El enigma de los pétalos rojos Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Tu madre tiene razón, no te conviene estar implicado conmigo; solo te voy a traer problemas.

—El único problema es que insistes en alejarme.

—Lástima que no tenga éxito; eres tan terco que siempre regresas.

—¡Eres insoportable!

—¡Y tú, un creído! —Veo cómo el rostro de Eduardo se tensa; ahora sí que está bien molesto.

—Sube al coche ahora mismo. Vamos a ir juntos a ver a mi padre y después vamos a hablar.

—Deja de darme órdenes.

—¡Bruna!

—Está bien, voy a subir —digo resignada y tiro la puerta del auto; pobre del Mercedes, que no tiene la culpa.

—Madre, por favor, sube; esto lo vamos a aclarar todos juntos.

Bárbara nos había seguido y se mantuvo en un segundo plano, dándonos espacio.

—Estás cometiendo un grave error, Eduardo.

—Ahora no es el momento, mamá; sube, por favor.

Durante el viaje me mantengo en silencio; mantengo la mirada en el cielo. El sol sigue oculto tras las nubes, al igual que mis pensamientos.

En la mansión todo estaba muy tranquilo; sentía que estaba sumergiéndome en aguas mansas.

Una empleada nos hizo saber que el señor Belmonte estaba en su estudio; mientras nos acercábamos, iba aumentando el sonido de música clásica que escapaba de las paredes del estudio.

Caetano estaba limpiando unos cuchillos de plata con total diligencia y concentración; los nudillos de sus manos estaban enrojecidos y sus verdes ojos eran dos cubos de hielo.

—Por sus caras puedo notar que mi adorada esposa dijo más de lo que debía.

—No es momento de que seas cínico, Caetano; nuestro hijo y Bruna tienen un romance. Estuve de acuerdo en callar siempre y cuando su presencia no nos pusiera en peligro.

—Tú y Eduardo se pueden marchar; con la única que voy a hablar es con Bruna.

—Mi nombre no es Bruna, es Alexa Messina.

Se hizo un silencio sepulcral; la mención de mi nombre es como un mal presagio. La torre de mentiras se cae a pedazos y yo estoy ahí, en medio de los escombros; quiero volver a estar viva, quiero existir y recuperar todo lo que me pertenece.

Eduardo se mantiene a mi lado, desafiando con su postura firme la orden de su padre; sostienen la mirada, imponiendo cada uno su poder. Hasta este momento nunca había notado tanto el parecido que tienen: altos, fuertes e intimidantes.

—Me iré si ella me lo pide.

—¿Ahora vas de caballero con armadura? Ten cuidado, hijo, los héroes terminan muertos.

—Los tramposos mueren primero, te lo aseguro.

—Hijo, no le hables así a tu padre.

—Eduardo, ve con tu madre; te aseguro que estaré bien.

—Te esperaré afuera; no dejes que te manipule.

—No lo haré.

La música clásica sigue liberando melodías que amansan el alma; sin embargo, la tormenta de sentimientos cada vez es más fuerte. No siento miedo de Caetano, pero sí del poder de sus palabras.

—¿Por qué mentiste cuando llegué a Brasil? ¿Acaso tienes algo que ver con la muerte de mi padre o con la desaparición de mi madre?

—Cuando Carlos y yo trabajábamos para la mafia nos creíamos invencibles; éramos un par de jóvenes ambiciosos. Él tenía sus sueños de dejar esa vida y convertirse en un hombre importante; yo quería hacer mucho dinero para casarme con mi principessa.

—No entiendo adónde quieres llegar.

—Ella era un ángel; amaba su cabello rubio rebelde y esos ojos celestes que imitaban el cielo. Cuando quedó embarazada, enfrenté la furia de su testarudo y celoso hermano.

—¿Te refieres a mi…?

—Sí, hablo de Carlos. Tu tía Bruna Messina era mi gran amor; al principio todo era un juego de conquista, pero después no podía vivir sin ella, así que asumí mi responsabilidad y me casé en cuanto supe que estaba embarazada.

—El bebé recién nacido de mi tía, al que asesinaron los Lousada, era tu hijo —las palabras brotan de mi boca antes de que pueda procesar el peso que tienen para Caetano. Veo cómo todo se oscurece a su alrededor; la furia se apodera de él como si estuviera atrapado en un bucle de horror.

—Ellos la ultrajaron, convirtieron un ser precioso en tierra y sangre; la torturaron. No pude reconocer su rostro cuando la encontré y dejaron el cuerpo de mi pequeño Gabriel sobre ella…

El filo del cuchillo que sostiene en su mano derecha comienza a cortar su piel; veo cómo la sangre mancha la tela de su camisa blanca. Caetano está tan absorto en su dolor que no lo percibe; con cuidado estiro la mano y se lo quito.

—Caetano, por favor, suéltalo, te estás lastimando —por suerte reacciona ante mi voz y suelta el cuchillo.

—Lamento mucho todo lo que me cuentas; siento que la muerte de mi familia pesa sobre mi espalda y mi destino va a ser el mismo.

—Te cuento todo esto para que entiendas que los Belmonte y los Messina estamos unidos por la sangre y por el dolor. Jamás traicionaría a Carlos; si no te conté toda la verdad cuando llegaste es porque no estabas lista para escucharla.

—Quiero confiar en ti, pero es difícil; mi padre me mantuvo engañada y tú haces lo mismo. Seguro Eduardo no sabe que tuvo un hermano.

—Mi familia no sabe nada de esto y quiero que siga así; mantenerlo en secreto contiene mis demonios.

—Lo único que has conseguido es alejar a Eduardo; se nota que no tienen una buena relación.

—No me importa si me odia; mi deber es mantenerlo vivo y lo he conseguido. Puede que no entiendas las decisiones que Carlos y yo tomamos, pero todo lo que hicimos fue para protegerlos.