El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El coche bajo los castaños
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El coche bajo los castaños

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E l vehículo apareció donde nadie esperaba encontrarlo. No estaba oculto. Ni abandonado en mitad del bosque. Permanecía perfectamente estacionado junto a un antiguo camino agrícola, bajo la sombra de varios castaños centenarios, como si su propietario hubiera pensado regresar pocos minutos después.

El Fiat Panda blanco de Giuseppe Ferrero estaba cubierto por una fina capa de barro seco. Bellini detuvo el coche patrulla unos metros antes.

—Que nadie toque nada.

Dos agentes ya habían acordonado la zona. Uno de ellos saludó al inspector.

—No hemos abierto el vehículo.

Bellini asintió satisfecho.

—Bien. Así debe seguir.

Elena caminó despacio alrededor del coche.

No buscaba pruebas. Buscaba incoherencias.

La puerta del conductor estaba cerrada. Las ventanillas completamente subidas.

No había señales de violencia. En el asiento del copiloto descansaba una vieja cesta de mimbre.

Vacía. Pero perfectamente limpia. Demasiado limpia.

—Inspector.

Bellini se acercó.

—¿Qué ve?

—Giuseppe era buscador de trufas. Después de una jornada en el bosque esa cesta debería estar llena de tierra, hojas y restos de raíces. Ésta parece lavada.

Bellini observó el interior. Tenía razón. Ni una mota de barro.

—¿Insinúa que alguien la limpió?

—No. Insinúo que alguien quería que pareciera que Giuseppe nunca llegó a utilizarla.

Enzo permanecía inmóvil. Mirando el coche. Con una expresión que Elena aún no le había visto. Era tristeza. Pero también desconcierto.

—No es su cesta.

Dijo finalmente. Todos lo miraron.

—¿Cómo?

—No es la que llevaba siempre. Giuseppe tenía otra. Más vieja. Con una grieta aquí.

Señaló el borde derecho.

—Ésta es nueva. La compró hace dos semanas. Nunca la utilizó.

El silencio volvió a caer sobre el grupo. Bellini anotó el dato.

—Entonces… ¿Dónde está la cesta verdadera?

Nadie respondió.

La Policía Científica abrió finalmente el coche. Todo parecía normal. Documentación. Una botella de agua. Una linterna. Guantes. Un impermeable. Hasta que uno de los técnicos levantó la alfombrilla del conductor.

—Inspector.

Bellini se acercó. Debajo había una pequeña llave de latón. Muy antigua. El barro la había ocultado casi por completo. El técnico la depositó cuidadosamente sobre una bandeja metálica.

A Elena se le aceleró el pulso. La llave.

Recordó inmediatamente la conversación nocturna entre Vittorio y la figura del bosque.

Había visto una llave muy parecida. ¿Era la misma?

No podía asegurarlo. Pero tampoco podía ignorarlo.

Por primera vez decidió callarse algo. No porque desconfiara de Bellini.

Sino porque aún no estaba preparada para explicar lo que había visto aquella madrugada.

Mientras los técnicos seguían trabajando, Brando comenzó a olfatear alrededor del coche. Se alejó unos metros. Después otros diez. Y terminó deteniéndose frente a un viejo mojón de piedra cubierto de musgo. El perro empezó a rascar con insistencia.

Enzo se acercó. Apartó varias hojas secas. No encontró nada. Solo una inscripción casi borrada por el tiempo. Sofía limpió la superficie con un pañuelo húmedo. Poco a poco fueron apareciendo unas letras.

A.B. Debajo… P.F. Y más abajo otras tres iniciales. L.R. M.V. C.R.

Los cinco nombres. Los mismos que Vittorio había pronunciado apenas una hora antes.

Sofía respiró hondo.

—No son unas iniciales cualquiera.

Bellini levantó la vista.

—¿Qué significan?

La historiadora pasó lentamente la mano por la piedra.

—Esto no es un mojón agrícola. Es un marcador. Un lugar de reunión. Los cinco guardianes estuvieron aquí.

El inspector observó el camino que desaparecía entre los árboles. Después miró a Vittorio.

—¿Qué había más adelante?

El anciano tardó en responder. Su voz sonó casi como un susurro.

—Hace ochenta años… Aquí empezaba un sendero. Hoy ya no existe. Pero conducía…

Hizo una pausa.

—…al viejo monasterio de San Michele.

Elena levantó la cabeza.

—¿Sigue en pie?

—Solo quedan ruinas. Nadie sube allí desde hace décadas.

En ese instante sonó el teléfono de Bellini. Escuchó durante unos segundos. Su expresión volvió a endurecerse.

—Entendido. Vamos inmediatamente.

Colgó. Todos esperaban.

—Acaban de identificar las huellas encontradas junto a la caja.

—¿Y?

Bellini miró a Vittorio. Luego a Bianca. Después a Luca. Finalmente dijo:

—No pertenecen a ningún desconocido. Pertenecen… a alguien que estuvo cenando anoche en Casa Balestra.

Y por primera vez, el círculo de sospechosos dejó de ser una idea. Acababa de cerrarse.

