El enigma de los pétalos rojos Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—La verdad es que me quiero ir, venir aquí fue un error, este lugar no es para mí y…

— no me dejó continuar; me calló con un húmedo beso, generando un lapso de vacío en mi mente en el que solo la electricidad que me generaba su tacto me recordaba que estaba viva.

Sentí cómo acariciaba mi cuello; bajó lentamente por mis senos, los apretó levemente, provocando que se me escapara un gemido en su boca; continuó su recorrido y me agarró las nalgas con fuerza.

Mi piel estaba más caliente que la lava de un volcán.

Este hombre anulaba mi capacidad de razonar, exigía mis besos, reclamaba mi cuerpo y entraba en mi mente sin pedir permiso.

Había personas a nuestro alrededor observando y eso me excitaba aún más, no lo sé explicar, pero por alguna razón me sentí su dueña mientras él agudizaba mis sentidos.

—Tienes dos opciones, preciosa— murmuró en mi oído—: puedes irte y preguntarte lo que pudo ser, o te puedes quedar y saciar tu morbosa curiosidad.

La lujuria estaba servida, no dije nada, sólo tomé su mano.

Mi desconocido era socio vip así que tenía una habitación donde podíamos tener total privacidad.

Mientras caminábamos por el club, vi varias personas teniendo sexo, debí estar escandalizada, pero para mi sorpresa me lo tomé todo con total naturalidad.

Quizás como iba del brazo del hombre más impresionante que había conocido el resto de las cosas eran insignificantes.

La habitación era muy espaciosa; tenía un jacuzzi enorme, las luces ultravioletas daban ese tono sensual al ambiente y las velas me resultaron románticas.

Quería preguntar el nombre del hombre con el que estaba a punto de acostarme, pero no debía romper las reglas.

Me quedé parada en medio de la habitación como en una especie de trance, observando, admirando, disfrutando todo lo que había a mi alrededor.

—¿Por qué viniste a un lugar como este?— dijo mientras bajaba la cremallera de mi vestido y acariciaba mi desnuda espalda.

—Una amiga insistió en que viniera— un azote en las nalgas me tomó desprevenida.

—Atrévete a decir la verdad, todos vienen aquí por algo— su tono cariñoso se contradecía con su postura dominante.

—Hablas como si me conocieras—

—Tu cuerpo te delata; quieres placer, pero no sabes pedirlo—

Sus palabras lastimaron mi orgullo porque tenía razón, siempre quise más del sexo que las relaciones aburridas y sosas que conocía, nunca había quedado satisfecha y me daba miedo reconocerlo como si fuera mi culpa.

Cuando quedé totalmente desnuda me dio la vuelta y me observó como queriendo memorizar cada parte de mi ser.

Yo también lo observaba con deleite, a pesar de la máscara se notaba que sus facciones eran duras, su pelo era negro como el mío, suave y sedoso, tenía unos ojos verdes impresionantes y una boca que invitaba a besar.

Quedé anonadada cuando se quitó la camisa; era evidente que hacía ejercicio porque estaba bien tonificado y sus brazos eran perfectos. No es que mi autoestima fuera baja, pero no entendía por qué un hombre como él quería estar solo conmigo cuando podría tener varias mujeres.

—Estoy algo nerviosa; nunca había estado con alguien del que ni siquiera puedo ver totalmente su rostro— dije en tono muy bajo, tratando de descubrirlo a pesar de la máscara.

—Ven— responde con autoridad—, quiero que te veas en el espejo.

Hice lo que me pidió u ordenó; con él es difícil saber la diferencia.

Me paré frente al espejo y me sorprendió mi desnudez; creo que nunca me había detenido a mirarme, no de esa manera tan erótica y disruptiva.

Disfruté ver la caída natural de mis senos, mi tono moreno, los rizos de mi pelo y el pequeño tatuaje de una rosa roja que tengo en el pubis.

Mi desconocido se acercó; a través del espejo pude ver su mirada lobezna.

Su desnudez era diferente a la mía, más dura, más sobria.

—Me encanta ese pequeño tatuaje— susurra—. ¿Puedo acariciarlo?

—Sí— mi voz parecía una súplica.

—No puedes pedir lo que no sabes darte— sus dedos acariciaban mi pequeña rosa, haciendo círculos.

La aspereza de su piel me estaba haciendo arder; era una tortura ver en el espejo cómo me tocaba despacio y bajaba la mano hasta acariciar mi humedad.

Podía sentir su aliento en mi cuello y veía cómo disfrutaba mi aroma.

—Eres tan dulce y suave— esa voz rasgada por el gozo era puro morbo—. Quiero que te toques para mí.

—Siempre lo hago sola— respondí avergonzada.

—Esta noche me vas a invitar a tu juego; vamos, hazlo—

Tomó mi mano derecha y la llevó hacia mi sexo; con una mezcla de delicadeza y brusquedad hizo que comenzara a tocar.

Al principio él marcaba el ritmo: lento, suave; presionaba y tiraba.

Poco a poco mi cuerpo se estremecía; dejé de pensar.

Solo existía esa sensación de liberación; cada una de mis células explotaba.

No me di cuenta en qué momento él me soltó y ahora era yo quien me tocaba, primero con un dedo, luego con dos.

Me doblaba del regocijo y podía sentir cómo crecía su erección en mis nalgas.

—Muy bien, preciosa, quiero que grites para mí, te voy a follar tan fuerte como nunca lo han hecho— sus palabras me alteraban más, quería hacer tantas cosas que una noche no alcanzaría, mis gemidos fueron creciendo, mis músculos se estaban tensando, y ahí, frente a aquel espejo y al juicio de mi amante, tuve el mayor orgasmo de mi vida, la expresión de mi rostro era colosal, sentí que me caía pero él no me dejó, me dio la vuelta y de una forma salvaje y animal me pegó contra la pared y me penetró.

Por un lado, calor y por otro frío, sus fuertes brazos me protegían, mis piernas rodeaban su cintura y mi cuerpo lo recibía con entusiasmo, una y otra vez sus embestidas acababan conmigo y me llevaban a un lugar sin retorno.

—Más— exigí—, más fuerte— la dureza de su rostro y sus apasionados besos me hacían saber que él lo estaba disfrutando tanto como yo, esa mezcla de dolor y placer en mi interior era poco menos que magistral, no quería que acabara nunca.

La velocidad de sus movimientos firmes y precisos fue aumentando y llegamos juntos a una vertiginosa caída.

Ambos soltamos un sonido gutural y nos liberamos uno en el otro, lamenté que usáramos protección, quería sentir el calor de su esencia.

Los juegos continuaron y esa noche fui otra que no conocía, pedía, exigía, suplicaba y gozaba.

¿Quién era yo esa noche? Quizás otra desconocida.

Con el pasar de las horas y los besos todo se volvió más íntimo, puede que no conociera su nombre, pero sí cada parte de él, todo era tan perfecto que debía acabar.

Después de lo vivido las palabras se hicieron innecesarias, cuando entró en la ducha, aproveché para irme y le dejé una nota. Nunca más nos volveríamos a ver y yo tenía un nuevo viaje que comenzar sin espacio para nadie más…