El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) Las sombras de Casa Balestra
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Las sombras de Casa Balestra

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L a lluvia había cesado. Casa Balestra permanecía cerrada al público desde la muerte de Vittorio. El portón principal seguía custodiado por dos carabinieri, mientras el jardín, impecablemente cuidado durante décadas, parecía haber envejecido en una sola noche.

Elena observó la fachada unos segundos antes de entrar. Había algo diferente. No era la casa. Era el silencio.

Las grandes mansiones nunca están completamente calladas. Siempre cruje una madera, golpea una contraventana o resuena un reloj antiguo.

Aquella casa parecía contener la respiración.

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Bianca los esperaba en la biblioteca. Ya no vestía de luto riguroso. Llevaba un sencillo jersey gris y el cabello recogido con descuido. Parecía diez años mayor que el día anterior.

Sobre la mesa había tres cajas de cartón llenas de documentos.

—Son los archivos de mi padre.

Bellini arqueó una ceja.

—¿Ha decidido colaborar?

Bianca sonrió con tristeza.

—He decidido dejar de proteger a un muerto.

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Durante dos horas revisaron escrituras, cartas comerciales, libros de cuentas y viejas fotografías. Nada. Absolutamente nada relacionado con los Cinco Guardianes.

Bellini cerró una carpeta con evidente frustración.

—Es imposible. Un hombre como Vittorio no podía llevar ochenta años sin guardar una sola nota.

Bianca levantó la vista.

—Porque no las guardaba aquí.

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El inspector dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Dónde?

Ella dudó. Por primera vez desde que había comenzado a hablar.

—Mi padre tenía otro despacho.

Un frío repentino le recorrió los brazos.

—¿Dónde está?

—Eso es lo extraño… No lo sé.

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Bellini frunció el ceño.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Cuando era niña desaparecía durante horas. Mi madre decía que iba a rezar. Pero nunca regresaba del monasterio. Ni del bosque. Volvía por otro camino. Siempre.

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Elena recordó la baldosa hueca bajo la antigua capilla. El disparo. La fotografía. Todo empezaba a girar alrededor del monasterio. Pero seguía faltando una pieza.

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En ese momento apareció Luca en la puerta. Estaba empapado. Respiraba con dificultad.

—Inspector…

Bellini se incorporó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Luca tardó unos segundos en recuperar el aliento.

—Han entrado en la bodega vieja.

Todos se quedaron inmóviles.

—¿Qué bodega? Preguntó Elena.

—La que mi abuelo mandó cerrar hace más de cincuenta años.

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Minutos después descendían por una estrecha escalera de piedra iluminada únicamente por linternas. El aire era frío. Denso. Olía a madera húmeda, vino envejecido y tierra.

La puerta de roble estaba abierta. La cerradura había sido forzada hacía muy poco.

Bellini levantó la mano. Nadie avanzó. Solo se escuchaba el goteo constante del agua filtrándose entre los muros.

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Entraron. Las estanterías seguían llenas de botellas cubiertas de polvo. Nada parecía haber sido robado.

Sin embargo… En el centro de la sala había una mesa de cata. Y sobre ella descansaba una única copa de cristal. Limpia. Sin una sola mota de polvo. Como si alguien la hubiera dejado allí unos minutos antes.

Bellini se acercó despacio. No la tocó. Dentro de la copa había un pequeño papel cuidadosamente doblado. La Policía Científica lo extrajo con unas pinzas.

El inspector desplegó lentamente la nota. Solo contenía una frase, escrita con una caligrafía elegante.

“La verdad no está escondida bajo tierra. Está enterrada en la memoria de los vivos.”

Elena permaneció inmóvil. No era una amenaza. No era una confesión. Era una invitación. O un desafío.

Entonces levantó la vista y recorrió la bodega. Las botellas. Los toneles. Los viejos muros de piedra. Y, al fondo, casi oculto tras una estantería, descubrió algo que no figuraba en los planos de la casa.

Una puerta estrecha. De hierro. Sin cerradura. Entreabierta apenas unos centímetros. De su interior no salía luz. Solo un aire frío… como si hubiera permanecido cerrada durante generaciones.

Elena miró a Bellini. Ninguno de los dos habló. Los dos comprendieron lo mismo. Aquella puerta no conducía solo a otra estancia de la casa. Conducía al pasado.