El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) La noche del quinto guardián
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La noche del quinto guardián

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L a Piazza Risorgimento brillaba bajo miles de pequeñas luces doradas. Alba estaba de fiesta.

El aire de octubre era fresco, pero nadie parecía sentir el frío.

El aroma de la trufa blanca se mezclaba con el del Barolo, el queso curado y el pan recién horneado.

Los puestos de madera llenaban la plaza, cocineros llegados de toda Europa preparaban degustaciones y una banda interpretaba viejas melodías piamontesas mientras los visitantes paseaban entre los expositores.

Era una celebración de la tierra. De la tradición. De la memoria. Y, sin saberlo, también el escenario elegido para un asesinato.

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Elena avanzaba despacio entre la multitud. No caminaba como una invitada. Caminaba como una observadora. Había aprendido que, cuando muchas personas sonríen al mismo tiempo, basta con una que no lo haga para cambiar toda una historia.

Bellini apareció a su lado.

—¿Disfrutando de la feria?

—Trabajando.

El inspector sonrió.

—Eso imaginaba.

Los dos permanecieron unos instantes observando a la multitud.

—¿Ve algo extraño?

Elena tardó unos segundos en responder.

—Demasiada normalidad.

Bellini asintió.

—Eso mismo pienso yo.

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En el escenario principal, Vittorio Balestra saludaba a autoridades italianas, productores franceses y representantes de varias academias gastronómicas. Aplaudían. Reían. Le estrechaban la mano.

Pero Elena tuvo una sensación incómoda. Cada vez que alguien se acercaba a Vittorio, él miraba por encima de su hombro. Como si esperara a otra persona. O como si temiera verla aparecer.

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Claire Dubois no fotografiaba los platos. Fotografiaba a la gente. Siempre a la misma gente. Bianca hablando con el alcalde. Riccardo conversando con un anciano productor. Enzo observando el bosque desde el límite de la plaza. Incluso Bellini.

Elena se acercó.

—Pensaba que era periodista gastronómica.

Claire sonrió sin dejar de mirar por el visor de la Leica.

—La gastronomía siempre habla de las personas. Nunca de la comida.

Disparó una fotografía más.

—Y hoy las personas son mucho más interesantes que las trufas.

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A unos metros de allí, Luca servía copas de Barolo a un grupo de invitados japoneses. Reía. Bromeaba. Pero seguía haciendo girar el viejo Zippo entre los dedos. Cada vez más deprisa.

Elena lo observó. El gesto ya no parecía una costumbre. Parecía una cuenta atrás.

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Riccardo desapareció discretamente entre dos calles estrechas del casco antiguo. Bellini lo vio. No dijo nada. Esperó treinta segundos. Y comenzó a seguirlo a distancia. No quería que se sintiera vigilado. Solo necesitaba saber adónde iba.

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Mientras tanto, Bianca buscaba desesperadamente a su padre. Preguntó a un camarero. Después a un concejal. Luego a Luca. Nadie lo había visto desde hacía unos minutos.

—¿No estaba con el alcalde?

—No. Pensé que estaba contigo.

Por primera vez en toda la noche, la sonrisa desapareció del rostro de Bianca.

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Brando levantó de repente la cabeza. El perro estaba tumbado junto al puesto principal. Sus orejas se tensaron. Inspiró profundamente. Después emitió un gemido grave. No ladró. Todavía no. Simplemente miró hacia la oscuridad del Robledal Norte. Como si hubiera reconocido un olor que jamás olvidó.

Enzo dejó la conversación a medias. Conocía demasiado bien a aquel perro.

—¿Qué ocurre, viejo amigo?

Brando dio dos pasos. Se detuvo. Miró a Enzo. Y echó a correr hacia el bosque.

El corazón de Elena dio un vuelco. La misma escena. El mismo perro. El mismo bosque. Y el mismo presentimiento. Sin decir una palabra, empezó a correr detrás de él.

Bellini apareció desde el otro extremo de la plaza, alertado por los gritos. Bianca comprendió al instante que algo iba mal. Luca dejó caer la botella que llevaba en la mano. El cristal estalló contra el suelo.

Vittorio Balestra seguía sin aparecer.

Y, por primera vez desde el inicio de la feria, la música dejó de oírse. No porque hubiera terminado. Sino porque el miedo acababa de imponerse al ruido de la celebración.

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La noche del quinto guardián (Continuación)

Brando corría sin detenerse. No ladraba de forma descontrolada. Emitía un sonido grave, insistente, como si intentara guiar a quienes lo seguían.

