Capítulo 12
Estoy en mi oficina, caminando de un lado a otro; en una mano sostengo con fuerza el pendrive de mi padre y en la otra tengo mi teléfono.
Hace días que no me separo de él, esperando noticias de Tigre.
Tengo miedo de que le haya pasado algo malo y la incertidumbre de no tener noticias suyas me está matando.
Sé que Tigre está preparado para enfrentar peligros y situaciones extremas; eso me da un poco de consuelo.
Aun así, no puedo evitar pensar que algo horrible le pudo haber pasado; tengo que confiar y esperar, como le prometí que haría.
Por otro lado, está la información que tiene este pendrive; sea lo que sea, estoy segura de que me va a ayudar a saber cómo derrotar a mis enemigos.
Mi padre era un hombre muy inteligente y un gran estratega; cuando jugábamos al ajedrez siempre me decía que debía parecer inocente y débil ante mi adversario; así nunca esperarían el jaque mate.
Estoy segura de que él tenía planeado algo muy grande.
Las respuestas están en la palma de mi mano y no logro descifrar la maldita contraseña.
—Vas a romper la alfombra de tantas vueltas que das —la voz grave de Eduardo me sacó de mi ensoñación.
—¿Hace cuánto tiempo me espías? —respondo con altanería.
—El suficiente para saber que estás preocupada por algo —entra a la oficina con seguridad y me da un beso tan apasionado que deshiela todo mi cuerpo—. Llevas días inquieta y no paras de mirar tu celular; he tenido paciencia esperando a que me cuentes lo que pasa, pero como siempre me dejas fuera.
—Eduardo, no quiero discutir ahora —otra vez me tenso; me cuesta trabajo confiar en los demás. No estoy segura de contarle lo que pasa, aunque él me ha demostrado que es mi mayor aliado.
—Yo tampoco quiero discutir, preciosa; solo quiero que sepas que estoy aquí para ti y seguiré esperando a que quieras hablar —dio media vuelta para irse. Instintivamente lo abracé para que no se marchara; lo necesitaba ahí conmigo, él siempre me hace sentir segura.
—Estoy preocupada por Tigre —confieso con voz temblorosa por los nervios—; creo que le pasó algo malo por mi culpa.
—¿Qué pasó con tu amigo?
Le cuento a Eduardo todo lo que sucede; le hablo del pendrive, de cómo lo obtuve, omitiendo que esos tipos casi me violan y me matan.
No es algo que me guste recordar. Le explico que debe tener información muy importante y que no logro descifrar la contraseña, y también le cuento de mi última conversación con Tigre y que le pedí que buscara a mi madre e investigara quién era el hombre de la cicatriz en el rostro que estaba el día de la explosión.
—Escucha, si Tigre no te ha dado noticias es porque no es seguro o aún no tiene la información que le pediste. Si confías en él, tienes que esperar como te pidió.
—Sí, pero me mata no saber nada de él; no me perdonaría que le pase algo por mi culpa.
—No es tu culpa, él toma sus propias decisiones y, por lo que me has contado, sabe cuidarse muy bien.
—Tienes razón, voy a seguir esperando. En cuanto al pendrive, no se me ocurre qué hacer para descifrar la contraseña.
—“Recuerda que la verdad te va a alcanzar y, cuando llegue el momento, debes pensar como el Alquimista”; esas fueron las palabras en la primera carta que te dejó Carlos y tú estás segura de que tiene que ver con la contraseña.
—Sí, creo que es una especie de acertijo; le he dado mil vueltas, pero no entiendo qué significa.
—Piensa como Carlos; a pesar de todos los secretos, tú lo conocías mejor que nadie —los recuerdos vienen a mí como ráfagas; escucho la voz de mi padre.
Sin darme cuenta, otra vez camino en círculos por la oficina; es una manía que tengo desde niña y me ayuda a pensar.
Debo pensar como mi padre, debo pensar como él. ¡¿Pensar como él?!
—¡Ya lo tengo! —grito como niña emocionada—. Mi padre es el Alquimista.
—No te entiendo, Bruna; ¿a qué te refieres?
—Cuando yo era niña, él me enseñó a jugar al ajedrez, pero como siempre me mandaba a estudiar fuera de Italia, pasábamos mucho tiempo separados y muchas partidas las jugamos por internet.
—Sigo perdido, preciosa; ¿eso qué tiene que ver?
—Su nombre de usuario era Alquimista; debo pensar como él, como el Alquimista —en mis palabras hay pura emoción. No puedo creer que había olvidado un detalle tan importante. Eduardo tiene razón; a pesar de todo, yo conocía al gran Carlos Messina mejor que nadie.
—Entonces, pensar como el Alquimista tiene que ver con sus partidas de ajedrez.
—Sí, en nuestra última partida me ganó con el caballo; recuerdo que me enojé muchísimo porque no me lo esperaba; su caballo se comió a mi reina y me dejó en jaque, era tan prepotente como tú —eso hizo reír a Eduardo—.
Así que le puso nombre a su gran estrategia: “El inocente”.
Me dijo que su caballo fue inocente hasta que tuvo la oportunidad de atacar.
