El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) La mesa de los silencios (Parte I)
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La mesa de los silencios (Parte I)

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L a cocina de Casa Balestra ya estaba despierta mucho antes de que el resto de la casa comenzara a llenarse de voces.

Eran poco más de las nueve de la mañana cuando Elena cruzó la puerta de acero inoxidable que comunicaba el antiguo caserón con la moderna cocina profesional que Vittorio había construido diez años atrás.

Le sorprendió el contraste. Desde el exterior, la finca conservaba el aspecto de una casa rural del siglo XIX.

Sin embargo, tras aquella puerta se escondía una cocina digna de cualquier restaurante con tres estrellas Michelin.

Encimeras de acero cepillado. Hornos de última generación.

Una cámara de maduración de quesos. Otra destinada exclusivamente a las trufas.

Y, en el centro, una enorme isla de trabajo iluminada por la luz que entraba a través de un ventanal orientado hacia los robledales.

Elena dejó su funda de cuchillos sobre la mesa y permaneció inmóvil unos segundos. Siempre hacía lo mismo cuando cocinaba en un lugar desconocido. Observaba. Escuchaba. Respiraba. Cada cocina tenía un ritmo distinto. Un carácter. Como las personas.

—¿Puedo entrar?

La voz llegó desde la puerta. Era una mujer de unos cuarenta años. Alta. Cabello castaño recogido en un moño impecable. Vestía un traje azul oscuro que parecía más apropiado para un consejo de administración que para una casa de campo. Sostenía una carpeta de cuero bajo el brazo.

—Claro.

La mujer avanzó despacio. No sonreía. Pero tampoco transmitía frialdad. Más bien daba la impresión de estar acostumbrada a controlar cualquier situación.

—Soy Bianca Balestra. Mi padre me ha hablado mucho de usted.

Elena le estrechó la mano. Era un saludo firme. Seguro. Sin un ápice de afectación.

—Encantada.

—El placer es mío. Quiero agradecerle que haya aceptado venir. Mi padre llevaba semanas ilusionado con esta cena.

Mientras hablaban, el teléfono móvil de Bianca vibró. Miró la pantalla. Durante una décima de segundo su expresión cambió. Contestó de inmediato.

—No. Le dije que no firmaría ese documento.

—No me importa lo que opine el consejo.

—He tomado una decisión.

—Buenos días.

Colgó. Guardó el teléfono. Y sonrió como si nada hubiera ocurrido.

—Perdone. Hay asuntos que nunca descansan.

Elena no hizo preguntas. Pero tomó nota. Aquella conversación no tenía nada que ver con la organización de una feria gastronómica.

Bianca abrió la carpeta.

—Mi padre me ha pedido que le entregue esto.

Dentro había un menú manuscrito. No era una lista de platos.

Era una historia. Cada elaboración estaba inspirada en un momento de la vida de Vittorio.

Su infancia. La primera trufa encontrada con su padre.

La cosecha del año en que nació Bianca. El vino que bebió el día de su boda. La última vendimia junto a su esposa.

Elena levantó lentamente la vista.

—Esto no es un menú.

—No. Es su memoria. Le gustaría que la cocinara.

Por primera vez desde que había llegado a Italia, Elena comprendió el verdadero significado de aquella cena. No era un acto protocolario. Era un homenaje. Y, de algún modo, también una despedida.

Una hora más tarde, mientras revisaba las cámaras frigoríficas, escuchó el ruido inconfundible de un motor acercándose a la finca. No era un coche moderno. El sonido grave del motor diésel parecía pertenecer a otra época.

Se asomó por la ventana. Un viejo Land Rover Defender verde oliva apareció cubierto de barro hasta las ventanillas.

El conductor descendió antes incluso de detener completamente el vehículo.

Alto. Cabello oscuro. Barba de tres días.

Sonrisa permanente. Llevaba las mangas remangadas y las botas completamente embarradas.

Abrió la puerta trasera. Sacó una cesta de mimbre. Y, sin dejar de sonreír, entró directamente en la cocina.

—¡Buongiorno! Traigo el desayuno más caro de Italia.

Dejó la cesta sobre la encimera. Dentro descansaban ocho trufas blancas de un tamaño extraordinario. El aroma inundó inmediatamente toda la estancia. Elena se acercó sin poder evitarlo. No había visto nunca ejemplares semejantes.

—Increíbles…

—Y testarudas. Esta mañana casi consiguen volver loco a mi perro.

