El enigma de los pétalos rojos Capítulo 2
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Capítulo 2

El aeropuerto de Madrid siempre me pareció impresionante, me gustaba ver a la gente caminar con sus maletas de un lado a otro, sentir esa exaltación que da viajar y ver los abrazos de los familiares que se reencuentran o se despiden.

Ese día en particular estaba muy triste, más de lo que esperaba, creo que una parte de mi presintió que no volvería.

—Georgi, ya para de llorar, que nos vamos a ver en unos días antes de mi viaje a Alemania—

Georgina había llorado todo el recorrido desde el apartamento hasta el aeropuerto. Siempre fue muy sensible y a veces eso me desesperaba un poco.

Las demostraciones de afecto en público me incomodan y el hecho de que ella no parara de llorar dificultaba mucho mi partida.

—Amiguis, es que te voy a extrañar muchísimo; solo vas a pasar un par de días aquí cuando regreses y después te vas de nuevo y yo me quedo solita— me decía entre pucheros; ya tenía los ojos hinchados y la nariz roja de tanto llorar.

—Tú nunca vas a estar sola, eres la persona más amorosa que conozco, y te prometo que cuando viva en Alemania te voy a buscar un alemán sexy para que te diviertas cuando me visites— la cara le cambió de golpe y apareció su sonrisa pícara.

Después de muchos abrazos, fotos y lloriqueos por fin estaba en el avión rumbo a Roma, la ciudad eterna y mi lugar favorito en el mundo.

El vuelo fue muy tranquilo, papá insistió en pagarme el boleto en primera clase así que iba muy cómoda, el único problema era mi inquieta mente que insistía en recordar la noche anterior.

Había tenido el mejor sexo de mi vida con un hombre con el que apenas intercambié unas palabras y del cual no sabía ni su nombre.

Siempre pensé que para sentir tanta pasión también tenía que haber amor, pero me di cuenta de que estaba equivocada.

Seguía sin entender qué era estar enamorada, pero descubrí lo que es perder el control y dejarme llevar por un alucinante y morboso deseo.

De tanto pensar me quedé profundamente dormida, cuando cobré el conocimiento ya estábamos por aterrizar.

En cuanto bajé del avión me sentí en casa; llevaba cuatro años sin ir.

Mi padre me mantenía lejos por mi seguridad; él es uno de los mejores abogados de la ciudad.

Los casos que tomaba implicaban lidiar con personas peligrosas y con serias amenazas, nada de eso lo detenía siempre que yo estuviera a salvo.

Tenía muchas ganas de verlo y sentir su abrazo, en esos cuatro años nos vimos muy pocas veces cuando él podía viajar y cada vez que hablábamos discutíamos por su paranoia de mantenerme lejos de Italia.

Nunca acepté que me mandara a estudiar a internados, durante mi niñez, venir de visita significaba el verano, la libertad y el calor del hogar, con el tiempo entendí que mi ciudad era la magia antes del encierro.

Salí de la terminal con las maletas, comencé a buscarlo con la mirada entre la muchedumbre y nada, no aparecía por ningún lado.

—Mia ragazza— gritó una voz familiar. Cuando lo localicé no pude parar de reír; era mi exnovio y amigo de la infancia, Renato.

Estaba con su melena rubia despeinada, sus ojos azules tan inocentes como siempre y tenía un cartel enorme en las manos que decía “La Resistenza”.

A los dos nos gustaba La Casa de Papel y él no pudo evitar ser tan original.

—Cómo te extrañé, pequeña— me decía mientras me asfixiaba con un fuerte abrazo—, quiero que te quedes por siempre.

—Yo también te extrañé mucho, amore. ¿Dónde está el gruñón? Me dijo que él vendría a buscarme— le pregunté algo preocupada, sin entender qué pasaba.

—Ya sabes cómo es el señor Messina; dijo que te vería en la noche después de trabajar.

Me invadió una gran desilusión al escuchar esas palabras, hasta que de repente sentí una mano en mi hombro, me di la vuelta y allí estaba el gran abogado Carlos Messina con su porte elegante, su cabello blanco y amplia sonrisa.

—¡Papá, viniste!— dije con tono infantil.

—Claro que vine, hija; jamás te dejaría aquí tirada con este patán— respondió con tono burlón. El pobre Renato ya estaba acostumbrado a los desplantes de mi padre.

—¡Papá, no le hables así!—

—Tranquila, ragazza, en el trabajo me dice cosas peores.

Los tres salimos parloteando del aeropuerto, había muchas cosas que contar para ponernos al día.

Renato me contó que ya había terminado los estudios y por fin ya era abogado, estaba trabajando para papá y no paraba de hablar con admiración de todo lo que estaba aprendiendo con él, para mí era toda una sorpresa ver a esos dos tan juntos, cuando se conocieron mi padre lo detestaba, decía que era un perdedor y que yo merecía un novio mejor.

Fueron buenos años y por suerte todos habíamos evolucionado, me hacía muy feliz verlos llevarse tan bien.

Los siguientes dos días fueron hermosos, recorrí las plazas con mi padre como cuando era niña, pero en esa ocasión fue aún más especial, llevaba tanto tiempo sin ver la ciudad eterna que me había olvidado de muchas cosas, así que la estaba disfrutando como lo hacen los turistas.

