El enigma de los pétalos rojos Capítulo 6.2 #4
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Capítulo 6.2 #4

Intento apartarme, me sostiene por la cintura, sus labios se acercan a los míos y tiemblo ante la expectativa, quiero y no quiero que pase, es muy confuso e intenso, muerde mi labio inferior provocando una descarga de corriente en mi cuerpo, recibo su lengua con ganas, dejo que inunde mi boca con su sabor a hombre, me tiene atrapada en un éxtasis total, sus manos me sostienen con posesión, disfruto como enreda sus dedos en mi cabello y busco más profundidad, su fiereza se vuelve mía, somos dos ansiosos diciendo mil palabras con un solo beso…

-Lamento interrumpir tortolitos pero la doña los llama— grita Estenio asomado de la escalera interrumpiendo el momento, me aparto de Eduardo avergonzada y asustada por lo que acaba de pasar. Tengo que alejarme de él, es importante que no me involucre con nadie y mantenga en secreto mi identidad.

— Si no te sientes bien nos podemos ir-

— No es necesario, vamos a continuar el recorrido como parte del trabajo— mantengo un tono frío y distante, es mejor así, sin complicaciones.

— Bruna lo que acaba de pasar…-

-Fue un error que no se debe repetir, eres mi jefe y eso es todo-

— No era lo que iba a decir— responde molesto

— Pero es la realidad, no hagamos que sea incómodo, cada cual se tiene que mantener en su lugar-

La tensión es palpable, hay una tormenta en nuestras pupilas, pasamos de un cálido y pasional momento a estar nuevamente en guerra, a veces pienso que es tan estúpido negarse a la atracción que tenemos, hay algo entre los dos que no logro definir, que no tiene sentido, pero está ahí, inquietando todo mi mundo.

— Muy bien, si eso es lo quieres no se habla más del tema, no te volveré a tocar— más que palabras son cuchillos que lastiman.

— Te lo agradezco, ahora vamos con Doña Elvira y continuemos con el teatro de pareja feliz-

Bajar las escaleras fue menos horrible de lo que pensé, Estenio estaba riendo con una bebé en los brazos, junto a él estaba su pareja y otros dos niños que presumo también serán sus hijos.

— Mira amigo, la nueva princesa de la casa, le pusimos Elvira como mi madre-

— Va a romper muchos corazones— dice Eduardo cargando a la pequeña Elvira.

— ¿Y tú Bruna cuando le vas a dar un pequeño al niño Eduardo? -

— Nunca, Bruna y yo tenemos diferentes planes para el futuro-

— Si Doña Elvira, lo nuestro no es tan serio-

— Yo vi otra cosa ahora— habla Estenio riendo— con tanto fuego van a tener mellizos

Eduardo no deja de mirarme poniéndome más nerviosa y yo me acaloro con la conversación. La visita dura un rato más y nos despedimos de todos con besos y abrazos, la esposa de Estenio es una joven muy agradable y me invitó a regresar cuando quisiera.

La moto estaba en el lugar donde la dejamos vigilada por los hombres de Estenio, espero a que Eduardo termine de despedirse y veo que les entrega dinero por el tiempo que cuidaron la moto.

Como prometió hicimos un recorrido por la favela, iba manejando despacio y me hacía comentarios explicándome como era la vida de las personas aquí.

Muchas cosas que observé me dieron pena, es lamentable que en un país con tantos recursos haya tanta miseria.

— Bájate, así cambiamos de lugar-

— De verdad me vas a dejar manejarla? –

— Si te lo prometí lo cumplo—

— ¡Gracias, qué emoción! –

Desde mi último accidente cuando tenía veinte no montaba una moto, mi padre se enojó muchísimo y me lo prohibió amenazándome con no pagar mi carrera, no me quedó otra opción que aceptar sus condiciones y vender a mi bebé, una Ducati muy parecida a esta.

Me acomodo para conducir rezando por no haber olvidado como se hace.

Eduardo se sienta detrás de mí y se agarra de mi cintura.

No hay manera de que nuestros cuerpos no estén pegados en esta posición, respiro profundo calmando las ansias que tengo de él, sentir su entrepierna dificulta las cosas.

