El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El último almuerzo
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El último almuerzo

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E l monasterio de San Michele quedó atrás envuelto por la niebla. El motor del Alfa Romeo rompía un silencio demasiado pesado para ser cómodo.

Elena observaba el paisaje desde la ventanilla. Viñedos. Avellanos. Pequeñas capillas de piedra. Todo parecía demasiado tranquilo para un lugar donde alguien llevaba ochenta años matando por un secreto.

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Cuando llegaron a Casa Balestra, Vittorio estaba sentado bajo la vieja higuera del jardín. No parecía preocupado. Tenía sobre las rodillas un cuaderno de tapas de cuero. Y una pequeña navaja. Pelaba una manzana. Como si el mundo no se hubiera complicado durante las últimas veinticuatro horas.

Al ver a Elena levantó la mano.

—Chef Vidal. ¿Me concede un almuerzo?

Ella sonrió.

—Pensé que ya había cocinado suficiente.

—Hoy no quiero una chef. Quiero conversación.

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Una hora después los dos estaban solos en la terraza orientada hacia los viñedos. Nada sofisticado. Pan recién horneado. Queso Castelmagno. Tomates del huerto. Aceite de oliva. Y unas finísimas láminas de trufa blanca.

Vittorio cortó un trozo de pan.

—¿Sabe cuál es el mayor error de los cocineros famosos?

Elena negó con la cabeza.

—Creer que cuanto más complicado es un plato… mejor sabe.

Probó un bocado. Cerró los ojos.

—La perfección suele ser muy sencilla.

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Durante casi una hora no hablaron del asesinato. Ni del archivo. Ni del monasterio. Hablaron de cocina. De la infancia. De viajes. De vinos.

Vittorio recordó cómo, siendo niño, acompañaba a su padre por el bosque.

—Él nunca me enseñó dónde estaban las trufas. Me enseñó dónde no debía buscarlas.

Elena sonrió.

—Eso parece poco útil.

—Al contrario. En la vida es más importante saber qué caminos no tomar.

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En un momento dado Vittorio sacó del bolsillo un viejo reloj de plata. Lo abrió. No para mirar la hora. Dentro había una fotografía. Muy pequeña. En blanco y negro. Cinco hombres jóvenes sonreían delante de un roble gigantesco.

Elena reconoció inmediatamente uno de los rostros.

Andrea Balestra.

—¿Su padre?

Vittorio asintió. Después señaló a otro.

—Pietro Ferrero. El abuelo de Giuseppe. Fue el mejor amigo de mi padre.

Su dedo siguió recorriendo la fotografía.

—Luigi Rossetti. Marco Valdieri. Franco Rinaldi. Los cinco guardianes.

Elena respiró despacio.

—¿Quién hizo la fotografía?

Vittorio permaneció en silencio. Finalmente respondió:

—Eso es precisamente lo extraño. Nadie lo sabe. Porque, según los documentos de la época… solo había cinco hombres en aquel bosque.

Los dos permanecieron mirando la imagen. Entonces Elena comprendió algo que hasta ese momento había pasado por alto. Si en la fotografía aparecían los cinco guardianes… alguien tuvo que hacerla. Y ese alguien… Nunca había aparecido en la historia.

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El viento movió lentamente las hojas de la higuera. Vittorio cerró el reloj. Sonrió con una serenidad inesperada.

—¿Sabe qué me gusta de usted, Elena?

Ella negó con la cabeza.

—Que todavía hace las preguntas correctas. Muchos buscan respuestas. Usted busca la pregunta que nadie se ha hecho.

Se levantó. Miró el bosque.

—Esta noche empieza la feria. Será una noche maravillosa.

Y por primera vez desde que había llegado a Alba… Elena tuvo un mal presentimiento. No podía explicarlo. No había ninguna prueba. Solo una intuición. La sensación de que aquel almuerzo… era una despedida.

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El último almuerzo (Continuación)

Durante unos minutos ninguno de los dos volvió a hablar. El viento hacía oscilar lentamente las ramas de la vieja higuera y, a lo lejos, el sonido de un tractor se mezclaba con las campanas de una pequeña iglesia.

Era uno de esos silencios que no resultaban incómodos. Al contrario. Transmitían la tranquilidad de dos personas que no necesitaban llenar cada instante con palabras.

Vittorio fue quien rompió el silencio.

—¿Sabe por qué amo tanto las trufas?

Elena sonrió.

—Supongo que porque ha vivido rodeado de ellas.

El anciano negó despacio.