Tomé muchas fotos en la plaza Navona, sobre todo en la fuente Cuatro Ríos que era la favorita de Georgina y le envié cientos de fotos para que no me extrañara tanto.

El gruñón se cansó de recorrer tanto y fuimos a cenar a Bernini, un restaurante turístico con una gastronomía excelente.

—Hija, tenemos que hablar de algo importante, pero no quiero que te alarmes—

—Si me lo dices con ese tono, papá, es imposible no preocuparse—

—Escucha, muchas cosas están por cambiar en esta ciudad, por fin el sistema se va a limpiar de la escoria y los malditos corruptos…

—A veces no entiendo cómo puedes ser un abogado tan brillante y un hombre tan crédulo, la corrupción en Roma es parte de su ADN, eso nadie lo va a poder cambiar nunca.

—La mala hierba, hija, hay que arrancarla de raíz y quemar lo que quede; eso es lo que voy a hacer. Puedes estar segura de que nadie me va a detener—

—Yo confío en ti y sé que siempre quieres hacer lo correcto, pero soy egoísta y me importa más tu seguridad que toda Italia, solo prométeme que si las cosas se ponen difíciles te vas a retirar del juego—

—Ya sabes que eso es imposible, yo nunca abandono una partida, lo que sí te prometo es que voy a tener éxito y que no corres ningún peligro—

Comenzó una fuerte tormenta mientras terminábamos nuestra cena y dimos el paseo por finalizado.

La conversación me dejó nerviosa, nunca me había gustado que fuera tan altruista, hace mucho escuché una frase que me quedó grabada, “en este mundo o eres carnicero o eres carne”, pero él se saltaba las reglas del juego y ya se había deshecho de muchos peces gordos, eso tarde o temprano iba a desencadenar terribles consecuencias.

Al día siguiente fui a visitar a mi padre a su bufete, quería saber más sobre el caso en el que estaba trabajando y si era muy peligroso planeaba persuadirlo para que lo abandonara.

Después de nuestra conversación en Bernini, le escribí a mi amigo y este me confesó que papá llevaba ya unos meses muy alterado y actuando extraño, cosa que no es típica de él.

Renato no tenía ni idea de qué se trataba lo que había descubierto, pero estaba seguro de que se trataba de algo muy grande porque mi padre había aumentado la seguridad en las oficinas.

Cuando llegué a su despacho me recibió su secretaria, parecía una buena muchacha, pero la pobre era demasiado sumisa.

—Disculpe, señorita Messina, pero su padre salió recién con un cliente y no sé cuánto tiempo demore en regresar— me anunció con la voz entrecortada, como si me tuviera miedo.

—¿Sabes quién era el cliente?—

—No, es primera vez que lo veo; era extranjero. El señor se sorprendió mucho al verlo—

—¿Y cómo era?—

—Disculpe, ¿quién?—

—El extranjero; descríbelo físicamente— esa pobre niña era un poco lerda y me desesperaba que no mirara a los ojos al hablar.

—Ah, pues era guapo; era un hombre alto, de pelo oscuro y unos ojos verdes impresionantes. La verdad es que inspiraba algo de miedo—

Esa descripción me llamó la atención, parecía que estaba hablando de mi desconocido, pero era imposible o al menos poco probable.

—Te agradezco la información, voy a esperarlo en su despacho; no le digas que me comentaste nada—

—Sí, señorita; si necesita algo, solo pídalo, estoy a sus órdenes—

Le sonreí como muestra de gratitud y entré al despacho, estaba tal cual lo recordaba, con muebles de madera preciosa, colecciones de libros de derecho y el cajón secreto, así le puse cuando era niña, siempre estaba cerrado con llave y mi padre decía que estaba hechizado para que no lo intentara abrir, ahora creo que guarda todos sus secretos.

Hubo un detalle que llamó mi atención, no estaba mi foto en el escritorio, él siempre tiene una foto mía, la cambia cada año, es muy extraño que no estuviera, estaba entretenida pensando en eso cuando sentí cómo se abría la puerta.

—Pequeña, ¿qué haces aquí?—

—Hola, papá, quería sorprenderte en el trabajo, pero la sorprendida fui yo; ¿por qué mi foto no está en el escritorio?—

—Te juro que estaba allí; seguro a la pobre secretaria se le rompió el cuadro. La chica es nueva y es un poco torpe, pero no te preocupes, mañana traigo otra foto de mi princesa—

No pude evitar sonreír, si las personas supieran lo amoroso que es el intimidante Carlos Messina, no le tendrían tanto miedo.

—No te preocupes por la foto, solo lo decía en broma— le dije mientras me acercaba para darle un abrazo—. ¿Quién era el hombre con el que estabas reunido? Te vi salir con él del edificio y no me pareció nadie familiar—

—Era solo el hijo de un amigo que no veía hace un tiempo— respondió tratando de restarle importancia.

—Papá, tengo la sensación de que hay algo que me estás ocultando y que este caso que tienes ahora puede ser muy peli…

—¡Basta! Mi trabajo no se discute, ayer te conté lo que tienes que saber, pero no preguntes más y no trates de persuadirme para que lo deje, esto va mucho más allá de lo que puedas entender— su tono fue tan rotundo que no permitía réplica.