvaje mezclada con tu actitud tan inocente y esquiva… Juro que solo quería poseerte.

—Yo quería que lo hicieras, lo quería esa noche y lo quiero ahora.

—Pídemelo, hazlo como me gusta —es tan sexy dando órdenes que es imposible negarse. La forma en la que me mira me toca, me hace sentir su mujer, es increíble.

—Quiero que me haga suya, señor Belmonte; haz que grite tu nombre.

No hizo falta decir más. Eduardo me llevó a la ducha; ni siquiera se había terminado de quitar el traje y ya estábamos empapados.

Me cargó y enredé mis piernas en su cintura; el agua caliente recorría nuestros cuerpos.

Tenía la piel tan sensible que sentía cada gota; estaba anonadada con el desenfreno de Eduardo.

Su posesión era tan firme y pasional, no podía pensar en otra cosa que no fuera el placer de recibirlo; sus ojos ardían, disfrutaba el poder de tenerme en sus brazos, totalmente entregada a él, pidiendo… suplicando más….

—Eres mía, preciosa, solo mía —todo su cuerpo me lo decía; no sé cómo voy a vivir con la culpa de abandonarlo.

—Te amo, no lo olvides nunca —no pensé antes de hablar; las palabras se fugaron de mis labios.

—Yo también te amo.

Pasamos toda la noche haciendo el amor; se siente bien pasar tiempo juntos sin que importe nada más. A la mañana siguiente Eduardo ya se había marchado; en su lugar había una enorme caja con una nota.

“Quiero que seas la reina esta noche, paso por ti a las 8 hs.”

Al abrir la caja encontré el vestido más hermoso que haya visto; no puedo evitar sentirme emocionada.

La verdad no tenía interés por la fiesta, pero con este traje quiero que todos me vean.

Al salir de la habitación encuentro una caja de zapatos; son Louis Vuitton, y hacen juego perfecto con el vestido. Veo que hay otra nota en esta caja.

“Tienes cita en el salón, un chofer de la empresa pasará por ti. Diviértete, preciosa; después te arranco el vestido”.

Está loco si piensa que voy a dejar que rompa ese hermoso vestido.

Estoy súper contenta, voy a tener un día de princesa solo para mí. Cuando veo la hora, corro a arreglarme; en un rato van a pasar a buscarme.

Media hora después ya estoy en el auto que Eduardo envió rumbo al salón; como siempre, estoy pendiente del teléfono por si llama Tigre. Los estilistas que me reciben son algo extravagantes, pero muy graciosos.

—Necesito inmediatamente el equipo de maquillaje —grita Jhon, el dueño del salón; es un moreno delgado, todo vestido de rosa, tiene un estilazo envidiable—. Corran, perras, tenemos que transformar esta materia prima en algo alucinante.

—¿Me acabas de llamar fea? —digo riéndome al ver su expresión de traumatizada.

—No, cariño, no eres fea, pero estás arruinada; tienes una piel perfecta, maldita zorra, unos labios tremendos y no los aprovechas.

—Te juro que yo me cuido.

—No lo suficiente; tranquila, que le prometí a tu machote que te iba a dejar di-vi-na —el salón era amplio y lujoso; en menos de un minuto tenía un equipo completo sobre mí. Obedecí a Jhon, cerré los ojos y me dejé llevar…