El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El hombre que buscaba bajo la tierra
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El hombre que buscaba bajo la tierra

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E l amanecer llegó envuelto en una niebla tan espesa que Casa Balestra parecía flotar sobre un mar blanco. Desde la ventana de su habitación, Elena apenas alcanzaba a distinguir el viejo roble que presidía la entrada del bosque.

La noche anterior apenas había dormido. Una y otra vez volvía a su memoria la imagen de Vittorio estrechando la mano de aquella figura anónima.

Había algo en aquel encuentro que no encajaba.

No era una reunión clandestina. Tampoco una discusión.

Era una despedida. Y no sabía por qué aquella idea la inquietaba tanto.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—¿Chef Vidal?

Era Alessandro. Su voz sonaba distinta. Más tensa.

—¿Sí?

—Vittorio ha salido muy temprano con Bellini. Dicen que quieren volver al lugar donde encontraron a Giuseppe.

Elena tardó apenas unos minutos en vestirse.

El Robledal Norte estaba completamente silencioso.

Ni pájaros. Ni viento. Solo el sonido húmedo de las botas hundiéndose en el mantillo.

Bellini esperaba junto al claro donde había aparecido el cuerpo de Giuseppe Ferrero.

Llevaba la misma libreta negra del día anterior.

No levantó la vista cuando Elena se acercó.

—Buenos días.

—Inspector.

—No esperaba verla tan pronto.

—Yo tampoco esperaba encontrarme aquí.

Bellini cerró la libreta.

—Quizá sea mejor así.

Vittorio permanecía unos metros más adelante, observando el suelo con una intensidad impropia de un hombre de su edad. No buscaba huellas. Buscaba recuerdos.

Enzo caminaba lentamente entre los robles acompañado por Brando. El perro olfateaba la tierra sin apartarse nunca del sendero que Giuseppe recorría cada otoño. De pronto se detuvo. Gruñó. No era un gruñido agresivo. Era una advertencia.

Enzo se agachó. Apartó cuidadosamente las hojas secas. Debajo apareció una pequeña cinta roja, apenas visible entre la tierra húmeda.

—Esto no estaba aquí.

Bellini se acercó. Era un trozo de tela. Deshilachado. Con restos de barro. Pero Elena no miraba la cinta. Miraba el agujero del que acababa de salir. Era demasiado limpio. Demasiado reciente. Alguien había cavado allí. Y lo había vuelto a cubrir con enorme cuidado.

—Inspector.

Bellini siguió la dirección de su mirada.

Los dos permanecieron unos segundos en silencio.

Después comenzó a retirar tierra con las manos.

Apenas había descendido veinte centímetros cuando los dedos chocaron contra algo duro.

No era piedra. Era madera. Una caja. Pequeña.

Envejecida. Sellada con clavos oxidados.

Ninguno dijo nada. Bellini respiró hondo antes de levantar la tapa. Dentro no había joyas. Ni dinero. Solo una vieja libreta envuelta en tela encerada. Y un sobre amarillento.

Vittorio cerró los ojos. Como si hubiera reconocido inmediatamente aquellos objetos.

—Dios mío…

Murmuró.

Elena tomó la libreta con extremo cuidado. La primera página llevaba escrita una fecha. 18 de octubre de 1944. Debajo podía leerse una única frase, escrita con tinta ya desvaída:

“Si alguien encuentra estas páginas, significa que nosotros ya no estamos para contar la verdad.”

Un viento frío atravesó el robledal. Brando levantó la cabeza de golpe. Miró hacia lo más profundo del bosque. Y empezó a ladrar con una furia que nadie le había visto jamás.

Bellini se giró inmediatamente. Entre los árboles… una sombra acababa de desaparecer.

❧

El ladrido de Brando quebró el silencio del robledal. No era un ladrido nervioso. Era el sonido seco y profundo de un perro que había detectado una presencia.

Bellini desenfundó la pistola con un movimiento automático.

—¡Carabinieri! ¡Salga de donde está!

No hubo respuesta. Solo el rumor de las hojas agitadas por una ráfaga de viento.

Enzo soltó la correa del perro.

—¡Brando!

El lagotto salió disparado entre los robles, siguiendo un rastro invisible para el resto. Durante unos segundos solo se escuchó el crujido de ramas quebrándose. Después… Silencio.

Elena intercambió una mirada con Bellini. Los dos comenzaron a avanzar. El bosque parecía diferente apenas unos metros más allá del claro. La niebla absorbía los sonidos. Los troncos se alzaban como columnas oscuras. Cada paso obligaba a apartar ramas cubiertas de humedad.

De pronto encontraron a Brando. Estaba inmóvil. No ladraba. Miraba fijamente el suelo.

Bellini se agachó. Allí había una huella. Nítida. La marca de una bota de montaña. Muy reciente. Apenas alterada por el barro.

