El enigma de los pétalos rojos Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Disfruta el comienzo, ya desapareciste de mi vida una vez y no voy a dejar que vuelva a pasar, yo te necesito más a ti de lo que tú alguna vez me vas a llegar a necesitar a mí. Esta guerra es de los dos, deja que te acompañe.

—Eduardo, yo no tengo nada especial, solo soy una mujer con muy mala suerte.

—No quiero más juegos y más máscaras entre nosotros, quizás necesitas palabras que un torpe emocional como yo no puede expresar, pero cuando dudes, deja que nuestros cuerpos hablen— había una intensa pasión en sus palabras, de esas que te dejan sin aliento, no sabía qué significaba tanto para él y eso me asusta, me asusta tanto como mis propios sentimientos.

Quise salir y alejarme de él, nunca supe reaccionar a las demostraciones de afecto y esto es más profundo que cualquier otra cosa que haya vivido. No ha hecho nada aún, pero me siento desnuda ante él.

Eduardo limpia mis lágrimas con mimo y acaricia mis pómulos, luego se agacha y comienza a besarme, despacio, tranquilo...

Comienzo a relajarme en sus brazos y ahora soy yo quien le devuelve el beso con pasión, él me pega a la pared y levanta mi pierna izquierda, puedo sentir la dureza de su deseo y la fuerza de sus manos mientras me sube un poco el vestido.

—Nunca te voy a dejar ir, nunca— susurra en mi oído con un tono oscuro, sus palabras son una promesa, lo sé porque me lo está diciendo con su cuerpo.

—¡Tócame!— le exijo—, tócame como me gusta— él sonríe con malicia y comienza a acariciar la cara interna de mis muslos, lo hace de forma lenta y tortuosa.

—Mmm, señorita Moretti, qué placer que no lleve ropa interior— quedo roja como un tomate en cuanto lo dice, lo había olvidado por completo— quita esa cara de avergonzada, te quedaste con el vestido y te quitaste las bragas para provocarme— no pensaba contestarle, pero comenzó a jugar con mi clítoris y aceleró el ritmo, tengo que contener los gemidos en su cuello para que no nos escuchen— vamos, confiesa o te voy a dejar así— me advierte, pero yo ni siquiera puedo hablar, otra vez está jugando conmigo y me deja en las puertas del orgasmo, eso me pone furiosa— confiesa, Bruna, o no te voy a dar lo que deseas.

—¡Sí!— claudico al fin— sí, lo hice para provocarte— confieso entre gemidos— no pares, por favor, no me dejes así— Eduardo, avivado por mis palabras, me calla con un intenso beso y me posee con fuerza, la mezcla de dolor y placer es colosal, me gusta su intensidad, me gusta que en cada movimiento me diga, eres mía, me gusta su posesión.

Tengo las uñas clavadas a su traje, la fusión del olor a sexo y su perfume me tiene extasiada, quiero más y lo reclamo, muevo mi cintura buscando más profundidad, pero es él quien marca el ritmo.

Todo es extraordinario, hasta que veo las puertas de la sala abrirse

—¡Oh, Dios!— grita Bárbara—. ¿Qué significa esto?— Eduardo y yo nos detenemos inmediatamente al escucharla—. Los espero en tu oficina, Eduardo, y quiero una explicación de todo esto.

Nunca me había pasado algo tan bochornoso, que me sorprendan teniendo sexo en el trabajo me hace sentir sucia o una criminal, no le debo explicaciones a Bárbara menos después de lo que descubrí, pero Eduardo es su hijo y entiendo que le moleste.

Minutos después estoy con Eduardo caminando hacia su oficina, él me tomó de la mano y me pidió que me tranquilizara, me dijo que no pensaba permitir que su madre me hiciera sentir mal.

La caminata a su oficina se me hizo eterna, mi estómago estaba revuelto por la impresión de que Bárbara nos viera en un acto tan íntimo.

También estaba furiosa, ahora sé que ella es una serpiente y su veneno es nocivo.

—Hasta que llegan— dice Bárbara en cuanto nos ve—, ¿me quieren explicar qué significa todo esto?

, pensaba que se odiaban y ahora resulta que andan cometiendo indiscreciones en la oficina, ¡qué vergüenza, por Dios!

— su tono de voz es exagerado y de total indignación, Eduardo aprieta fuerte mi mano y todo su lenguaje corporal grita su enojo.

—¡Basta ya, madre!— amenaza Eduardo—. Sabes muy bien que no te dejo entrometerte en mi vida y nosotros no te debemos explicaciones, más bien es todo lo contrario.

—No entiendo de qué hablas— responde furiosa.

Miro a Eduardo nerviosa, suplicándole con la mirada que no diga nada más, pero él me da un beso en los labios y continúa.

—Sé toda la verdad, sé quién es Bruna realmente y sé que tú y mi padre mintieron, nos han estado engañando con verdades a medias y todas sus manipulaciones.

—Hijo, por favor, no sigas, deja el pasado como está, es lo mejor para todos.

—No entiendo cómo no te cansas de mentir, de fingir que somos una familia perfecta cuando la realidad es que apenas nos toleramos— mientras escucho las palabras de Eduardo me doy cuenta de que se siente tan solo como yo, debe ser horrible crecer con unos padres como los suyos.

—¡No te permito que me hables así! Eres quien eres gracias a mí, lo único que he hecho es protegerte a costa de mi propia felicidad. Eres muy estúpido si crees que sabes algo, no, hijo mío, tú no sabes nada.

—No te victimices, ni trates de hacerme sentir culpable, todo lo que has hecho lo hiciste por ti y por tus malditas ambiciones, solo te importa lo que la gente pueda pensar de la gran familia Belmonte— las pupilas de Eduardo se dilatan, sus palabras están cargadas de ira como si se estuviera deshaciendo de un gran resentimiento—.

Tú y mi padre se parecen, son un par de víboras.

—La única serpiente en esta historia fue Aurora, sí, Bruna, tu madre nos destruyó a todos, solo te mentí para protegerte, no tengo nada en tu contra, tú eres solo una víctima— Bárbara está alterada y le tiemblan las manos.

—¿De qué hablas, Bárbara, a qué te refieres con que mi madre los destruyó a todos?—

—Nunca pensé que el pasado me iba a encontrar, pero ahora tú estás aquí y te pareces tanto a ella, no puedes estar con mi hijo, solo le vas a traer desgracias, lo vas a destruir igual que hacía tu madre con todos, aléjate, Bruna, por favor— el miedo en su voz me tiene consternada, qué pudo haber pasado para que me vea como una amenaza letal.

—Deja de hablarle así a Bruna, ella no se va a ir a ningún lado y tampoco es como Aurora, cuéntanos la verdad o prefieres que la busquemos por nuestra cuenta.

—Está bien, les contaré todo, pero no puede ser aquí, vamos a tu casa, allí tendremos más privacidad.

No sé si puedo confiar en Bárbara, pero necesito que nos cuente todo.

Eduardo no me suelta en ningún momento a pesar de las miradas de desaprobación que nos hace su madre.

El camino a su casa se me hace tortuoso, en cuanto llegamos Bárbara recupera su pose de mujer inquebrantable de alta sociedad, se sienta frente a nosotros y espera a que hagamos lo mismo.

—Bruna, ¿estás segura de que quieres conocer la verdad?

—Sí, por más duro que sea, quiero saberlo todo.

—Muy bien, comencemos.