El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) Casa Balestra
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Casa Balestra

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L a verja de hierro forjado se abrió lentamente con un leve chirrido.

El Alfa Romeo recorrió un camino flanqueado por robles centenarios cuyas ramas se entrelazaban formando un túnel natural.

Las hojas, teñidas de ocres y dorados, caían sobre el parabrisas empujadas por una brisa apenas perceptible.

A ambos lados del camino se extendían varias hectáreas de bosque. No había viñedos. Ni jardines perfectamente cuidados. Solo naturaleza.

—Aquí nacen las mejores trufas blancas del mundo —dijo Alessandro con voz baja—. Vittorio siempre decía que un bosque demasiado bonito es un bosque que ha dejado de ser salvaje.

Elena observó el terreno. No había senderos marcados. Solo pequeños claros abiertos por el paso de generaciones de trifulau y sus perros. Aquello no era una explotación agrícola. Era un ecosistema. Un lugar que imponía respeto.

Al final del camino apareció la casa. Construida en piedra gris, con contraventanas verde oscuro y un tejado cubierto de tejas envejecidas, parecía formar parte del paisaje desde hacía siglos. No impresionaba por su tamaño. Impresionaba por su serenidad.

—Bienvenida a Casa Balestra.

Antes de que Alessandro pudiera detener el motor, un perro salió corriendo desde uno de los laterales de la finca. Era un lagotto romagnolo de pelaje marrón claro. Se acercó al coche sin ladrar. Movía la cola despacio. Como si quisiera confirmar que los recién llegados eran quienes esperaban.

Elena descendió y tendió la mano. El animal la olfateó durante unos segundos. Después apoyó suavemente el hocico sobre su palma.

—Creo que le caes bien —dijo Alessandro.

—¿Cómo se llama?

—Brando. Era el perro favorito de Vittorio. Desde que atacaron a Giuseppe no se separa de la casa.

El perro levantó la cabeza de repente. Miró hacia el bosque. Las orejas se tensaron. Permaneció inmóvil unos instantes. Después volvió a relajarse. Elena siguió la dirección de su mirada. Solo había niebla.

La puerta principal se abrió antes de que pudieran llamar.

Un hombre de unos setenta años descendió los escalones con paso tranquilo.

Era alto. Delgado. Cabello completamente blanco.

Vestía pantalones de pana, botas de campo embarradas y un grueso jersey de lana azul bajo una vieja chaqueta encerada.

Nada en él recordaba al propietario de un imperio gastronómico.

Parecía un agricultor. Y probablemente eso era lo que más orgulloso le hacía sentirse.

—Chef Elena Vidal.

Su castellano era casi perfecto.

—Bienvenida a mi casa.

Elena estrechó su mano. Era áspera. Fuerte. La mano de alguien que todavía trabajaba la tierra.

—Gracias por invitarme.

—Gracias a usted por aceptar venir.

Vittorio sonrió. Una sonrisa sincera. Pero sus ojos transmitían un cansancio que ninguna sonrisa conseguía ocultar.

—Espero que Alessandro no la haya asustado demasiado durante el viaje.

—Solo lo suficiente para despertar mi curiosidad.

—Entonces ha hecho bien su trabajo.

Entraron en la casa. El vestíbulo olía a madera antigua, cuero y café recién hecho.

Las paredes estaban cubiertas por fotografías en blanco y negro.

Hombres con boinas. Perros. Cestas llenas de trufas.

Familias enteras posando junto a robles enormes.

No había cuadros de lujo. Ni ostentación. Solo recuerdos.

Elena se detuvo frente a una fotografía especialmente antigua. Cinco hombres sonreían junto a un árbol gigantesco. Uno de ellos tenía el rostro parcialmente rasgado, como si alguien hubiera intentado eliminarlo de la imagen.

—¿Quién hizo eso?

Vittorio permaneció unos segundos observando la fotografía.

—Llevo veinte años haciéndome la misma pregunta.

Atravesaron un largo pasillo hasta llegar a la biblioteca.

Era una estancia amplia, revestida de madera de nogal.

Miles de libros ocupaban las estanterías.

Historia. Botánica. Micología. Cartografía.

En una vitrina descansaban antiguas herramientas utilizadas para buscar trufas.

Sobre una gran mesa central había una caja metálica oxidada.

Elena la reconoció al instante. Era la misma que había visto en las fotografías enviadas por Alessandro.

Vittorio permaneció de pie junto a ella.

—Todo empezó aquí.

Abrió la tapa. La caja estaba vacía.

—Dentro había una carta. Un medallón. Y un fragmento de un viejo mapa. Ahora no queda nada.

—¿Quién los encontró?

—Giuseppe Ferrero.

—¿Y quién sabía que existían?

Vittorio negó lentamente.

—Nadie. Ese es precisamente el problema.

Elena observó el interior de la caja. El óxido era antiguo. Pero había pequeñas marcas recientes alrededor del cierre. Alguien la había abierto hacía muy poco.

—¿Ha pasado la policía científica por aquí?

—Esta misma mañana. No encontraron huellas útiles. Quien abrió la caja sabía perfectamente lo que hacía.

En ese momento llamaron a la puerta. Un hombre joven entró en la biblioteca. Uniforme impecable de los Carabinieri. Cabello negro. Mirada atenta. No tendría más de treinta y cinco años. Al ver a Elena, se detuvo.

—Disculpen. No sabía que tenían visita.

Vittorio hizo las presentaciones.

—Chef Elena Vidal… El inspector Marco Bellini.

Bellini estrechó la mano de Elena.

—He oído hablar de usted.

—Espero que bien.

El inspector sonrió.

—Depende de a quién pregunte. Los periodistas la consideran una heroína. Algunos policías… todavía no se ponen de acuerdo.

Elena soltó una pequeña risa. Le cayó bien inmediatamente. No parecía arrogante. Solo prudente.

Bellini dirigió entonces la mirada hacia Vittorio. La sonrisa desapareció.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ha ocurrido?

El inspector dejó una carpeta sobre la mesa.

—Ha llegado el informe definitivo de la autopsia de Giuseppe Ferrero.

La biblioteca quedó en silencio.

—No murió por el golpe en la cabeza.

Vittorio frunció el ceño.

—¿Entonces?

Bellini abrió la carpeta.

—Cuando alguien lo golpeó, Giuseppe aún seguía con vida. Murió horas después… porque alguien volvió.

Nadie dijo una palabra.

El inspector levantó la vista.

—Y no volvió para rematarlo. Volvió… para registrarlo.

Algo se removió dentro de Elena. De pronto comprendió que el agresor no buscaba matar a un anciano.

Buscaba algo que Giuseppe había encontrado.

Algo por lo que alguien estaba dispuesto a regresar al lugar del crimen.

Y, por primera vez desde que había llegado a Italia, tuvo la certeza de que la muerte de Giuseppe era solo el principio.