El enigma de los pétalos rojos Capítulo 11
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Capítulo 11

Desde que salimos de la empresa no he parado de observar a Bárbara, su manera de caminar, tan segura de sí misma, la forma perfecta en la que mueve su mano derecha al saludar y su sonrisa encantadora, que a la vez la hace lucir inalcanzable, empoderada y única.

Esa imagen de diosa que proyecta se va desvaneciendo cuando te acercas a sus ojos, algo grises, algo muertos.

La verdad me va a alcanzar; presiento que ha llegado el momento de romper totalmente la burbuja en la que crecí. Al llegar al apartamento de Eduardo me siento junto a él; su madre se acomoda en un sillón frente a nosotros. Al principio se hace un incómodo silencio…

—Bruna, si te cuento esto es para que te alejes de mi hijo —dice Bárbara, sentada de tal manera que parece una estatua.

—Para ya con eso. Le vas a contar la verdad porque merece saberlo; nuestra relación no es asunto tuyo.

—Hijo, eres igual que todos los hombres; son capaces de perderlo todo por bajas pasiones. No me importa si me odias, pero haría cualquier cosa para impedir que te hagan daño.

—Habla de una vez, Bárbara —interrumpo, exasperada—. Solo quiero sinceridad; es lo único que te pido.

Bárbara se levanta y sirve una copa de vino para todos.

Me niego cuando hace ademán de entregármela, pero insiste; con su mirada me dice que la necesitaré.

Termino por aceptarla y doy apenas un trago; me quema de tal manera que provoca una tos seca.

Como si fuera una escena en cámara lenta, veo cómo Bárbara se sienta y regresa nuevamente a su pose perfecta.

—Muy bien —comienza a hablar sin soltar la copa—. Cuando tu padre y Caetano salvaron a esas mujeres que estaban siendo traficadas, pensaron que tu madre era una de ellas, pero se equivocaron. Ella no era parte de la mercancía; era el tesoro.

—No entiendo… Hay un calor insoportable en este lugar.

—¿Alguna vez escuchaste hablar del clan Lousada en Portugal?

—Sí, es una pequeña familia mafiosa que tiene controlada la prostitución y las drogas en Lisboa, pero no tienen mucho poder comparado con otras mafias de Europa.

—Carlos te educó muy bien —dice con tono cínico—. Tienes razón en que los Lousada no tienen tanto poder, pero lo tendrían de no ser por Aurora.

Mi estómago se retuerce y siento que el calor empeora.

—Mamá, deja ya los rodeos.

—Aurora no era hija de ningún pobre diablo, como te contó Caetano; su padre es Gregorio Lousada, el jefe del clan, y tu madre era lo que ellos llaman el tesoro.

—¡Estás mintiendo! Te estás inventando todo para que me aleje de Eduardo —grito, furiosa—. Yo no soy la nieta de un maldito psicópata.

—Bruna, tú querías la verdad; no es mi culpa que sea tan desagradable. Si no te calmas, no te cuento nada más.

Eduardo me da un pequeño apretón en las manos y me pide serenidad con la mirada; sabe que estoy furiosa y asustada. Debo aguantar y escuchar todo.

—Perdón, Bárbara, puedes continuar.

—¿Segura?

—Sí.

—Aurora fue enviada a Italia para casarse con el jefe de la Camorra; era una muchacha joven y bonita, la única hija de la familia Lousada. Por eso, para ellos, era su tesoro; con esa unión iban a ganar poder y respeto.

Mi padre arruinó su vida y perdió a toda su familia por salvar a la persona equivocada; conocer a Aurora fue la desgracia de los Messina.

—Seguro Gregorio Lousada la buscó por todos lados.

—Sí, más bien la estaban cazando. A tu padre y a Caetano no los buscaban por el dinero que se habían llevado; los buscaban por ella.

Gregorio enloqueció; le habían quitado su tesoro.

Lo primero que hizo fue hacer pagar a las familias de Carlos y Caetano; ellos debían sufrir tanto como lo hacía él.

Caetano solo tenía a su madre enferma, pero Carlos perdió a sus padres, a su sobrino recién nacido y a su hermana Bruna.

—Ahora entiendo por qué eligió ese nombre para mi falsa identidad —digo, conteniendo las lágrimas y recordando lo que me dijo mi padre la noche antes de morir.

—Sí, él amaba a su hermana y se torturaba por todo lo que le hicieron esos hombres.

Los Lousada entraron en guerra con la Camorra; habían asesinado italianos sin autorización y no habían cumplido con el matrimonio.

Hubo mucha muerte por eso, por Aurora. Gregorio estaba seguro de que era una maldición por haber perdido a su tesoro.

Tomo otro sorbo de vino; no soy la primera en mi familia en sufrir las consecuencias de esa noche, no soy la primera en desaparecer.

—Un par de años más tarde, Caetano fue a casa de tus padres a llevar unos papeles de la empresa y la escuchó hablando por teléfono. Al parecer, Aurora había encontrado la manera de comunicarse con su madre.

—Esta historia es una locura. ¿Cómo les pudo mentir durante tanto tiempo y no confesar que era una Lousada?

—Tu madre siempre supo aprovechar las cosas a su favor; cuando Caetano la descubrió, ella le confesó toda la verdad y le suplicó que no le contara nada a Carlos.

—¿Así fue como comenzó su romance? —intervino Eduardo con indignación.