— ¿Y bonita, vas a arrancar o se te olvidó como se hace? –

— Lo que bien se aprende no se olvida principito-

Me coloco bien el casco y acelero, libertad en estado puro es lo que siento cuando la fuerte brisa impacta contra mi cuerpo, sigo las indicaciones de Eduardo para salir de la favela y nos adentramos en el tráfico de Río.

Me divierto rebasando los autos como si estuviera en una carrera.

La adrenalina que me provoca la velocidad es increíble y el poder de estar manejando una belleza como esta no tiene nombre.

-Nos vas a matar si sigues manejando así-me grita Eduardo cuando paramos en semáforo.

— No seas tan llorón y confía en mí, se manejar muy bien-

— Más te vale que lleguemos vivos a la oficina-

Me río de su comentario y vuelvo acelerar cuando la luz se pone en verde, tardamos quince minutos en llegar a la oficina, no pensé que me iba a divertir tanto cuando Eduardo me ordenó que lo acompañara, pero debo reconocer que todo estuvo asombroso.

Ahora solo pienso en comida, ya son las tres de la tarde y no he comido nada en todo el día.

— Gracias por el recorrido de hoy, ahora tengo más material para la campaña-

— Vamos a almorzar, no comimos nada en todo el recorrido y debes estar hambrienta-

— Gracias por la invitación, pero prefiero pedir algo y comer en mi oficina-

— Deja de agradecerme tanto y tratarme como si fuera un extraño-

— No eres un extraño, pero eres mi jefe, te trato con el respeto que debo-

— Te prefiero rebelde e impertinente que mojigata, no te queda bien ese papel-

— Apenas llegamos y ya te comportas como el engreído insoportable de siempre-

— Si tanto desprecio me tienes entonces mantente lejos-

— Eso intento, pero no me dejas-

— Eres una mentirosa y una hipócrita, las monjas no te educaron muy bien cuando te atreves a llegar al trabajo marcada como una zorra-

Sin pensarlo le doy un bofetón que resuena en todo el estacionamiento, estoy furiosa y frustrada, quién se cree que es para hablarme así.

— No tienes ningún derecho a tratarme así, que suerte que no soy tú novia así no tengo que fingir que te soporto-

— ¡Fingir! – me grita arrinconándome contra la pared— veamos señorita Moretti que tan bien finge-

— No te atrevas— le advierto, pero no me escucha, me besa, me devora, trato de forcejear inútilmente porque termino rendida ante su ímpetu.

Desliza su mano por mi pierna derecha y la levanta clavándose en mí, haciendo que odie la tela que nos separa.

Me muevo ansiando la invasión, Eduardo muerde y chupa mi cuello llegando hasta mi pecho, su otra mano los aprieta y amenaza con romper la camisa, no puedo dejar de jadear, me falta el aire y las fuerzas para detener algo que deseo tanto.

— Reconoce que me deseas tanto como yo lo hago o no voy a parar hasta que grites mi nombre—

Me resisto a obedecer, pero sus besos, sus mordiscos, esas manos que no respetan y reclaman y las palabras sucias que despiertan los deseos más oscuros, todo eso me hace perder la razón.

— Si te deseo, te deseo todo el maldito tiempo— maldigo cuando la confesión se escapa de mi boca, es una tortura sentirse tan expuesta.

Eduardo se aparta y me observa disfrutando, gozando con mi excitación, mis mejillas deben estar encendidas y tengo vergüenza de sentirme tan desnuda frente a él, porque así me hace sentir cuando me mira así, me desnuda con la mirada y me humedezco de solo imaginar todo lo que él me haría.

— Ya se puede ir señorita Moretti, no le voy a robar más tiempo-

— ¿Estás hablando en serio? –

— Ya conseguí que fueras sincera en algo, con eso me basta por ahora-

— Eres un imbécil-

— En eso estamos de acuerdo, no debo perder mi tiempo con una subordinada-

Las lágrimas por la rabia amenazan con salir, no pienso darle el gusto de que me vea llorar y no voy a dejar que juegue conmigo. Me largo de ahí sin mirar atrás, a la mierda con Eduardo Belmonte, entre ese engreído y yo nunca va a pasar nada.