El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El sexto rostro
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El sexto rostro

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L a fotografía permanecía extendida sobre la mesa del Archivo Histórico. Nadie hablaba.

Elena acercó la lupa hasta la esquina inferior derecha. La mujer apenas ocupaba unos centímetros del negativo. Era fácil pasar por alto su presencia. Quizá eso era precisamente lo que había ocurrido durante ochenta años.

—Amplíela. Pidió Bellini.

El archivero colocó el negativo original bajo el escáner de alta resolución. La pantalla comenzó a revelar detalles invisibles a simple vista. Primero apareció el bastón. Después el abrigo oscuro. Luego el rostro. Nadie respiraba.

Cuando la imagen terminó de definirse, Sintió que se le erizaba la piel. No era una anciana. Era una mujer de unos treinta años. Cabello oscuro. Rostro sereno. Y unos ojos extraordinariamente claros.

Bellini acercó todavía más la imagen. Entonces descubrió algo. La mujer no miraba a los cinco hombres. Miraba directamente al fotógrafo. Como si supiera que aquel instante iba a quedar inmortalizado.

—¿Quién tomó esta fotografía? Preguntó Elena.

El archivero revisó la ficha original.

—No aparece ningún nombre. Solo una anotación.

“Negativo entregado por orden del prefecto. Mayo de 1945.”

Bellini suspiró. Otra puerta cerrada.

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Elena seguía observando el rostro ampliado. Había algo que no conseguía explicar. No era la expresión. Ni la ropa. Era una sensación. Como si ya hubiera visto aquellos ojos.

Cerró los párpados un instante. Y entonces lo recordó. Abrió de golpe el reloj de plata de Vittorio. Sacó la pequeña fotografía de los Cinco Guardianes. Comparó ambas imágenes.

La diferencia era evidente. En la copia del reloj… La mujer había desaparecido. No estaba oculta. No estaba desenfocada. Había sido eliminada con precisión.

Alguien había recortado el encuadre. No para mejorar la fotografía. Para borrar a una persona de la Historia.

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Bellini permaneció inmóvil.

—Eso significa que alguien manipuló la imagen.

—No. Respondió Elena. Significa algo mucho peor.

El inspector la miró.

—¿Qué?

Ella dejó ambas fotografías una junto a la otra.

—Que durante ochenta años todos hemos estado estudiando una copia. Nunca el original. Y quien hizo la copia decidió qué debíamos recordar… y qué debíamos olvidar.

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En ese momento sonó el teléfono del archivero. Escuchó unos segundos. Su rostro cambió por completo. Miró a Bellini.

—Inspector… Acaban de llamar del Instituto Anatómico de Turín. El resultado toxicológico de Vittorio está listo.

Bellini sintió que el caso estaba a punto de cambiar otra vez.

—¿De qué murió?

El archivero tragó saliva.

—No fue un infarto. No fue un veneno convencional.

Hizo una pausa.

—Murió por una toxina extremadamente rara… extraída de un hongo que solo crece de forma natural en algunos bosques del Piamonte.

Elena cerró lentamente los ojos. Trufas. Hongos. Bosques. Todo volvía al mismo lugar. Pero esta vez ya no era un símbolo. Era el arma del crimen.

Y comprendió algo que la inquietó aún más. Quien había matado a Vittorio no solo conocía la historia de los Cinco Guardianes. Conocía el bosque tan bien como quienes habían vivido allí durante generaciones.