La estancia de los ecos
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B ellini empujó la puerta de hierro con la punta del pie. Las bisagras protestaron con un gemido grave, metálico, como si nadie las hubiera movido en décadas.
Un aire helado escapó del interior. No era el frío de una bodega. Era el frío de un lugar que había permanecido aislado del mundo.
El haz de las linternas avanzó lentamente. La estancia era pequeña. No más de seis metros de largo por cuatro de ancho. Las paredes estaban construidas con piedra antigua y la bóveda de ladrillo descansaba sobre gruesos arcos de medio punto.
No había barricas. Ni estanterías. Ni muebles. Solo una mesa de nogal maciza en el centro de la habitación. Y cinco sillas. Perfectamente colocadas formando un círculo.
Nadie habló.
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Elena caminó despacio alrededor de la mesa. El polvo cubría el suelo… pero no las sillas.
Se detuvo. Se agachó. Pasó un dedo por el asiento de una de ellas. Estaba limpio. Muy limpio.
—Inspector…
Bellini comprendió antes de acercarse.
—Han estado aquí hace poco.
No era una suposición. Era un hecho. Alguien había utilizado aquella sala en los últimos días.
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Sobre la mesa descansaba un único objeto. Una caja de madera de nogal. Sin cerradura. Sin adornos. Solo una pequeña cruz grabada en la tapa.
Bellini hizo un gesto al equipo de Científica. Un técnico fotografió la caja desde todos los ángulos. Después levantó cuidadosamente la tapa.
Vacía. O casi. En el fondo había un sobre de papel amarillento sellado con lacre rojo. El mismo lacre encontrado en el monasterio. El mismo que había aparecido junto al roble.
Bellini respiró despacio.
—No lo abrimos aquí.
Elena negó con suavidad.
—Espere. Algo no encaja.
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Se inclinó sobre la caja. La observó durante unos segundos. Luego pasó la mano por el fondo. Sonrió apenas.
—No está vacía.
Bellini frunció el ceño. Elena presionó una pequeña veta de la madera. Se escuchó un clic casi imperceptible. El fondo se desplazó unos centímetros.
Había un doble compartimento. Dentro descansaba una vieja llave de hierro ennegrecida por el tiempo… y una ficha de ajedrez. Un caballo. Tallado en marfil.
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Bellini sostuvo la pieza entre los dedos.
—¿Ajedrez?
Elena recordó inmediatamente al anciano Carlo Ferrero. El tablero. La dama negra. El peón blanco. Y el caballo que faltaba. Aquello no podía ser una casualidad. Era un mensaje. Pero todavía no sabían leerlo.
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El técnico entregó a Bellini el sobre lacrado. El inspector rompió el sello con cuidado. En el interior solo había una hoja. Escrita a máquina. Sin firma. Sin fecha.
Leyó en voz alta.
“Si está leyendo esta carta, significa que uno de nosotros ha muerto. Si han muerto dos, significa que hemos fracasado. No busquen al traidor entre los muertos. Nunca estuvo allí.”
Nadie dijo una palabra. Bellini volvió a leer el texto. Una. Dos veces. Después levantó la vista hacia Elena.
—“Nunca estuvo allí.”
Ella terminó la frase.
—Entonces uno de los Cinco Guardianes… nunca fue un guardián.
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En ese instante, Marta Gallo irrumpió en la estancia. Su rostro había perdido el color.
—Inspector…
Bellini comprendió que traía malas noticias.
—¿Qué ocurre?
—Acaban de identificar las huellas de la copa encontrada en la bodega.
Silencio.
—¿De quién son?
Marta tragó saliva.
—No pertenecen a Vittorio. Ni a Bianca. Ni a Luca. Ni a ningún empleado de Casa Balestra.
Bellini esperó.
—¿Entonces?
La agente respiró hondo antes de pronunciar un nombre.
—Pertenecen al padre Angelo.
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El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era el silencio de la sorpresa. Era el de una certeza que acababa de romperse.
Elena cerró los ojos un instante. Recordó las palabras del anciano en el monasterio.
“Tengo prisa.”
Quizá no era solo porque el tiempo se le acababa. Quizá era porque llevaba ochenta años intentando controlar la historia que todos conocían.
Y, por primera vez, Elena empezó a preguntarse si el hombre que les había abierto la puerta del pasado… no era también quien había decidido qué partes del pasado debían permanecer ocultas.