—Ellos nunca fueron amantes. Caetano tenía sus propios motivos para querer destruir a los Lousada, los cuales desconozco; jamás traicionaría a Carlos, primero estaba su hermandad.

Aurora se aprovechó de los sentimientos de Caetano y lo convenció para que la ayudara.

Fue idea de Caetano crear la organización antimafia; necesitaban hacer alianzas poderosas para acabar con la familia de Aurora y con la Camorra.

—Estoy segura de que mi padre aceptó enseguida formar parte de la organización, aunque no supiera la verdad sobre mi madre.

Ella hizo un gesto de afirmación y, por primera vez, bajó la mirada.

—Sigo sin entender por qué se fueron para Italia. ¿Tuviste algo que ver con eso? —Bárbara se mueve incómoda en el asiento cuando le hago la pregunta; tal parece que no quiere admitir su culpa en todo esto.

—Cuando Aurora quedó embarazada, se desesperó por acelerar los planes para destruir a su familia y salvar a su madre; le envió una carta a Caetano que yo descubrí.

Así fue como me enteré de lo que en verdad pasaba.

Tienen que entender que para mí todo eso era un horror.

Eduardo, tú eras un bebé, apenas tenías cinco años; si algo salía mal, podíamos acabar todos muertos.

—Solo termina de contar lo que pasó —dice Eduardo con una voz más condescendiente.

—Yo amenacé a tu padre; le dije que si no sacaba a Aurora de nuestras vidas, le contaría a Carlos toda la verdad y hasta le iba a decir que ellos eran amantes. Estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de alejar el peligro.

Quisiera no juzgar a una madre que quería proteger a su hijo…

¿Pero qué hay de mí? Su manipulación me puso en peligro; ella y Caetano alteraron mi futuro. Si no fuera por ellos, mi vida hubiese sido normal aquí en Brasil, todo sería diferente y mi papá estaría vivo.

—Bruna, cuando tú tenías tres años, la enfermedad de la madre de Aurora había avanzado; la mujer ya estaba perdiendo la cabeza y, en sus delirios, le habló a su esposo de su pequeña nieta, un nuevo tesoro. Alguien advirtió a Aurora de lo sucedido.

—¿Por eso desapareció, se fue para protegernos de los Lousada?

—Tu padre la obligó a irse; no soportó la mentira. Ella pasó a ser una amenaza para tu seguridad. Carlos ya había perdido mucho; se peleó con mi marido por haberle ocultado algo tan grave de su mujer y le hizo jurar que, si le pasaba algo, nosotros te protegeríamos.

Bárbara, con un gesto materno, levanta mi mentón para que la mire y me da un beso en la frente. Cierro los ojos, liberando la cascada que empañaba mis pupilas.

—Hija, sé que es doloroso, pero es la verdad; tus padres, cada uno a su manera, se sacrificaron para protegerte. Todo lo que hacía Carlos era para mantenerte oculta de los Lousada.

Miro por la ventana cómo comienza a oscurecer; es un día nublado y frío, la primera vez que noto a Río gris.

—Bruna, tú eres el nuevo tesoro para los Lousada; eres la llave para tener esa alianza que no pudieron conseguir con Aurora y, además, la heredera de la fortuna de Carlos.

Tu abuelo te quiere como mercancía y para la Camorra eres una amenaza; sea lo que sea que iba a exponer Carlos, los iba a destruir.

Tú eres el último eslabón que les falta.

—Ese criminal no es mi abuelo; ellos no son mi familia.

—Para tu desgracia, lo son; saben que existes y no van a dejar de buscarte.

—Quizás ellos mataron a mi padre y no la Camorra.

—No lo sé, pero es una posibilidad. Si lo hicieron, ya saben que tú eres una Lousada; por eso es importante que cuides tu falsa identidad. Nadie puede saber que estás viva, nadie…

—Gracias por decirme la verdad, Bárbara, aunque sea tan desagradable —ya no estoy llorando y ahora hablo desde una pose fría y distante—. No me convence la desaparición de mi madre; Caetano debe saber la verdad y me la va a tener que confesar.

—No entiendo por qué no te basta con todo lo que sabes; lo importante es que entiendas que Aurora y tú solo traen desgracias, por eso debes alejarte de Eduardo.

—Mamá, Bruna no se va a alejar de mí. Ella tiene razón en que hay algo más. Carlos murió por algo que descubrió y también se alteró cuando yo le mostré el lavado de dinero que estaba pasando en la empresa. Creo que todo está relacionado y quizás algo tiene que ver con Aurora.

—¡Caetano solo está cumpliendo la promesa que le hizo a Carlos de proteger a su hija, él no tiene nada que ver con esto! —grita Bárbara, desesperada, tratando de convencernos.

Ignoro sus gritos desesperados y me suelto de la mano de Eduardo.

Estoy decidida a enfrentar a Caetano y hacer que me cuente todo lo que sabe; ya estoy cansada de verdades a medias.

Toda mi vida es una mentira; ahora resulta que soy el tesoro de un enfermo mental y la salvación de una familia de psicópatas.

Eduardo también se levanta y sale disparado detrás de mí; me alcanza antes de que logre tomar un taxi y comenzamos a discutir en la vereda.

—Entiendo que estés alterada, pero no puedes ser tan impulsiva. Deja que te acompañe; será mejor si vamos juntos.