—Número cuarenta y tres… quizá cuarenta y cuatro.

Murmuró.

Enzo negó con la cabeza.

—No pertenece a ninguno de los buscadores de trufas. Todos llevamos suelas distintas.

Bellini lo miró sorprendido.

—¿Cómo puedes saberlo?

Enzo sonrió levemente.

—Usted distingue un arma por el sonido del disparo. Nosotros distinguimos unas botas por la huella.

El inspector hizo una fotografía antes de cubrirla con una pequeña caja protectora. Después siguieron avanzando. El rastro terminaba en un viejo camino forestal. Allí las marcas desaparecían. Alguien había subido a un vehículo. Había planeado la huida. No era un improvisado.

Regresaron al claro. La pequeña caja permanecía sobre un tronco caído. Bellini llamó inmediatamente a la Policía Científica.

Mientras esperaban, Elena volvió a examinar la libreta. Era un cuaderno escolar. Las tapas estaban deformadas por la humedad. Las primeras páginas aparecían escritas con una caligrafía firme y elegante. La tinta había resistido sorprendentemente bien el paso del tiempo.

Leyó en voz alta.

“Hoy hemos escondido aquello que jamás debió existir. No sé si alguien llegará a encontrarlo algún día. Si ocurre, espero que el mundo sea mejor que el que nosotros hemos conocido.”

No había firma. Solo unas iniciales. A. B.

Vittorio cerró los ojos.

—Andrea…

Susurró.

—Mi padre.

Nadie habló. El anciano permaneció largo rato contemplando aquellas letras. Era la primera vez que Elena veía desaparecer toda la serenidad de su rostro. No parecía un empresario. Ni un patriarca. Parecía un hijo.

El sobre estaba lacrado con un sello de cera ya quebrado. Bellini observó a Vittorio.

—¿Lo abrimos?

El anciano tardó unos segundos en responder. Finalmente asintió.

El inspector rompió con cuidado el sello.

Dentro solo había una hoja doblada. Muy pequeña.

La desplegó lentamente. No era una carta.

Era un dibujo. Cinco robles. Dispuestos formando una estrella.

Uno de ellos aparecía marcado con una cruz.

En la esquina inferior alguien había escrito únicamente una palabra.

Custode.

Elena frunció el ceño.

—“Guardián”…

Sofía Moretti acababa de llegar al claro acompañada por Alessandro. Había escuchado la última palabra. Tomó el papel con extremo cuidado.

—No creo que se refiera a una persona.

Todos la miraron.

—En los documentos de la Resistencia italiana era habitual utilizar nombres simbólicos para designar lugares.

Bellini cruzó los brazos.

—¿Quiere decir que “Custode” podría ser un escondite?

—O un árbol concreto. O una ermita. O una bodega. O cualquier lugar cuya ubicación conocieran únicamente quienes escribieron esto.

Elena volvió a observar el dibujo. Cinco robles.

Una estrella. Una cruz. Había algo extraño.

Muy extraño. Sacó un lápiz del bolsillo.

Giró el papel ciento ochenta grados. Entonces lo vio.

La estrella dejaba de parecer una estrella.

Ahora recordaba… Una brújula. No. Algo más antiguo. Mucho más antiguo.

—No son árboles colocados al azar.

Dijo casi para sí.

—Es una rosa de los vientos.

Sofía abrió mucho los ojos.

—Tiene razón… Y además… No señala el norte. Señala otra cosa.

En ese instante sonó el teléfono de Bellini. Contestó de inmediato. Su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

—¿Cuándo?

—No toquen absolutamente nada. Voy para allá.

Colgó lentamente. Nadie necesitó preguntar. Su rostro lo decía todo.

—Acaban de registrar el despacho de Vittorio en Casa Balestra. Alguien ha entrado esta mañana. No se ha llevado dinero. Ni joyas. Solo ha desaparecido un documento.

Vittorio dio un paso al frente.

—¿Qué documento?

Bellini lo miró fijamente.

—Eso iba a preguntarle yo.

El anciano tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz apenas era un susurro.

—El árbol genealógico de mi familia.

El silencio cayó sobre el robledal. A Elena se le heló la respiración. Hasta ese momento todos habían creído que el asesino buscaba un mapa. O un tesoro. Pero alguien acababa de demostrar que lo que realmente necesitaba eran… los nombres.

❧

El regreso a Casa Balestra se hizo en un silencio casi incómodo. Nadie encontraba palabras para explicar lo sucedido. La libreta de Andrea Balestra descansaba ahora dentro de una bolsa de pruebas en el asiento trasero del vehículo de Bellini.

El inspector no apartaba la vista del retrovisor. Tenía la desagradable sensación de que alguien los seguía. No había ningún coche. Ninguna motocicleta. Solo la carretera serpenteando entre los viñedos cubiertos por la niebla. Pero aquella sensación persistía.

