El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) La tierra que guarda secretos
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La tierra que guarda secretos

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E l vuelo aterrizó en el aeropuerto de Turín poco después de las nueve de la mañana. Desde la ventanilla, Elena contempló cómo la niebla cubría parcialmente la llanura del Piamonte. A lo lejos, las cumbres de los Alpes aparecían teñidas por una luz blanca y fría que anunciaba un día despejado.

Al abandonar la terminal, el aire tenía un aroma distinto. Otoño. Tierra húmeda. Leña. Y un leve perfume a mosto que el viento arrastraba desde los viñedos cercanos. Respiró profundamente. Cada lugar tenía un olor. Y aquel prometía quedarse en la memoria.

Entre la pequeña multitud de conductores que aguardaban junto a la salida, un hombre sostenía un cartel con su nombre.

ELENA VIDAL. Rondaba los cincuenta años.

Cabello oscuro salpicado de canas. Traje azul marino impecable bajo un abrigo de lana gris.

Pero las botas embarradas revelaban que pasaba más tiempo en el campo que en un despacho.

Al verla acercarse sonrió con cordialidad.

—Benvenuta in Piemonte, chef Vidal.

—Gracias. Usted debe de ser Alessandro Conti.

—En persona.

Le estrechó la mano. Era una mano firme. Callosa. La de alguien acostumbrado a trabajar. No solo a dirigir.

—Espero que el viaje haya sido agradable.

—He tenido vuelos bastante peores.

—Eso significa que aún no ha probado las carreteras de las Langhe.

Elena sonrió.

—¿Tan malas son?

—No. Pero tienen la mala costumbre de llevar siempre a donde uno no esperaba llegar.

El vehículo esperaba en el aparcamiento exterior.

Un Alfa Romeo Stelvio verde oscuro cubierto por una fina capa de polvo.

Mientras abandonaban Turín, la ciudad fue quedando atrás.

Poco a poco aparecieron colinas cubiertas de viñedos perfectamente alineados.

Pequeños pueblos medievales. Castillos. Campanarios.

Y extensos bosques de robles y avellanos. El paisaje parecía pintado.

—Ahora entiendo por qué llaman a esta zona el corazón gastronómico de Italia.

Alessandro sonrió sin apartar la vista de la carretera.

—Aquí todo gira alrededor de la tierra. El vino. Las avellanas. El queso. Las trufas. Nada existiría sin estos bosques.

Elena observaba cada detalle. No era una turista. Cuando viajaba lo hacía intentando comprender el alma del lugar.

—¿Cuánto hace que organiza la feria?

—Doce años.

—¿Y siempre es tan importante?

—Cada edición mueve millones de euros. Chefs de todo el mundo. Coleccionistas. Empresarios. Críticos gastronómicos. Políticos. Hasta la mafia intentó controlar el negocio hace décadas.

—¿Lo consiguió?

Alessandro soltó una breve carcajada.

—Aquí nadie controla las trufas. Como mucho… aprenden a convivir con ellas.

Durante varios kilómetros ninguno volvió a hablar. Elena advirtió entonces un gesto que comenzó a repetirse. Cada pocos segundos Alessandro miraba el retrovisor. Una vez. Otra. Y otra más. Hasta que resultó imposible no darse cuenta.

—¿Ocurre algo?

Él tardó unos segundos en responder.

—No estoy seguro.

—Eso tampoco parece una buena respuesta.

—Desde que salimos del aeropuerto hay un coche detrás de nosotros.

Elena giró discretamente la cabeza. Un Volvo negro circulaba varios cientos de metros por detrás. Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos.

—Puede ir hacia Alba.

—Puede.

—¿Y usted cree que no?

—No suele ser buena señal que alguien mantenga siempre la misma distancia durante cuarenta kilómetros.

Elena siguió observando por el espejo. No distinguía al conductor. Los cristales eran demasiado oscuros.

—¿Ha recibido amenazas?

Alessandro respiró hondo.

—No personalmente.

—Pero…

—La feria sí.

Aquella respuesta despertó todavía más preguntas.

—¿Qué clase de amenazas?

Alessandro dudó.

—Cartas anónimas. Llamadas. Mensajes absurdos. Nada que pudiera tomarse en serio… hasta que atacaron a Giuseppe.

El silencio volvió a instalarse en el coche. Una hora después abandonaron la carretera principal y comenzaron a ascender por una estrecha vía rodeada de robles. La niebla reapareció de repente. Espesa. Silenciosa.

Elena recordó las palabras del anciano del informe que Alessandro le había enviado durante el vuelo. “Cuando el bosque calla… es porque está escuchando.” Sin saber por qué, aquellas palabras regresaban una y otra vez a su memoria.

Al coronar la colina apareció un pequeño mirador. Alessandro detuvo el coche.

—Quiero enseñarle algo.

Ambos descendieron. Ante ellos se extendía un paisaje impresionante. Las colinas de las Langhe parecían un océano inmóvil. Viñedos infinitos. Bosques. Pequeñas aldeas de piedra. Y, dominándolo todo, una gran finca rodeada por robledales.

—Aquella es Casa Balestra.

Elena permaneció unos segundos contemplándola. No era ostentosa. Era elegante. Discreta. Como si hubiera decidido envejecer con dignidad.

—Es hermosa.

—También guarda demasiados secretos.

Mientras Alessandro hablaba, Elena creyó distinguir movimiento entre los árboles. Una figura. Inmóvil. Observándolos. Parpadeó. Ya no había nadie.

—¿Ha visto algo? —preguntó Alessandro.

—No estoy segura. Quizá solo haya sido la niebla.

Él no respondió. Porque tampoco parecía convencido.

Regresaron al coche. El Volvo negro ya no estaba.

—Parece que hemos perdido a nuestro admirador.

—O quizá haya dejado de esconderse.

Elena lo miró de reojo. No supo si hablaba en serio. O si acababa de intentar hacer una broma.

Continuaron el descenso hacia Alba. Apenas faltaban diez minutos para llegar cuando el teléfono de Alessandro comenzó a sonar. Contestó utilizando el manos libres.

—¿Sí?

Una voz masculina respondió en italiano con evidente nerviosismo. Alessandro dejó de sonreír.

—¿Cuándo?

—¿Está seguro?

—No toque absolutamente nada. Voy para allá.

Colgó. Durante unos segundos solo se escuchó el motor.

—¿Qué ocurre?

Alessandro tragó saliva.

—Han entrado en la biblioteca de Casa Balestra.

—¿Han robado algo?

Él apretó con fuerza el volante.

—Eso es precisamente lo que vamos a descubrir.

Elena observó cómo la silueta de la finca comenzaba a emerger entre la niebla. Sin saber por qué, tuvo la sensación de que aquella casa llevaba mucho tiempo esperándola. Y que, desde el momento en que cruzara su puerta, ya no habría marcha atrás.