El hombre le tendió la mano.

—Luca Balestra. Supongo que usted debe de ser la chef española de la que mi tío no deja de hablar.

—Elena Vidal. Encantada.

Luca sonrió. Tenía esa facilidad que poseen algunas personas para hacer sentir cómodo a cualquiera. Mientras hablaban, sacó un viejo mechero Zippo del bolsillo y comenzó a hacerlo girar entre los dedos con absoluta naturalidad. Elena observó el gesto. No parecía darse cuenta de que lo hacía.

—¿Fuma? Preguntó ella.

Luca miró el mechero. Sonrió.

—No desde hace seis años.

—Entonces…

—Los nervios siempre encuentran una salida.

Volvió a guardar el Zippo. En ese mismo instante apareció Bianca.

—Llegas tarde.

—Cinco minutos.

—Diecisiete.

—Quién los cuenta…

—Yo.

Luca levantó las manos con gesto teatral.

—¿Ves, Elena? Así lleva tratándome desde que aprendió a hablar.

Bianca negó con la cabeza, aunque una ligera sonrisa apareció por primera vez en su rostro. Había cariño entre ellos. Pero también una tensión antigua. Difícil de definir.

Luca cogió una de las trufas y la observó bajo la luz. Su expresión cambió. La sonrisa desapareció.

—Esta pieza salió del Robledal Norte.

Bianca lo miró inmediatamente.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Hubo un silencio extraño. Muy breve. Pero suficiente para que Elena lo percibiera.

—¿Ocurre algo con ese bosque?

Luca y Bianca intercambiaron una mirada. Fue Bianca quien respondió.

—No. Solo que hacía muchos años que allí no aparecían ejemplares como éste.

Luca dejó la trufa sobre la mesa con una delicadeza casi reverencial.

—Mi abuelo decía que, cuando el Robledal Norte volvía a dar grandes trufas… era porque el bosque quería contar algo.

Elena sonrió.

—¿También crees en esas historias?

Luca sostuvo su mirada unos segundos. Ya no sonreía.

—Después de vivir toda la vida aquí… he aprendido a no reírme nunca de las leyendas.

Y, por primera vez desde que había llegado a Casa Balestra, Elena sintió que, bajo la aparente tranquilidad de aquella familia, existía una tensión invisible que nadie estaba dispuesto a explicar.

· · ·

La mesa de los silencios (Parte II)

El aroma de las trufas aún flotaba en la cocina cuando el timbre de la entrada resonó por toda la casa. Una de las empleadas cruzó el pasillo apresuradamente.

—Ya han llegado los primeros invitados.

Luca dejó escapar un suspiro exagerado.

—Empieza el desfile.

Bianca le lanzó una mirada de advertencia.

—Procura comportarte.

—Siempre me comporto.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Elena sonrió para sí. Aquellos dos se conocían demasiado bien como para fingir delante del otro.

Los primeros en entrar fueron un hombre y una mujer.

Ella rondaba los cuarenta años. Llevaba una cámara Leica colgada al cuello y una pequeña libreta de tapas negras.

No parecía interesada en la decoración de la casa, ni en las vitrinas con las trufas premiadas.

Su atención se detuvo inmediatamente sobre un viejo mapa del Piamonte colgado en el recibidor.

Se acercó. Lo estudió durante varios segundos.

Solo entonces levantó la cámara y tomó una fotografía.

No fotografió la casa. Fotografió el mapa.

—Claire…

Vittorio abrió los brazos.

—Pensé que este año llegarías tarde.

—Los trenes franceses siguen convencidos de que el tiempo es negociable.

La mujer rió y abrazó al anciano.

—Claire Dubois. Periodista gastronómica.

Aunque Elena tuvo la impresión de que aquella profesión explicaba solo una parte de quién era realmente.

Claire se acercó a ella.

—Así que usted es Elena Vidal. He leído mucho sobre sus investigaciones.

—Espero que también sobre mi cocina.

Claire sonrió.

—Créame… Eso fue lo primero. Pero después descubrí que tiene una curiosa facilidad para aparecer allí donde alguien acaba muerto.

Luca rompió a reír.

—Vaya presentación.

Claire se encogió de hombros.

—Solo he dicho la verdad.

Pocos minutos después llegó otro vehículo.

Esta vez un elegante Maserati gris oscuro.

Del coche descendió un hombre impecablemente vestido.