Cuando llegaron a la finca, dos agentes uniformados custodiaban la puerta principal. Uno de ellos se acercó inmediatamente.

—Inspector.

Bellini bajó del coche.

—¿Qué tenemos?

—Ningún acceso forzado. Todas las cerraduras estaban intactas.

Elena levantó la vista hacia las ventanas del piso superior. Nada parecía fuera de lugar. Era precisamente eso lo inquietante. Quien había entrado… Conocía perfectamente la casa.

El despacho de Vittorio ocupaba una esquina de la planta baja.

Era una estancia cálida, revestida de madera de nogal y perfumada por el inconfundible olor de los viejos libros.

Sobre la mesa seguían abiertos varios catálogos de la feria.

Unas gafas. Una estilográfica. Una taza de café ya fría.

Todo permanecía exactamente donde Vittorio lo había dejado aquella mañana.

Excepto una cosa. La vitrina situada junto a la chimenea estaba abierta.

Bellini se colocó unos guantes de nitrilo. Observó la cerradura. No había señales de violencia.

—La llave.

Murmuró.

—Alguien tenía la llave.

Vittorio asintió.

—Solo existían tres copias.

—¿Quién las tenía?

—Yo. Bianca. Y…

Se detuvo.

Bellini levantó la vista.

—¿Y?

—Mi hermano Andrea. Pero murió hace quince años.

El inspector anotó el dato.

—¿Se recuperó aquella llave?

Vittorio tardó demasiado en responder.

—Nunca apareció.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación.

Elena comenzó a recorrer lentamente el despacho.

No buscaba huellas. Buscaba contradicciones.

Frente a la ventana había una pequeña biblioteca.

Historia del Piamonte. Botánica. Micología.

Resistencia italiana. Nada extraño. Hasta que algo llamó su atención.

En una estantería había una fina capa de polvo…

Excepto en un pequeño rectángulo perfectamente limpio. Allí había faltado un libro. Uno solo.

—Inspector.

Bellini se acercó.

—Aquí había otro volumen.

Vittorio frunció el ceño.

—Es imposible. Nadie toca mis libros.

El anciano revisó los títulos uno por uno. De repente palideció.

—No falta un libro. Falta un álbum.

—¿Qué álbum?

—Fotografías familiares. Desde principios del siglo pasado.

Bellini dejó de escribir.

—¿También aparecen personas?

—Toda la familia. Mi padre. Mi abuelo. Los trabajadores. Los buscadores de trufas… Todos.

Elena sintió un vuelco. Primero el árbol genealógico. Ahora las fotografías. El ladrón no buscaba documentos históricos. Buscaba… Identidades.

Mientras los agentes terminaban la inspección, Bianca permanecía inmóvil junto a la ventana. Tenía los brazos cruzados. No lloraba. No parecía asustada. Parecía furiosa.

Elena se acercó.

—¿Está bien?

Bianca tardó unos segundos en responder.

—No.

Miró hacia el robledal.

—Llevo años diciéndole a mi padre que alguien acabaría viniendo. Nunca quiso escucharme.

—¿Quién?

Bianca negó.

—Ojalá lo supiera.

En ese momento sonó el teléfono fijo del despacho. Todos se sobresaltaron. Vittorio fue el primero en reaccionar. Descolgó.

—¿Sí?

Nadie escuchaba la voz al otro lado. Solo la de Vittorio.

—No… Eso es imposible.

—¿Quién es usted?

—¿Cómo ha conseguido este número?

—Escúcheme bien…

La expresión del anciano cambió. Toda la sangre pareció desaparecer de su rostro.

—No… No lo haga.

La llamada se cortó. Durante varios segundos nadie dijo una palabra. Bellini fue el primero.

—¿Qué le han dicho?

Vittorio seguía sujetando el auricular. Como si aún pudiera escuchar aquella voz. Finalmente habló. Muy despacio.

—Ha dicho una sola frase.

Respiró hondo. Y repitió aquellas palabras exactamente como las había oído.

—“Los guardianes nunca mueren todos.”

El despacho quedó en silencio. Entonces ocurrió algo inesperado.

El padre Angelo, que había permanecido inmóvil desde que comenzó la inspección, dejó caer el rosario que sostenía entre los dedos.

Las cuentas de madera golpearon el suelo con un sonido seco.

Era la primera vez que alguien veía al anciano sacerdote perder la compostura.

No dijo una palabra. Pero Elena comprendió inmediatamente una cosa. El padre Angelo… conocía aquella frase.

Y, por primera vez desde que había llegado a Alba, dejó de verlo como un simple sacerdote. Porque un hombre solo reacciona así cuando el pasado acaba de llamar a su puerta.