El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El hombre que murió dos veces
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El hombre que murió dos veces

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E l bosque permanecía en silencio. Ni siquiera el viento parecía atreverse a mover las hojas del viejo roble.

Los focos portátiles de la Policía Científica proyectaban una luz blanca e irreal sobre el cadáver de Vittorio Balestra. Los técnicos trabajaban con movimientos lentos, casi ceremoniales, conscientes de que cualquier error podía destruir una prueba irrepetible.

Bellini permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos del abrigo. Observaba. No hablaba.

Elena conocía esa actitud. Había visto a investigadores precipitarse para demostrar que eran brillantes. Bellini hacía exactamente lo contrario. Primero dejaba que la escena le hablara.

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—Hora aproximada de la muerte.

El forense consultó su reloj.

—Entre las veinte y las veintiuna horas.

Bellini anotó el dato.

—La inauguración comenzó a las veinte y cuarto.

—Entonces murió mientras todos miraban el escenario. Respondió Elena.

El inspector levantó la vista. Exactamente. El asesino había elegido el único momento de la noche en que más de trescientas personas tenían la mirada dirigida hacia otro lugar. No era improvisación. Era planificación.

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Un técnico apareció con una pequeña bolsa transparente.

—Inspector.

Bellini la tomó. Dentro había un botón de nácar. Muy antiguo. Desgastado. No pertenecía a la ropa de Vittorio.

Elena lo observó con atención.

—No es moderno.

—No. Respondió Bellini. Está cosido a mano. Como las prendas de hace muchas décadas.

Sofía, que acababa de llegar al perímetro, palideció al verlo.

—Ese tipo de botones era habitual en los uniformes civiles utilizados por algunos enlaces de la Resistencia durante la guerra.

Bellini no respondió. Solo guardó la bolsa en el maletín de pruebas. Una pista nunca era una respuesta. Solo una pregunta mejor formulada.

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Brando seguía sentado frente al cadáver. No permitía que nadie ocupara el lugar donde había permanecido Vittorio.

Enzo se acercó despacio. Le acarició el cuello.

—Vamos, viejo.

El perro ni siquiera lo miró. Continuó observando el árbol. Entonces ocurrió algo extraño. Empezó a gruñir. No hacia el cuerpo. No hacia la policía. Gruñía… hacia las ramas.

Todos levantaron la vista. Solo vieron oscuridad. Y hojas moviéndose lentamente.

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—Revisad el árbol. Ordenó Bellini.

Dos agentes comenzaron a inspeccionar el tronco. Uno de ellos iluminó una gruesa rama situada a unos cuatro metros de altura.

—¡Inspector!

Había algo clavado en la corteza. Utilizaron una escalera telescópica del equipo de emergencias. El objeto era un pequeño clavo de hierro forjado. Del clavo colgaba una medalla de plata ennegrecida por el tiempo.

En una cara aparecía San Miguel Arcángel. En la otra… Cinco pequeñas estrellas grabadas formando un círculo.

El padre Angelo dio un paso atrás. Su rostro perdió el color.

—No puede ser…

Elena se volvió hacia él.

—¿La conoce?

El sacerdote tardó varios segundos en contestar.

—Creí que todas habían desaparecido.

Bellini clavó la mirada en él.

—¿Todas qué?

El anciano respiró hondo.

—Las medallas de los guardianes.

Silencio absoluto.

—Había cinco. Una para cada uno. Mi padre me habló de ellas cuando yo era un niño. Pensábamos que se habían destruido al terminar la guerra.

El inspector sostuvo la medalla entre los dedos.

—Pues alguien la ha conservado durante ochenta años. Y esta noche ha querido que la encontráramos.

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Elena volvió junto al cuerpo de Vittorio. Algo seguía sin encajar.

Miró las manos. La postura. La ropa. Las hojas bajo sus zapatos. Todo parecía demasiado perfecto.

Se arrodilló. Rozó apenas el borde de la chaqueta. No la movió. Solo la observó. Y entonces lo comprendió.

—Inspector…

Bellini se acercó.

—¿Qué ocurre?

Elena señaló el suelo.

—Mire las hojas.

Bellini frunció el ceño. No entendía.

—¿Qué tienen?

—Nada. Ese es el problema.

Todos guardaron silencio. Elena habló muy despacio.

—No hay hojas aplastadas. No hay marcas de arrastre. No hay señales de que Vittorio caminara hasta este árbol.

A Bellini se le erizó la nuca. Miró de nuevo el terreno. Después el cuerpo. Luego otra vez las hojas. Tenía razón. La escena era impecable. Demasiado impecable.

Vittorio Balestra no había muerto allí. Alguien había llevado su cuerpo hasta el roble… y lo había sentado con el cuidado con el que se coloca una figura en un altar.

El inspector cerró lentamente su libreta. Por primera vez desde que comenzó el caso comprendió que ya no perseguían a un asesino impulsivo. Perseguían a alguien capaz de construir una escena como un mensaje.

Y los mensajes, pensó Bellini, siempre estaban dirigidos a un destinatario. La única pregunta era: ¿Quién debía entender aquel mensaje?