—Esa es una gran lección, sí que era especial.
—Mucho; estoy segura de que esa es la contraseña, el nombre de su gran jugada final.
—Vamos a comprobarlo —conectamos el pendrive a mi computadora.
Estoy insegura antes de escribir la contraseña; si me equivoco de nuevo, puede bloquearse o borrarse todos los archivos que tenga.
Eduardo me anima a hacerlo; tomo una respiración profunda, escribo letra por letra con cierto temblor por los nervios.
—Vamos, Bruna, puedes hacerlo.
Me lleno de confianza y exhalo aliviada cuando veo que funciona. Estoy tan emocionada y feliz de por fin lograrlo. Llevo tanto tiempo esperando saber qué guardaba mi padre aquí que la ansiedad no me deja ni reaccionar.
—¿Quieres revisar los archivos sola? —la pregunta de Eduardo me sorprende; parece que está aprendiendo a darme mi espacio, eso me agrada.
—No, quiero que te quedes; eres mi roca y te necesito aquí —mi sinceridad le gusta, lo veo en sus ojos.
—Muy bien, preciosa, hagamos esto juntos.
Pasamos más de una hora revisando cada archivo que había en el pendrive.
En él hay documentos incriminatorios que vinculan a personas de alto nivel de la élite de Roma con la Camorra y con otras mafias de Italia.
También hay mucha información sobre los Lousada: cómo hacen sus operaciones, sus enemigos y aliados, los puntos débiles, los jefes.
Pero lo más importante es que está cada detalle del plan que tenía mi padre para acabar con todos ellos.
Ahora sé que nunca los quiso entregar a la justicia; hacerle creer eso a todos, incluso a mí, fue parte de su plan.
Mi padre los iba a destruir desde adentro; estaba haciendo su jugada de “El inocente”.
No iban a saber en qué momento habían caído todos como fichas de dominó, solo que lo mataron antes de poder ejecutarlo.
Quien lo mató quiso evitar una guerra, pero tuvo que ser alguien cercano, alguien que conociera las acciones de mi padre y a quien, por alguna razón, no le convenía que se llevaran a cabo.
Ahora que conozco el plan, estoy segura de que quien lo mató no solo lo hizo por dinero y por poder; también hay un motivo muy personal.
Los tipos que estuvieron a punto de violarme y estaban esa noche en el despacho eran de la Camorra; sabían dónde buscar, así que alguien les advirtió qué tenían que hacer, pero lo supieron después de que asesinaron a mi padre y a Renato.
Los de la Camorra lo hubieran interrogado y sacado toda la información que querían por la fuerza, y después lo hubieran matado; lo que no tiene sentido es que lo mataran primero y después fueran por un pendrive del cual no sabían ni la contraseña.
Hay otro jugador en todo esto, un jugador desconocido que hace trampa y nos está usando a todos como simples peones.
Caetano no estaba mintiendo cuando dijo que hay un traidor en la organización y, después de todo lo que hablamos, estoy segura de que no es él.
—Bruna, ¿qué piensas hacer con todo esto? —sé que Eduardo está preocupado; lo que acaba de ver es abrumador para cualquiera.
—Por ahora, nada; quiero esperar noticias de Tigre.
—Prométeme que no vas a tomar ninguna decisión sin contarme y que no vas a hacer ninguna locura —juro que odio mentir; lástima que en este caso no tengo opción.
—Te lo prometo, no pienso hacer nada imprudente —en cuanto Eduardo sale de mi oficina le escribo a la única persona que me va a ayudar a cumplir con mis planes.
“Necesito que hablemos, te espero hoy a las 4 hrs. en mi apartamento”.
Le doy enviar y a los segundos recibo la respuesta: “Allí estaré”.
Con el plan de mi padre tengo un mapa que me va a liberar de todas las amenazas.
Miro al cielo y le envío un beso al hombre más increíble del mundo; llegó la hora de continuar con el juego del inocente, pero primero debo encontrar al traidor.
El resto del día pasa deprisa; tengo tantas cosas que hacer y además tengo encima el proyecto con los alemanes; el lanzamiento de ese nuevo producto tiene que ser perfecto.
En la empresa todos están de buen humor y no dejan de hablar del famoso baile navideño que se va a celebrar este año en la mansión de los Belmonte.
A mí no me apetece mucho ese tipo de fiestas, pero debo ir porque soy la prometida de Eduardo y su futura esposa; ya todos saben que estamos juntos.
Caetano se encargó de contarle a todo el mundo, al día siguiente de saber que estábamos juntos, y empezó a decir muy contento que su hijo por fin había encontrado a una mujer que lo ponía en su lugar. En eso no puedo negar que tiene razón.
Entre reuniones y papeleo al fin llega la hora de irme. Salgo corriendo para mi apartamento; a mi cita de las 4 no le gusta que le hagan perder el tiempo. Al llegar, sirvo dos copas de vino; un par de minutos después llaman a la puerta.
—Gracias por venir, Bárbara; te estaba esperando —como siempre, Bárbara está impecable, con ropa de diseñador y peinado de peluquería; parece la reina del hielo.