El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El pasadizo
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El pasadizo

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L a lluvia había cesado durante la noche. A primera hora de la mañana, el aire sobre las colinas de Alba era limpio y frío. Una ligera niebla se aferraba a las viñas, difuminando los contornos de Casa Balestra hasta convertirla en una silueta suspendida entre el presente y el pasado.

La Policía Científica había acordonado la vieja bodega. La puerta de hierro permanecía abierta. Al otro lado, la estancia de las cinco sillas parecía esperar el regreso de quienes la habían ocupado por última vez.

Bellini observó el suelo con atención.

—Nadie entra hasta que terminemos de documentarlo todo.

Los técnicos comenzaron a fotografiar cada piedra, cada grieta y cada mota de polvo. Elena permanecía en silencio. Su mirada no estaba sobre la mesa ni sobre la caja de nogal. Estaba fija en la pared del fondo. Había algo que no encajaba.

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Se acercó. La piedra era distinta al resto. Más lisa. Más reciente. Apoyó la palma de la mano. Estaba fría. Demasiado fría. Golpeó suavemente con los nudillos. El sonido respondió con un eco hueco.

Bellini levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

Elena no respondió. Recorrió con los dedos el borde de los sillares hasta encontrar una estrecha ranura casi invisible.

—Aquí.

Uno de los técnicos acercó una lámpara. La luz reveló una diminuta argolla de hierro, ennegrecida por el tiempo y oculta entre dos bloques de piedra.

Bellini tiró de ella. Al principio no ocurrió nada. Después, un crujido profundo recorrió el muro. La pared comenzó a desplazarse lentamente hacia un lado. Una corriente de aire húmedo escapó del interior.

Ante ellos apareció un corredor excavado en la roca. Estrecho. Oscuro. Antiguo.

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—No figura en ningún plano. Murmuró Bellini.

Elena recordó inmediatamente el dibujo encontrado en el Archivo Histórico. El pasadizo. Existía. No era una leyenda.

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Los primeros metros descendían con una ligera pendiente.

Las paredes conservaban marcas de herramientas manuales.

No eran recientes. Tampoco medievales. Parecían haber sido ampliadas en distintas épocas.

Cada generación había modificado aquel túnel sin borrar del todo el trabajo de la anterior.

Como si todos hubieran compartido el mismo propósito. Mantenerlo vivo.

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A unos treinta metros encontraron la primera sorpresa. Una lámpara de aceite. No antigua. Moderna. Todavía conservaba combustible.

Bellini la observó con atención.

—Alguien ha pasado por aquí hace poco.

Elena asintió. Pero fue un detalle aún más pequeño el que captó su atención. Sobre el polvo había huellas. No muchas. Dos personas. Una caminaba con paso firme. La otra… Arrastraba ligeramente el pie izquierdo.

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—Fotografiadlas. Ordenó Bellini.

Un técnico comenzó a trabajar mientras Elena seguía el rastro con la linterna. Las huellas continuaban internándose en la oscuridad. No regresaban. Solo avanzaban.

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El corredor terminó desembocando en una puerta de madera reforzada con bandas de hierro. Sobre ella alguien había grabado una fecha. 1945. Y, debajo, una frase apenas visible por el paso del tiempo:

“La verdad pesa más que la piedra.”

Elena pasó la yema de los dedos sobre las letras. Sintió una extraña emoción. No estaba leyendo un mensaje dirigido a cualquiera. Aquellas palabras habían sido escritas para quienes llegaran después. Para quienes, algún día, decidieran abrir aquella puerta.

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Bellini respiró hondo.

—¿Preparados?

Nadie respondió. El inspector empujó. La puerta cedió con facilidad.

Al otro lado no había un almacén. Ni una cripta. Ni un refugio. Era una habitación perfectamente conservada. Una biblioteca. Pequeña. Silenciosa. Con estanterías de nogal cubriendo las cuatro paredes.

En el centro había una gran mesa redonda. Sobre ella descansaban cinco plumas estilográficas. Cinco tinteros. Y cinco sillas. Como si la reunión hubiera terminado apenas unos minutos antes.

Pero fue Elena quien descubrió el detalle que hizo que el corazón se le acelerara. En uno de los respaldos había una chaqueta cuidadosamente doblada. Cubierta de polvo. Con una pequeña etiqueta cosida en el cuello.

La levantó con extremo cuidado. Leyó el nombre bordado.

A. Balestra.

No decía V. Balestra. No pertenecía a Vittorio. Pertenecía a Andrea Balestra. El hombre que había muerto cuarenta años antes.

Elena sostuvo la chaqueta un momento más de lo necesario, como si la tela pudiera todavía guardar el calor de quien la había dejado allí.

Bellini se acercó, pero no dijo nada. Se limitó a mirar la chaqueta, y después las cinco sillas vacías.