—No. Porque son humildes. No crecen donde uno quiere. No aceptan órdenes. No entienden de dinero. Ni de poder. Solo aparecen cuando el bosque decide que ha llegado el momento.

Miró hacia el robledal.

—Los hombres deberíamos aprender de ellas.

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Un coche apareció por el camino de acceso a la finca. Era un vehículo negro. Discreto. Sin distintivos.

Bianca salió inmediatamente de la casa. Su expresión cambió al reconocer al conductor.

—Papá… Ha venido el notario.

Vittorio no pareció sorprenderse.

—Hazlo pasar.

Elena observó la escena con curiosidad.

—¿Esperaba visita?

—Sí. Desde hace tiempo.

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El notario era un hombre de unos sesenta años, delgado y de modales impecables. Traía un maletín de cuero oscuro. Saludó con educación. Pero evitó mirar a los demás. Solo parecía interesado en Vittorio. Se llamaba Giulio Rinaldi.

—¿Está preparado?

Preguntó en voz baja.

—Sí. Respondió el anciano.

Bianca cerró discretamente la puerta del despacho.

La reunión duró poco más de media hora. Nadie supo qué se habló en su interior. Cuando el notario abandonó la casa llevaba el mismo maletín… Pero ahora parecía mucho más pesado.

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Mientras tanto, Elena ayudaba al personal de cocina a preparar el cóctel previo a la inauguración de la feria.

Luca apareció con dos cajas de Barolo.

—¿Puedo robarle cinco minutos?

—Depende. ¿Va a intentar convencerme de que el vino es más importante que la cocina?

Luca sonrió.

—Jamás cometería semejante imprudencia.

Caminaron hasta la pequeña bodega excavada bajo la casa. La temperatura descendió varios grados. Miles de botellas descansaban alineadas en estanterías de madera.

Luca acarició una de ellas.

—Mi familia cree que las trufas son nuestro mayor tesoro.

Se volvió hacia Elena.

—Yo creo que son los recuerdos.

Guardó silencio unos segundos.

—Cuando murió mi madre… Mi tío Vittorio fue quien me enseñó a seguir adelante. Nunca quiso tener hijos varones. Pero siempre me trató como si lo fuera.

Elena percibió un brillo extraño en sus ojos. No era tristeza. Era gratitud. En aquel momento comprendió algo importante. Luca podía ocultar cosas. Pero quería sinceramente a Vittorio.

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Al salir de la bodega encontraron al padre Angelo esperando en el jardín. El sacerdote contemplaba el bosque. Sin moverse. Como una estatua.

—Padre… ¿Todo bien?

Preguntó Elena.

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Hay lugares donde uno siente cuándo algo está a punto de romperse.

Miró hacia el Robledal Norte.

—Ese bosque lleva dos días demasiado silencioso.

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Elena frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El sacerdote respiró profundamente.

—Cuando era joven… Los viejos buscadores decían que antes de una desgracia los pájaros abandonaban ciertos árboles. No les creía. Hasta que lo vi con mis propios ojos.

Elena siguió la dirección de su mirada. Entonces lo advirtió. Desde que había llegado a Casa Balestra… No había oído cantar un solo pájaro en el Robledal Norte. Solo el viento. Y el silencio.

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Al caer la tarde comenzaron a llegar los primeros invitados de la inauguración de la Feria Internacional de la Trufa Blanca de Alba. Periodistas. Chefs. Productores. Enólogos. Autoridades locales.

La finca recuperó la vida. Las risas. Las copas. La música. Todo parecía anunciar una noche inolvidable.

Desde el balcón de la planta superior, Vittorio observaba a los invitados. Elena se acercó.

—Parece satisfecho.

El anciano sonrió sin apartar la vista del jardín.

—Sí. Porque todo está exactamente donde debía estar.

—¿A qué se refiere?

Vittorio tardó unos segundos en contestar.

—Hay personas que pasan la vida intentando controlar el futuro. Yo solo he intentado dejar las cosas preparadas para cuando ya no esté.

Elena lo miró sorprendida. Aquellas palabras no sonaban a reflexión. Sonaban a despedida.

Antes de que pudiera preguntar nada más, Bianca apareció en la puerta.

—Papá. Es la hora.

Vittorio respiró hondo. Se colocó la chaqueta. Y, antes de salir, dijo algo que Elena no olvidaría jamás.

—Chef Vidal… Si esta noche ocurre algo… Prométame una cosa.

—¿Cuál?

El anciano sostuvo su mirada con una serenidad absoluta.

—No permita que entierren la verdad otra vez.

Sin esperar respuesta, salió del salón.

