Capítulo 2 #3
—Ahora que eres abogado debes tener un auto; nadie te tomará en serio si andas con esa bici de repartidor— sentenció el gruñón Messina en cuanto lo vio llegar.
—Lo haré cuando me aumente el sueldo— respondió Renato con altanería.
—Ya basta, los dos, de sus discusiones tontas y vamos a desayunar.
Durante el desayuno nos divertimos recordando viejos tiempos, mi padre lucía feliz y se reía con Renato, algo totalmente nuevo para mí, hace unos años lo quería matar todo el tiempo, pero por suerte las cosas cambian, ahora estaban frente a mi tomando sus cafés vestidos de traje y siendo cómplices.
Cuando papá se levantó a buscar su portafolio mi amore aprovechó para robarme un beso, era tan dulce e infantil que era imposible no quererlo, era mi primer amor y mi gran amigo, eso no iba a cambiar nunca.
—Vamos, Renato, que se hace tarde y deja de intentar meterle mano a mi hija, que te estoy vigilando.
—¡Papá! ¿Cómo vas a decir eso si nos estamos portando súper bien?— dije en tono burlón.
—Con ustedes, si me descuido, termino siendo abuelo y todavía soy muy joven—
—Descuide, señor Messina; a su hija no le gustan los niños—
—Sí me gustan, pero prefiero los perros—
—Así se habla, nada de nietos hasta que tenga ochenta. Es más, por buena hija te tengo un regalo—
—¿Una moto nueva?—
—Ni loco, la última vez casi te matas; es algo más valioso—
Fue a su despacho y regresó con un juego de ajedrez impresionante, el tablero está forrado de cuero y las piezas están bañadas de oro y plata, él me había enseñado a jugar desde pequeña, eran momentos muy felices que nos mantenían unidos en la complicidad.
—Papá, es hermoso; seguro te costó una fortuna, no debiste gastar tanto—
—Para mí, princesa, todo lo mejor; úsalo para practicar la jugada que te enseñé—
—Lo haré, quiero la revancha de nuestra última partida—
—Ustedes los Messina son muy competitivos—
Nos reímos a carcajadas, cuando terminamos de desayunar los acompañé a la puerta y despedí a mis grandes hombres abogados al estilo español, con dos besos bien sonados.
—Abrígate hoy, mi niña, que el día se puso gris—
—Tienes razón, la verdad es que está frío, hasta se me puso la piel de gallina—
—Amore, no hagas caso a tu padre; en un rato sale el sol y todo se pone bellísimo.— La dulzura de Renato era muy refrescante, le di un tierno beso en los labios y mi padre hizo un suspiro de resignación que me causó gracia.
La llamada de Georgi interrumpió el momento, como hacía frío entré para atenderla y cerré la puerta en cuanto subieron al auto.
—Hola, Georgi, no te imaginas lo lindo que está todo aquí—
—Ya lo sé, amiguis, recuerda que fui hace unos meses, pero cuéntame de ti. ¿Ya hiciste alguna travesura?—
—Tengo muchas cosas que contarte, sobre todo de lo que pasó en el club con el desconocido—
—¿Te hizo gritar de placer?—
—Eso y más—
—¡Cuéntamelo todo!— Georgina se escuchaba tan animada como siempre y yo estaba ansiosa por contarle a mi hermanita del alma todo lo que había pasado, en Madrid no tuvimos tiempo de hablar por mi viaje, pero en ese momento, que estaba sola, era perfecto para nuestras charlas de chicas.
—Ese hombre, Georgi, me hizo perder la cabeza, no te imaginas todo lo que hicimos— un viento helado entró por la ventana y me estremecí de frío—. Dame un minuto, amiga, que voy a cerrar la ventana, me estoy muriendo de frío—
—Yo me estoy muriendo de calor, este apartamento es un horno— me reí con su comentario y corrí a cerrar la ventana.
—Qué extraño—
—¿Pasa algo, amiguis?—
—Sí, el auto de mi padre sigue estacionado afuera; pensé que él y Renato se habían ido—
—Quizás tuvieron algún problema con el auto—
—Tienes razón, voy a ver qué pasa, te llamo después—
—OK, pero me llamas, que quiero saber los detalles sucios—
—Lo prometo, adiós—
El estrepitoso sonido provocó que dejara caer mi teléfono, en ese instante todo mi cuerpo se congeló, no entendía lo que estaba viendo, los gritos de las personas en la calle y el fuego, esa gran bola de fuego que destruyó el auto de papá.
¿Qué estaba pasando, quién provocó esa explosión?
No quería creer que aquella pesadilla era real, ellos desaparecieron ante mis ojos, fueron borrados, reducidos a cenizas y yo lo vi todo desde aquella lúgubre ventana sin poder hacer nada más que gritar desesperadamente.
—¡PAPÁ… RENATO!— salí corriendo, quería salvarlos, sacarlos de allí, el miedo ante la pérdida te convierte en un ser irracional aferrado a una esperanza que carece de toda lógica, de ese auto ya no quedaba nada y aún así no paré de correr y de gritar.
Cuando estaba a punto de llegar al auto alguien me detuvo por la espalda y me cargó, en mi desesperación por soltarme no paraba de patalear, llorar y amenazar, todo pasó muy rápido.
Pude ver a un hombre con una enorme cicatriz en el rostro acercarse al auto hecho añicos y escupirlo, estoy segura de que es el asesino, luche por zafarme de la persona que me detenía, pero fue imposible, cubrió mi rostro con un pañuelo que tenía un fuerte olor, segundos después mi voluntad cedió y mi consciencia me abandonó...
No recuerdo nada más.