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Nadie habló. Las palabras de Bellini parecían haberse quedado suspendidas sobre el camino.

—¿De quién son las huellas? —preguntó Bianca.

El inspector cerró la carpeta que acababa de entregarle el técnico de la Policía Científica.

—Aún no puedo decirlo.

Luca dejó escapar una risa seca.

—Eso significa que sí puede.

Bellini levantó la vista.

—Significa que antes quiero estar completamente seguro. Porque, si el laboratorio no se equivoca… esa persona estuvo junto a Giuseppe pocas horas antes de morir.

El silencio volvió a imponerse. Elena observó a todos. No escuchó ninguna protesta. Ninguno preguntó cómo habían obtenido aquella identificación. Todos reaccionaron de la misma manera. Mirándose unos a otros. Como si cada uno estuviera haciendo exactamente el mismo cálculo. “Espero que no sea yo.”

Mientras los agentes terminaban la inspección del coche, Elena volvió hasta el viejo mojón de piedra. La inscripción seguía allí. Cinco iniciales. Cinco nombres. Cinco hombres. Pero había algo que no terminaba de convencerla.

Se agachó. Pasó la mano por la superficie. El musgo ocultaba otra marca. Muy tenue. Sacó una pequeña brocha del bolsillo de su chaqueta —una costumbre adquirida durante años visitando cocinas históricas y bodegas antiguas— y comenzó a retirar cuidadosamente la humedad.

Poco a poco apareció un símbolo. No era una cruz. No era un escudo. Era una estrella de cinco puntas inscrita dentro de un círculo. Muy gastada. Muy antigua.

Sofía se acercó inmediatamente.

—Eso no pertenece a la Resistencia.

—¿Está segura?

—Completamente. Ese símbolo es mucho más antiguo. Quizá medieval. O incluso anterior.

Bellini suspiró.

—Cada vez entiendo menos esta historia.

Enzo permanecía observando el bosque. De pronto habló.

—Giuseppe nunca venía por este camino.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Qué quieres decir?

—Llevo veinte años recorriendo estos robledales. Este sendero no conduce a las mejores zonas de búsqueda. Conduce…

Miró hacia la colina.

—…al monasterio.

Elena cruzó una mirada con Sofía.

—Entonces Giuseppe no estaba buscando trufas.

Enzo negó lentamente.

—No. Aquel día buscaba otra cosa.

Bellini recibió una llamada por la radio. Respondió con frases cortas. Después guardó el aparato. Su expresión había cambiado.

—Acaban de localizar el teléfono móvil de Giuseppe.

Todos guardaron silencio.

—¿Dónde estaba?

—En el campanario del monasterio de San Michele.

Luca frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque el campanario lleva cuarenta años cerrado. Las escaleras interiores se derrumbaron hace décadas.

Bellini sostuvo su mirada.

—Pues alguien ha conseguido subir. Y ha dejado allí el teléfono.

El inspector tomó una decisión.

—Vamos al monasterio. Ahora.

El camino ascendía entre viñedos y robles.

La niebla comenzaba a disiparse. Por primera vez desde que Elena había llegado al Piamonte, el paisaje aparecía completamente abierto.

Las colinas onduladas parecían un mar inmóvil.

Pequeños pueblos de piedra coronaban las cimas.

Campanarios. Castillos. Viñedos infinitos.

Era un paisaje hermoso. Y precisamente por eso resultaba tan inquietante pensar que llevaba ochenta años ocultando un secreto.

Las ruinas de San Michele aparecieron tras una curva. Solo quedaban en pie parte de la iglesia, el campanario y un ala del antiguo monasterio. El resto era un montón de piedras invadidas por la vegetación. El viento silbaba entre los arcos derruidos.

Brando dejó de caminar. Se negó a avanzar. Enzo tiró suavemente de la correa. El perro gimió. No era miedo. Era rechazo. Como si aquel lugar le resultara profundamente incómodo.

El padre Angelo hizo la señal de la cruz. Muy despacio. Elena lo observó.

—¿Conocía este lugar?

El sacerdote tardó en responder.

—Sí. Cuando era niño aún se celebraba misa aquí una vez al año. Después… Nadie volvió.

—¿Por qué?

El anciano levantó la vista hacia el campanario. Sus ojos parecían haber envejecido de repente.

—Porque una noche desaparecieron tres personas. Nunca encontraron los cuerpos. Desde entonces, el monasterio quedó abandonado. Nadie volvió a hablar de ello.

Un silencio gélido recorrió al grupo. Bellini lo rompió.

—Tres desaparecidos… ¿En qué año?

El padre Angelo cerró los ojos un instante. Cuando respondió, su voz apenas fue un susurro.

—En 1945.

Elena sintió que todas las piezas empezaban a acercarse unas a otras. Los cinco guardianes. El monasterio. Giuseppe. Vittorio. Nada era casual. Y tuvo una certeza que no compartió con nadie.

La respuesta no estaba enterrada bajo los robles. La respuesta llevaba ochenta años esperando entre aquellas ruinas.