El enigma de los pétalos rojos Capítulo 6.2 #3
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Capítulo 6.2 #3

— Si piensan que eres mi novia te van a respetar y no van a intentar nada-

— ¿Y ahora a dónde vamos? -

-Primero vamos a saludar a la familia de Estenio, después vamos a pedir permiso para dar un recorrido en la moto-

— No me sueltes la mano, me da miedo perderme aquí-

— No pienso soltarte nunca, ahora relájate y observa todo a tu alrededor, para eso vinimos—

— ¿Qué pasa con la moto? -pregunto angustiada— ¿No es peligroso que quede sola? —

— No, los hombres de Estenio la vigilan, la casa de Elvira está cerca, es más fácil ir caminando, después regresamos por la moto-

Me aferro al brazo de Eduardo y comienzo a observar todo como me indicó.

Es increíble lo diferente que es todo aquí.

Hay un manojo de cables por todos lados, el calor es denso y el olor putrefacto de la basura inunda mis fosas nasales.

Hay grafiti por todos lados, las personas caminan muy tranquilas con sus celulares en las manos, eso me llama la atención porque en Rio siempre advierten que hay que estar con los ojos bien abiertos, es una ciudad peligrosa, sin embargo, aquí la gente está muy confiada.

Las casitas están unas sobre otras, parece como una gran escalera, se ven construcciones deplorables y otras que están en muy buen estado.

Hay muchas motos que van rápido de un lado a otro, se escucha música, no conozco el tipo, pero me gusta, es de las que te hace bailar.

También hay muchos puestos de ventas, tiendas, sucursales de banco, puestos de frutas y verduras, es una comunidad bien organizada que a simple vista parece pacífica.

— Llegamos amor— anuncia Eduardo siguiendo su papel de novio amoroso

— ¿Cariño, después de saludar a tus amigos me vas a dejar manejar la Ducati como prometiste? – Estenio y sus hombres se burlan al escucharme y Eduardo me mira como si me quisiera matar, esto de ser la falsa novia es muy divertido.

— Amigo a una hembra como la tuya no se le dice que no-

— Es muy peligrosa montada sola en una moto— responde meloso dándome una nalgada, se está divirtiendo con este juego y yo me estoy excitando.

— Si le hago algún rasguño te lo compenso— lo miro coqueta y le doy un suave y prolongado beso en el cuello que le eriza la piel. Me encanta la sorpresa en sus ojos, siempre es él quien juega conmigo, pero ahora tengo ventaja.

— Estás perdido hermano, te va a tocar decir que sí-

Eduardo sonríe, me agarra por la cintura y me pega a su cuerpo mientras Estenio abre la puerta.

— No juegue conmigo señorita Moretti— me susurra— puede ser peligroso-

— ¿Acaso me vas a castigar? –

— Si… y te va a encantar cuando lo haga— me da un beso en el cuello, justo en el lugar dónde está el chupetón que descubrió esta mañana, sus manos me tienen bien agarrada de la cintura y siento su dureza en mis nalgas.

El calor que siento ahora no tiene nada que ver con el clima, es él, él y sus provocaciones, sus manos, sus palabras, su piel…

Una señora de unos setenta años sale a recibirnos con gritos de alegría, me agrada su vitalidad, tiene más energía que muchos jóvenes. Su pelo es blanco, corto y enrulado, es alta, robusta y tiene una voz grave.

— Mi muchacho, pensé que te habías olvidado de esta vieja andrajosa— le dice a Eduardo después de un gran abrazo.

— Eso nunca Doña Elvira, ya extrañaba su café-

— Tú siempre tan galán y dime ésta quién es? –

— Es Bruna, mi novia-

Doña Elvira me mira de arriba abajo como si me estuviera escaneando, se acerca con propiedad y me toma de las manos sin apartar la mirada de mis ojos.

— A esta niña la persigue la muerte— trato de soltarme, pero me agarra fuerte.

— Mamá no empieces con tus tonterías de bruja loca, vas a asustar a la pobre infeliz-

— Cállate Estenio, los santos no mienten, a esta niña la persigue la muerte, una muerte con muchas caras, mejor corre porque te van a atrapar-

— Soy insignificante, le aseguro que sus santos se equivocan— respondo escondiendo mis miedos.

— Tú eres insignificante pero la otra no— me suelto de sus manos como si quemaran, nunca he creído en supersticiones y no voy a creer ahora, lo que acaba de pasar es muy extraño.

— No se preocupe Doña Elvira, si la muerte se le acerca yo la protejo-

— Así se habla, tú si eres un hombre, no como estos vagos-

Todos comienzan a reír y Estenio no para de discutir con su madre, Eduardo no se aparta de mi en ningún momento, eso me tranquiliza, aunque son buenas personas yo me siento fuera de lugar, no entiendo muchas de las palabras que utilizan y no conozco nada de la manera en la que viven.

— ¿Bruna de dónde eres, se nota que no eres de aquí con ese acento raro? —

— Soy de Italia, de un pueblo de Toscana— ya comienzan las mentiras

— Con esa piel morena no pareces italiana y tus padres de dónde son-

— Soy huérfana— todos me miran con lástima en cuanto lo digo, odio eso— crecí en un convento-

— Con ese cuerpo no puede ser monja— dice uno de los hombres de Estenio haciéndome reír.

