El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El eco de las piedras
35%

El eco de las piedras

​❦​

E l estruendo rebotó entre los muros del monasterio. Durante un instante, el tiempo pareció detenerse. Después llegaron los ecos. Uno. Dos. Tres.

Bellini, que acababa de llegar por el camino principal tras recibir la llamada de Elena, reaccionó de inmediato.

—¡Al suelo!

Elena empujó al padre Angelo detrás del brocal del antiguo pozo. Fragmentos de piedra seguían cayendo desde el arco alcanzado por el proyectil. El olor a pólvora llegó unos segundos después. Muy tenue. Pero inconfundible.

❧

—¿Ha visto de dónde venía?

Preguntó Bellini mientras desenfundaba el arma.

Elena señaló la ladera cubierta de robles.

—Desde allí arriba.

El inspector observó el terreno. Negó con la cabeza.

—Demasiada distancia. Demasiados árboles. No vamos a encontrar a nadie.

Aun así, dos agentes comenzaron a ascender entre la maleza. Bellini sabía que era inútil. Un tirador preparado disponía de varios minutos de ventaja. Y eso significaba una sola cosa. No había improvisado. Había esperado.

❧

El padre Angelo respiraba con dificultad. No por el esfuerzo. Por el recuerdo. Miraba el impacto en la piedra como si hubiera visto aquella escena muchos años atrás.

Elena se arrodilló a su lado.

—Padre… ¿Está herido?

Negó.

—No. Solo…

Cerró los ojos.

—Creí que nunca volvería a oír ese sonido aquí.

❧

Bellini se acercó.

—¿Volver?

El anciano tardó varios segundos en contestar.

—En la primavera de 1945 también dispararon dentro de este monasterio.

El inspector permaneció inmóvil.

—¿Quién?

—No lo sé. Yo era un muchacho. Nos escondimos en la sacristía. Solo recuerdo los disparos… Y después… Silencio.

❧

Bellini intercambió una mirada con Elena. La historia empezaba a repetirse. Demasiadas veces.

❧

Uno de los agentes regresó desde la ladera. Llevaba una pequeña bolsa de pruebas.

—Inspector.

Bellini la abrió. Dentro había un casquillo. Calibre 7,62. Reciente. Todavía conservaba restos de humedad.

—Solo uno. Dijo el agente. El tirador hizo un único disparo.

Bellini observó el casquillo.

—No quería matar. Quería interrumpir la conversación.

Elena completó la idea.

—Porque sabía exactamente qué pregunta iba a hacer.

Los dos guardaron silencio. Aquella conclusión resultaba inquietante. Alguien estaba escuchándolos. O conocía al padre Angelo lo suficiente como para anticipar cada palabra.

❧

Mientras los agentes seguían inspeccionando la zona, Elena caminó sola hasta la antigua capilla. Las paredes estaban desnudas. El altar había desaparecido hacía décadas. Solo permanecía una pila de agua bendita rota y un crucifijo sin brazos. El lugar transmitía una tristeza difícil de explicar.

Entonces algo llamó su atención. En el suelo, junto al altar, había una baldosa ligeramente hundida. No parecía reciente. Era el desgaste de muchos años.

Se agachó. Golpeó suavemente con los nudillos. El sonido era distinto. Hueco.

❧

—Inspector.

Bellini acudió de inmediato. Elena señaló el suelo.

—Escuche.

Bellini repitió el gesto. El eco era claro. Bajo aquella piedra existía un espacio vacío.

Los dos permanecieron mirándola. Ninguno intentó levantarla.

Bellini sonrió apenas.

—Por fin una buena noticia.

Elena lo miró sorprendida.

—¿Cuál?

—Si alguien se tomó la molestia de dispararnos para impedir una conversación… Y además ocultó algo bajo esta iglesia… Significa que seguimos el camino correcto.

❧

En ese instante sonó el teléfono del inspector. Escuchó durante unos segundos. Su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

No toquen nada. Llegamos enseguida.

Colgó lentamente. Elena comprendió que algo había ocurrido.

—¿Qué pasa?

Bellini guardó el teléfono en el bolsillo.

—Han registrado el despacho privado de Vittorio.

—¿Han robado algo?

El inspector negó.

—No. Han dejado algo.

El silencio volvió a instalarse entre las ruinas.

—¿Qué han dejado?

Bellini respiró hondo antes de responder.

—Una fotografía. La misma que había dentro del reloj de Vittorio. La de los cinco guardianes. Pero con una diferencia.

Sacó el móvil. Mostró la imagen enviada por los agentes. Alguien había tachado con tinta negra el rostro de Vittorio. Y, debajo de la fotografía, aparecía una frase escrita con una caligrafía firme y antigua:

“Quedan cuatro.”

A Elena se le heló la sangre. Hasta ese momento habían creído que investigaban dos asesinatos. Acababan de comprender que el asesino ya estaba anunciando el tercero.