Enzo era el primero. Detrás de él corrían Bellini y Elena. Más atrás, varios agentes y algunos invitados, incapaces de comprender qué estaba ocurriendo.

La música de la feria quedó atrás. Solo permanecían el viento y el crujido de las hojas secas bajo los pies.

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El Robledal Norte era distinto de noche. Los troncos centenarios parecían columnas negras que sostenían un techo de ramas interminable. La luz de las linternas apenas conseguía abrir pequeños túneles entre la niebla. Todo lo demás era oscuridad.

Brando se detuvo. Levantó la cabeza. Olfateó el aire. Y continuó caminando. Esta vez mucho más despacio. Como si supiera exactamente adónde debía ir.

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—No corráis. Ordenó Bellini. Su voz sonó firme.

—Si hay alguien aquí, no quiero que destruyamos posibles huellas.

Todos redujeron el paso. Solo se escuchaban respiraciones contenidas. Y el roce de las ramas.

Elena sintió un olor familiar. No era tierra húmeda. Ni hojas. Era trufa blanca. Muy intensa. Demasiado intensa.

Frunció el ceño. En el bosque, una trufa nunca desprendía un aroma así. A menos que… Hubiera sido recién desenterrada.

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Brando volvió a detenerse. Esta vez no avanzó más. Se sentó. Con la cabeza baja. Un leve gemido escapó de su garganta.

Enzo comprendió inmediatamente.

—No quiere acercarse.

Bellini enfocó con la linterna hacia delante. Al principio no vio nada. Solo el enorme roble. El mismo que Vittorio había acariciado aquella tarde. Después distinguió una figura. Sentada al pie del tronco. Inmóvil.

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Nadie habló. Bellini caminó. Un paso. Luego otro. Hasta quedar frente al anciano.

Vittorio Balestra parecía descansar. La espalda apoyada contra el árbol. Las piernas ligeramente flexionadas. Las manos reposaban sobre las rodillas. Los ojos cerrados. El rostro transmitía una paz desconcertante.

Durante un instante, Bellini creyó que simplemente se había quedado dormido. Entonces extendió la mano. Le tocó el hombro. La piel estaba fría. Muy fría.

El inspector bajó lentamente la cabeza. No necesitó decir nada. Todos comprendieron la verdad.

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Bianca llegó unos segundos después. Al ver a su padre se quedó inmóvil. No gritó. No lloró. Caminó despacio hasta él. Se arrodilló. Le acarició el cabello con una ternura infinita. Como si quisiera despertarlo.

—Papá…

Solo pronunció esa palabra. Nada más. Y fue suficiente para romper el silencio del bosque.

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Elena permanecía inmóvil. Había visto la muerte antes. Pero aquella escena era distinta. No había violencia. No había sangre. No había señales de lucha.

Parecía que Vittorio hubiera aceptado sentarse bajo aquel árbol… para esperar a alguien. O a algo.

Entonces bajó la mirada. Y lo vio. Sobre la palma de la mano derecha descansaba una única trufa blanca. Perfecta. Limpia. Intacta. Como una ofrenda. Como una firma.

Bellini también la observó.

—Nadie la toque.

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La Policía Científica comenzó a acordonar el lugar. Los fotógrafos trabajaban en silencio. El médico forense examinó el cuerpo durante varios minutos. Después levantó la vista.

—No encuentro lesiones externas.

Bellini frunció el ceño.

—¿Infarto?

El médico negó.

—No lo sé. Pero esto… No parece una muerte natural.

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Mientras todos centraban su atención en el cadáver, Elena dio unos pasos alrededor del viejo roble. Algo la inquietaba. No sabía qué.

Iluminó la corteza con la linterna. Las cicatrices del árbol dibujaban formas caprichosas. Entonces descubrió unas letras. Muy desgastadas. Casi devoradas por el tiempo.

Acercó la luz. No era una inscripción reciente. Llevaba allí décadas.

Leyó en voz baja:

“El quinto guardián nunca juró.”

Sintió que el aire se enfriaba. Aquella frase no era una amenaza. Era una confesión. Y eso significaba algo mucho más inquietante. Durante ochenta años, todos habían dado por cierta una historia que quizá nunca ocurrió como les habían contado.

Elena apagó la linterna un instante. Miró el cuerpo de Vittorio. Después el inmenso roble. Y comprendió que acababan de encontrar a la segunda víctima del caso… pero la primera víctima de una mentira que llevaba viva desde el final de la guerra.