— Vete de aquí baboso, no le hables así a la novia de mi niño-

— Pero es verdad Doña-

— ¡Qué te largues! -

— No pasa nada Doña Elvira, estuve en el convento de niña y después me fui para España-

— ¿Y por qué viniste a Brasil? –

-Ya fueron suficientes preguntas – interrumpe Eduardo— quiero mostrarle a Bruna la terraza si me lo permite-

— Claro que si mi niño, te pego el grito cuando llegue mi nuera con la bebé-

Por suerte Eduardo detuvo el interrogatorio, ya me estaba sintiendo incómoda recordando una vida que no me pertenece.

La casa de Doña Elvira es de la más privilegiadas, es amplia, huele al delicioso café que prepara, la sala es espaciosa y pintoresca, llena de colores y de adornos de cerámica antiguos.

Eduardo me guío hasta una escalera estrecha e inclinada, no puse buena cara cuando me invitó a subir, da vértigo de solo mirarla.

-Vamos Bruna, te prometo que no dejaré que caigas-

— Me da miedo estas escaleras, ni siquiera entra todo mi pie en los escalones-

— Si subes te dejo manejar la moto de regreso a la oficina-

— ¿Lo prometes? –

— Siempre cumplo mi palabra—

— Está bien pero no me mires el culo mientras subo-

— Eso es imposible-

Él y sus descaradas insinuaciones me dejan sin palabras, trato de subir las escaleras lo más rápido que puedo sosteniéndome de las paredes. Ya me cuesta respirar y juro que cada vez que subo se me hacen más y más angostas, no quiero ni pensar lo horrible que será bajar.

Al fin llegamos a la terraza e inhalo una bocanada de aire fresco, la vista desde aquí es increíble, me acerco a la punta del muro y observo todo deleitándome con los paisajes que ofrece esta ciudad.

— Desde aquí puedes ver los contrastes de esta ciudad— siento su cuerpo en mi espalda y su voz acariciando mi oído.

— Es hermosa la vista-

— Si lo es, por allá puedes ver el Cristo, el cerro de los Dos Hermanos, a lo lejos se ve la playa Ipanema y si bajas la vista ves la favela, la pobreza-

— ¿Por eso me trajiste, para que viera que Río es más que glamour y diversión? –

— Lo que estamos viendo representa Brasil, hay belleza, tristeza, lucha, guerra, baile, alegría, todo eso tienes que conocerlo para hacer bien tú trabajo-

—Lo que estamos viendo representa Brasil, hay belleza, tristeza, lucha, guerra, baile, alegría, todo eso tienes que conocerlo para hacer bien tu trabajo—

— Lo sé, nada mejor que una dosis de realidad para cambiar eso-

— Le das este recorrido a todos tus subordinados? –

— No, solo a las rebeldes con potencial-

— Lo voy a tomar como un cumplido, tengo muchas preguntas, pero no sé si está bien que las haga-

— ¿Quieres saber cómo conozco a estas personas? –

— Si, es que me parece raro que un hombre como tú sea conocido en un barrio como este-

— Yaggo, nuestro chofer, vive aquí, un día cuando tenía 16 le pedí que me trajera, el pobre no quería por miedo a las represalias de mi madre si se enteraba, pero yo insistí. El primer día que vine desobedecí las indicaciones de Yaggo y me puse a dar una vuelta solo por la favela-

— Seguro se notaba que no eras de aquí-

— Si todos me miraban raro, pero no me importó, el problema fue cuando me metí donde no debía, me intentaron pegar una paliza y me defendí, eran muchos contra mí-

— ¿Qué pasó? — ¿cómo te salvaste? -

— Yaggo me encontró, resulta que el jefe de la pandilla era su sobrino, Estenio—

— En serio, casi te mata y ahora son amigos— mi cara debe ser un poema, los hombres son muy peculiares.

— Si, al principio me odiaba, pensaba que era un rico estirado, con el tiempo nos hicimos amigos, aquí aprendí muchas cosas, hice una segunda familia y cuando tuve edad para disponer de mi dinero cree una farmacia aquí con precios bajos y adecuables para familias de bajos recursos-

No podía dejar de mirarlo mientras me contaba su historia, tenerlo tan cerca y vulnerable era todo un regalo, no parece el mismo que veo todos los días en la oficina, me gusta sentir que lo conozco un poco más y saber que tiene buen corazón.

— Me recuerdas a mi padre, siempre tan altruista— me arrepiento en cuanto termino la frase, no debo hablar nada de mi pasado.

— Creí que eras huérfana-

— Mi padre falleció cuando era bebé, se lo que me contaron las monjas-

— Lo siento mucho— dice con compasión

— Ya no importa, fue hace mucho, como en otra vida— mis mejillas se humedecen y mis labios sienten el sabor salado, las lágrimas invaden mis ojos dejándome expuesta ante el hombre que una vez me vio y no me reconoce, como quisiera cambiar eso, cambiar todo, intento darme la vuelta para que no me vea llorar, pero no me deja.

Eduardo me abraza, no dice nada por un rato y deja que compartamos un silencio eterno.

Se siente bien estar así, ya no recordaba lo reconfortante que es cuando alguien te abraza y te hace sentir que todo va a estar bien, me refugio en sus brazos y descanso mi cabeza en su pecho, quisiera decir tantas cosas y que él solo escuchara sin juzgar y sin preguntar.

— Eres un enigma— dice secando mis lágrimas— mi enigma de pétalos rojos-