Elena permaneció inmóvil. Acababa de hacerle una promesa… sin saber todavía el precio que tendría cumplirla.

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El último almuerzo (Continuación)

La tarde fue cayendo sobre las colinas de Langhe.

El sol comenzó a ocultarse tras las hileras de viñedos, tiñendo de cobre las fachadas de piedra de Casa Balestra.

El jardín, que apenas unas horas antes había sido un lugar de calma, se transformó en un elegante escenario iluminado por guirnaldas de luz cálida suspendidas entre los árboles.

El aroma de la mantequilla, del pan recién horneado y de la trufa blanca se mezclaba con el perfume húmedo de la tierra.

Los invitados conversaban en pequeños grupos. Periodistas. Productores. Cocineros. Importadores japoneses. Críticos gastronómicos. Nadie imaginaba que aquella sería una noche recordada por motivos muy distintos a la gastronomía.

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Elena recorría discretamente el jardín comprobando que cada estación de degustación funcionara con precisión.

Un camarero se acercó.

—Chef, el señor Balestra pregunta por usted.

Lo encontró junto al viejo roble que presidía la entrada del jardín. No estaba acompañado. Miraba el árbol con una mezcla de respeto y nostalgia.

—¿Le gusta?

—Es impresionante.

Vittorio apoyó la palma de la mano sobre la corteza.

—Tiene más de trescientos años. Ha visto guerras. Hambrunas. Invasiones. Y aún sigue aquí.

Guardó silencio unos segundos.

—Los árboles saben guardar secretos mejor que los hombres.

Elena sonrió.

—Últimamente habla mucho de secretos.

—Porque últimamente vuelven a buscarlos.

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Un estallido de aplausos interrumpió la conversación. En el pequeño escenario acababa de comenzar el acto inaugural.

Bianca tomó el micrófono. Su voz sonó firme. Segura. Agradeció la presencia de autoridades y productores, habló del valor cultural de la trufa blanca y recordó el trabajo de generaciones enteras de buscadores.

Cuando terminó, invitó a Vittorio a subir. Todo el jardín se puso en pie. El anciano avanzó despacio. No caminaba como un hombre poderoso. Caminaba como alguien profundamente querido.

El silencio fue absoluto cuando comenzó a hablar.

—Durante muchos años creí que el mayor legado que podía dejar era esta feria. Hoy sé que me equivocaba. El verdadero legado no son las trufas. Ni el vino. Ni las tierras. El verdadero legado consiste en dejar a nuestros hijos un lugar donde aún merezca la pena vivir.

Los aplausos volvieron a estallar. Pero Elena observó algo que nadie más parecía haber advertido. Mientras todos miraban a Vittorio… Un hombre, al fondo del jardín, no aplaudía. Permanecía inmóvil. Con las manos en los bolsillos. Oculto entre los invitados.

Cuando Elena intentó fijarse mejor en su rostro, una pareja pasó delante de ella. Solo fueron dos segundos. Al volver a mirar… El desconocido había desaparecido.

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La noche avanzó. Las copas se llenaban y vaciaban. Las conversaciones se cruzaban entre risas.

Bellini, sin embargo, no se relajaba. Paseaba lentamente entre los asistentes sin que pareciera vigilar a nadie. En realidad, vigilaba a todos.

Se acercó a Elena.

—¿Ha visto a Vittorio?

—Hace unos minutos estaba junto al escenario.

Bellini negó.

—Ya no está.

Elena buscó con la mirada. Bianca hablaba con unos periodistas. Luca servía vino a unos invitados franceses. Claire fotografiaba una antigua prensa de uvas. Riccardo conversaba con el alcalde. El padre Angelo permanecía sentado bajo la higuera.

Pero Vittorio… No estaba.

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En ese mismo instante, Brando comenzó a ladrar. No hacia el jardín. Hacia el Robledal Norte. Un ladrido grave. Insistente. Desesperado.

Enzo dejó inmediatamente la copa sobre una mesa.

—Algo ocurre.

El perro salió corriendo hacia la oscuridad. Sin esperar órdenes. Enzo fue el primero en seguirlo. Después Bellini. Luego Elena. Las linternas comenzaron a encenderse mientras abandonaban el jardín y se internaban entre los robles.

El murmullo de la fiesta quedó atrás. Solo permanecía el sonido de las ramas agitadas por el viento. Y los ladridos cada vez más intensos de Brando.

El corazón de Elena comenzó a acelerarse. No sabía por qué. Pero una idea se abrió paso con una claridad insoportable.

Habían llegado demasiado tarde.