El enigma de los pétalos rojos Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Estoy decidida a recuperar mi nombre y a encontrar a mi madre; nada de lo que digas cambiará eso.

—Nunca más serás la Alexa del pasado; ahora estás llena de cicatrices y ya conoces el sabor de la sangre.

Guardo silencio, recordando cómo le arrebaté la vida a ese hombre; nunca pienso en eso. Me retuerce sentirme como una asesina.

—Tigre me contó todo de esa noche; estoy seguro de que sentiste miedo y también el poder que te da un arma. Ya mataste una vez y tendrás que hacerlo de nuevo.

—No, si puedo evitarlo; no soy una criminal como ustedes.

—Eres una sobreviviente y, en tu situación, harás lo que sea necesario para que no te arrebaten nada más. Me gusta que Eduardo y tú estén juntos; tu padre y yo queríamos que eso pasara. La historia se repite, pero para que esta vez tenga un buen final debes seguir mis reglas.

—¿Qué sabes de mi madre?

—Tu madre desapareció; debes creerme cuando te digo que no sé nada de ella.

La única realidad, Bruna, es que en nuestra organización hay un traidor; por eso murió tu padre y los hombres importantes que te mostró Tigre el día de la explosión.

Todos ellos estaban trabajando con Carlos en un plan importante que acabaría con los clanes más fuertes de la mafia de Italia.

—Entonces, todos estamos en peligro.

—Tengo un plan, pero es arriesgado, sobre todo para ti.

—Aceptaré todas tus condiciones; no importan las consecuencias.

Salí del estudio de Caetano sintiendo odio y pena por mí; no tengo una salida en la que pueda cobrar venganza y recuperar mi vida sin traicionar a Eduardo. Espero que logre perdonarme algún día por lo que estoy a punto de hacer.

Esta noche me quedo a dormir en casa de Eduardo.

Él me dio mi espacio y me entretiene hablando de otras cosas triviales; sabe que necesito descansar y procesar todo lo vivido.

A mi manera, le doy las gracias con un tierno beso; no soy muy buena hablando de sentimientos.

A pesar de sentirme protegida en sus brazos, no logro descansar; hay mil cosas dando vueltas en mi cabeza, y otra vez ahí está el miedo, ese fiel compañero que no me abandona.

—¿Estás bien? Puedo sentir que sigues despierta.

—Creo que mi madre está muerta.

—No lo creo. Hay algo que quiero mostrarte —veo cómo se levanta de la cama, algo soñoliento. Un rato después regresa con unos documentos y me los entrega.

—¿Qué es esto?

—Es una copia de los documentos que le entregué a tu padre; mira las transacciones. Todos los meses se deposita una gran suma de dinero para el pago del alquiler de un depósito de la empresa en Cancún. Lo comprobé y ese depósito no existe; hace más de veinte años que se están haciendo estos pagos.

—Coincide con el tiempo que lleva desaparecida mi madre —digo con esperanza.

—Exacto; hasta ahora pensé que tu padre se había alterado porque estaban desviando dinero de la empresa, pero con todo lo que descubrimos hoy tengo el presentimiento de que tiene que ver con tu madre.

—Gracias —digo emocionada—. No sabes lo que significa tener esperanza.

—Lo sé; deja que te ayude. No tengas miedo de ponerme en peligro; si pasara algo, no va a ser tu culpa. Es mi decisión estar involucrado.

—Pero mereces algo mejor.

—Los dos lo merecemos. Además, mi padre también está implicado en todo esto; ayudó a Aurora a escapar tanto como Carlos. Debemos estar todos juntos para enfrentar a tu familia.

—Ellos no son mi familia, son un cáncer; me quieren usar para ascender como si yo fuera una cosa cualquiera.

—No pienso permitir que nadie te lleve.

—¿Les vas a disparar a todos los Lousada? —pregunto, y nos reímos con mi comentario.

—Es una opción, pero la primera es que nos casemos.

—¿Qué? —No puedo creer lo que acabo de escuchar; si apenas nos estamos conociendo, este hombre está loco.

—Piénsalo, si nos casamos vas a ser una Belmonte; tendrás derecho al patrimonio familiar y el mundo te va a conocer como mi nueva esposa. Nadie va a sospechar que eres Alexa; eso nos va a dar tiempo a idear un plan para que puedas recuperar tu identidad sin que sea peligroso.

—No lo sé, Eduardo; nunca me quise casar. Me parece una locura que nos casemos tan pronto; es todo muy rápido.

—Desde que nos conocimos en el club te he sentido como mi mujer; un papel para mí no cambia nada. Lo único que me importa es protegerte y esta es la forma en la que puedo hacerlo.

—Déjame pensarlo.

Se hace un silencio tenso; las luces de las lámparas son tenues y apenas tocan el rostro del hombre que no para de declararme su amor. Él tiene razón: siempre quiero huir y, a veces, no sé por qué.

—Yo también me sentí tu mujer esa noche —digo, rompiendo el silencio.

—Y entonces, ¿por qué escapas de mí?

—No lo sé y no voy a seguir haciéndolo —mis palabras lo hacen sonreír—. Acepto ser tu insoportable esposa.

Eduardo se abalanzó sobre mí y me besó de una manera tan pasional que me hizo olvidarlo todo; esa noche hicimos el amor, nos exploramos de una forma diferente, sensual, atrevida y tranquila. En el fondo ambos sabíamos que estábamos en una ilusión de cristal que empezaba a romperse…