Traje de lana italiana. Bufanda burdeos.

Zapatos perfectamente lustrados. Y unos guantes de piel gris que no se quitó ni siquiera al estrechar la mano de Vittorio.

—Riccardo… Siempre tan puntual.

—La puntualidad es una forma de respeto.

Respondió con una voz suave. Casi demasiado suave. Mientras Vittorio saludaba al resto de invitados, Riccardo paseó por el salón. No parecía mirar nada. Sin embargo… Lo observaba absolutamente todo.

Se detuvo frente a una pequeña vitrina. Dentro descansaban varios objetos antiguos relacionados con la historia de la familia.

Un reloj. Una brújula. Una antigua navaja de trifulau.

Había un espacio vacío. Riccardo permaneció varios segundos contemplándolo.

Después preguntó con absoluta naturalidad:

—¿Aquí había un medallón de plata?

Vittorio dejó de sonreír. Solo un instante. Pero Elena lo vio.

—Hace tiempo que no está ahí.

Respondió con tranquilidad.

—Una lástima. Era una pieza extraordinaria.

Riccardo siguió caminando como si aquella conversación no hubiera tenido importancia. Pero Elena sintió un ligero escalofrío. ¿Cómo podía saber exactamente qué objeto faltaba de una vitrina privada?

A media mañana llegó un todoterreno viejo y cubierto de barro.

Del asiento del acompañante saltó un perro.

Brando salió disparado hacia él. Los dos comenzaron a jugar como si llevaran años sin verse.

Del vehículo descendió un joven alto, de rostro curtido por el sol.

Las botas estaban tan gastadas que apenas conservaban el dibujo de la suela.

—Enzo.

Vittorio caminó hacia él y lo abrazó. El joven bajó la cabeza.

—Siento no haber venido antes. No encontraba fuerzas.

Nadie necesitó preguntar por qué. Todos sabían que Giuseppe Ferrero había sido mucho más que un compañero para él.

Mientras los demás hablaban, Elena observó cómo Enzo se acercaba discretamente a la vieja cesta que Giuseppe utilizaba para recoger trufas.

La acarició con la punta de los dedos. Como quien toca un recuerdo.

No dijo una palabra. Aquel gesto le bastó a Elena para comprender que el supuesto rival de Giuseppe quizá hubiera sido, en realidad, la persona que más lamentaba su muerte.

El último en llegar fue el padre Angelo. Nadie escuchó abrirse la puerta. Simplemente apareció. Vestía una sotana negra impecablemente planchada y una vieja chaqueta de lana. Su cabello completamente blanco contrastaba con unos ojos sorprendentemente vivos.

Brando abandonó inmediatamente a Enzo. Cruzó el salón. Y apoyó la cabeza sobre la mano del sacerdote. Éste comenzó a acariciarlo sin dejar de hablar con Vittorio. Como si llevara haciéndolo toda la vida.

—Siempre he pensado que los perros reconocen mejor que nosotros el corazón de las personas. Dijo sonriendo.

—Entonces espero haber aprobado el examen. Respondió Elena.

El sacerdote la miró. Durante unos segundos. Demasiados.

—No. Dijo finalmente.

Elena arqueó una ceja. El anciano sonrió.

—Creo que el examen acaba de empezar.

Una hora después todos estaban reunidos alrededor de la gran mesa del comedor.

La vajilla de Limoges reflejaba la luz de las lámparas.

Las copas de cristal esperaban el primer Barolo.

Las conversaciones fluían con naturalidad.

Pero Elena llevaba ya suficiente tiempo observando para darse cuenta de una cosa.

Nadie ocupaba su asiento por casualidad.

Bianca estaba frente a Riccardo. Claire junto al padre Angelo.

Luca evitaba sentarse cerca de Bianca. Enzo permanecía discretamente al final de la mesa.

Y Vittorio presidía el comedor con una serenidad casi solemne.

Era una familia. Sí. Pero también parecía… un tablero de ajedrez esperando el primer movimiento.

Elena aún no sabía quién ocultaba la verdad. Pero tenía la certeza de que ninguno de los presentes había acudido únicamente para compartir una cena.

Y, mientras Vittorio levantaba su copa para dar la bienvenida a todos, una figura inmóvil observaba la casa desde el límite del robledal. Oculta entre la niebla. Esperando. Sin apartar la vista de las ventanas iluminadas de Casa Balestra.