El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) La mujer de negro
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La mujer de negro

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E l Hospital Michele e Pietro Ferrero despertaba lentamente. La luz gris de la mañana se filtraba por los amplios ventanales de la planta de geriatría. El olor a café recién hecho se mezclaba con el del desinfectante y el silencio habitual de los pasillos.

—Se llama Carlo Ferrero —explicó en voz baja—. Tiene noventa y cuatro años. Conserva una memoria extraordinaria para el pasado… pero a veces olvida lo que ocurrió hace una hora.

Bellini asintió. Aquello significaba una cosa. Debían escuchar con atención. Y comprobar cada palabra.

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Carlo Ferrero permanecía sentado junto a la ventana. Vestía un viejo jersey de lana azul y sostenía entre las manos un ajedrez de madera. No parecía esperar a dos investigadores. Parecía esperar a un viejo amigo.

Cuando Bellini se presentó, el anciano sonrió.

—Han tardado.

El inspector arqueó una ceja.

—¿Nos esperaba?

—Desde anoche. Sabía que vendrían.

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Elena observó el tablero. Las piezas estaban colocadas a medias. Solo quedaban dos reyes. Una dama negra. Y un peón blanco.

—¿Juega usted solo? Preguntó.

El anciano levantó la vista.

—No. Juego contra los recuerdos.

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Durante unos segundos nadie habló. Bellini rompió el silencio.

—Nos han dicho que vio a Vittorio Balestra antes de morir.

El anciano cerró el tablero.

—Sí. Lo vi.

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—¿Dónde?

—Junto a la fuente de la plaza. No estaba solo. Hablaba con una mujer. Vestía un abrigo negro. Un sombrero del mismo color. Y llevaba un bastón con empuñadura de plata.

Elena anotó cada detalle.

—¿Pudo verle el rostro?

Carlo negó.

—Solo de perfil. Pero no olvidaré jamás la voz de Vittorio. Parecía haber visto un fantasma.

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Bellini dio un paso adelante.

—¿Qué oyó exactamente?

El anciano cerró los ojos. Como si volviera a escuchar aquella conversación. Después habló muy despacio.

—Vittorio dijo…

«Pensé que habías muerto hace ochenta años.»

Y la mujer respondió…

El anciano permaneció unos segundos en silencio.

—¿Qué respondió? Insistió Elena.

Carlo levantó la mirada. Tenía los ojos humedecidos.

—Respondió…

«Eso mismo pensaron todos.»

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Nadie se movió. Bellini no escribió nada. Solo observó al anciano.

—¿Después?

—Se alejaron caminando hacia la calle del mercado. No discutían. No tenían miedo. Parecían dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando aquella conversación.

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Elena formuló la pregunta que llevaba minutos rondándole la cabeza.

—¿Está seguro de que era una mujer?

Carlo sonrió.

—No. Y ésa es la primera pregunta inteligente que me hacen desde ayer.

Bellini levantó lentamente la vista.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que, a mi edad… he aprendido que un abrigo largo y un sombrero pueden engañar a cualquiera. Quizá era una mujer. Quizá no. Lo único que puedo asegurar es que Vittorio conocía a aquella persona. Y aquella persona conocía perfectamente a Vittorio.

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Cuando abandonaron la habitación, ninguno de los dos habló. Solo al llegar al ascensor Bellini rompió el silencio.

—¿Qué piensa?

Elena tardó unos segundos en responder.

—Creo que llevamos varios días haciéndonos la pregunta equivocada.

—¿Cuál?

—Estamos buscando a alguien que permaneció oculto durante ochenta años. Quizá… esa persona nunca se escondió. Quizá ha vivido siempre entre ellos.

Bellini no respondió. Porque, por primera vez desde que comenzó la investigación, esa posibilidad le parecía completamente plausible.

Y si Elena tenía razón… el asesino no acababa de aparecer en la historia. Llevaba en ella desde el primer capítulo, oculto a plena vista.