El tablero de Bellini
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L a sala de reuniones de la comisaría de Alba olía a café frío y papel húmedo. Eran las siete y media de la mañana. Nadie había dormido más de dos horas.
En la pared principal, Bellini había colocado un gran tablero de corcho. No era un mural caótico lleno de flechas, como en las películas. Era limpio. Ordenado. Cada fotografía estaba en su sitio. Cada documento tenía una fecha. Cada hilo unía únicamente hechos demostrados.
Elena lo observó durante unos segundos.
—No hay sospechosos.
Bellini negó con la cabeza.
—Los sospechosos cambian. Los hechos no.
Aquella frase quedó suspendida en la sala.
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En el centro del tablero había una única fotografía. Los cinco hombres. La misma imagen encontrada en el reloj de Vittorio. Debajo, Bellini había escrito con rotulador negro:
“¿Qué ocurrió el 27 de abril de 1945?”
No quién. No cómo. No por qué. Solo una fecha.
—Toda investigación tiene un punto de origen —dijo Bellini—. Si elegimos el punto equivocado, podemos resolver cien preguntas y seguir sin entender el caso.
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Elena recorrió el tablero. A la izquierda estaban los hechos del presente. La muerte de Giuseppe. La muerte de Vittorio. La inscripción del roble. La medalla. El disparo en el monasterio.
A la derecha, los documentos de 1944 y 1945.
En medio… Un enorme espacio vacío.
Bellini sonrió.
—Ese hueco es nuestra investigación.
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Llamaron a la puerta. Entró Marta Gallo con una carpeta.
—Inspector, ya tenemos las primeras declaraciones completas de los asistentes a la feria.
Bellini hojeó las primeras páginas. Todos decían prácticamente lo mismo. Todos habían visto a Vittorio. Nadie lo había visto marcharse. Todos recordaban la música. Nadie recordaba el momento exacto en que dejó de sonar. Todos coincidían… Como si hubieran ensayado la misma historia.
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Bellini cerró la carpeta.
—Eso no es normal.
Elena asintió.
—No. Es memoria colectiva. Cuando muchas personas presencian el mismo acontecimiento, terminan recordándolo de la misma manera, aunque no haya ocurrido así.
Bellini levantó la vista.
—Entonces no buscaremos lo que todos recuerdan. Buscaremos al único que recuerde algo diferente.
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En ese instante sonó el teléfono de Marta. Escuchó durante unos segundos. Después miró al inspector.
—Ha aparecido un testigo.
Bellini no mostró entusiasmo.
—¿Dónde estaba hasta ahora?
—En el hospital. Es un anciano. Dice que no se atrevió a hablar anoche. Pero esta mañana ha cambiado de opinión.
El inspector cogió el abrigo.
—¿Qué afirma haber visto?
Marta respiró hondo.
—Dice que vio a Vittorio hablar con una mujer… vestida completamente de negro.
El silencio llenó la sala.
—¿La conocía?
—No. Pero asegura una cosa.
Todos esperaban la respuesta.
—Dice que, antes de separarse, Vittorio le dijo:
“Pensé que habías muerto hace ochenta años.”
Bellini y Elena cruzaron una mirada. Aquella frase cambiaba toda la investigación. Porque, si el anciano decía la verdad, el pasado no solo había regresado. Quizá nunca se había marchado.