La invitación
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E l último servicio del sábado siempre era el más exigente.
En La Alacena, el restaurante de Elena Vidal, las comandas habían dejado de llegar hacía apenas unos minutos.
El murmullo del comedor se apagaba poco a poco mientras la brigada de cocina comenzaba la rutina de limpieza con la precisión de un ritual aprendido durante años.
Elena dejó el último plato sobre el pase y observó cómo el camarero desaparecía entre las mesas.
—Servicio terminado —anunció.
Un suspiro colectivo recorrió la cocina. Rubén, su segundo, dejó caer el paño sobre el hombro.
—Chef, creo que hoy hemos sobrevivido.
—No cantes victoria hasta que las cámaras estén limpias.
—Ya estamos otra vez…
Las risas rompieron la tensión acumulada durante las últimas cuatro horas. Era uno de los momentos favoritos de Elena. Cuando los clientes se marchaban, el restaurante recuperaba su verdadera personalidad. Dejaba de ser un escenario para convertirse en un equipo.
Se quitó el delantal y se sirvió un café corto. Acababa de dar el primer sorbo cuando el teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la encimera de acero. Número oculto. Frunció el ceño. Rara vez contestaba llamadas sin identificar. Aun así, descolgó.
—¿Sí?
—¿Chef Elena Vidal?
La voz era grave, educada y hablaba un castellano sorprendentemente correcto, aunque con un inconfundible acento italiano.
—Depende de quién pregunte.
Al otro lado se escuchó una breve carcajada.
—Mi nombre es Alessandro Conti. Soy el director ejecutivo de la Feria Internacional de la Trufa Blanca de Alba.
Elena apoyó la taza.
—Supongo que no llama para reservar mesa.
—Me temo que no.
—Entonces dígame en qué puedo ayudarle.
Hubo un breve silencio.
—Nos gustaría que fuese la chef invitada de la cena inaugural de este año.
Elena sonrió. No era la primera vez que recibía una invitación internacional, pero aquella le sorprendía.
—Es un honor. Aunque debo reconocer que no esperaba una llamada desde el Piamonte.
—Su nombre ha aparecido varias veces durante los últimos meses.
—¿Ah, sí?
—Primero en Inglaterra. Después en Francia. Y, hace unas semanas… En Escocia.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Elena. Aquello ya no sonaba como una simple invitación gastronómica.
—Veo que ha hecho los deberes.
—Digamos que me gusta conocer a las personas antes de invitarlas a mi casa.
Elena caminó hasta la ventana de la cocina. Fuera, el sol comenzaba a esconderse tras los tejados de Zaragoza.
—¿Qué espera exactamente de mí, señor Conti?
—Que cocine.
Hizo una pausa.
—Y que observe.
Aquellas dos últimas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
—No entiendo.
—Yo creo que sí.
Elena guardó silencio. Había aprendido que, cuando alguien evitaba responder una pregunta, normalmente era porque la respuesta resultaba incómoda.
—¿Ha ocurrido algo en Alba?
Alessandro respiró hondo antes de contestar.
—Hace tres noches uno de nuestros buscadores de trufas más veteranos sufrió un accidente en el bosque.
—¿Accidente?
—Eso dice la Guardia Civil Forestal.
—¿Y usted no está de acuerdo?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Creo que intentaron asesinarlo.
Elena permaneció inmóvil.
—¿Murió?
—Esta madrugada.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
—Lo siento.
—Yo también.
El tono de Alessandro cambió. Ahora sonaba más cansado. Más humano.
—Antes de morir pidió que avisaran a Vittorio Balestra.
—¿Quién es?
—El hombre más respetado del mundo de la trufa blanca. Propietario del mayor coto trufero privado del Piamonte. Organizador honorífico de la feria. Y uno de mis mejores amigos.
Elena escuchaba sin interrumpir.
—Giuseppe Ferrero le dejó un mensaje antes de morir. Solo una frase. “Diles que han vuelto.”
Algo en aquellas palabras se le clavó como una advertencia. No como una despedida.
—¿Y qué significa?
—Ojalá lo supiera.
Alessandro hizo una nueva pausa.
—Esta mañana alguien intentó matar también a Vittorio.
El café perdió de golpe todo su sabor.
—¿Está vivo?
—Sí. Por poco. La policía cree que alguien manipuló los frenos de su todoterreno. Él insiste en que no fue un accidente. Y yo empiezo a pensar lo mismo.
Elena volvió a mirar por la ventana. Conocía demasiado bien aquella sensación. La había sentido en la mansión Ashford. En Borgoña. En las Highlands. Era la intuición de que una historia aparentemente sencilla escondía otra mucho más antigua.
—¿Por qué yo?
Alessandro tardó varios segundos en responder.
—Porque necesito una persona inteligente. Discreta. Y ajena a todo esto. Una chef puede hacer preguntas donde un policía solo provoca silencio. Además… Nadie sospechará de usted.
Elena dejó escapar una sonrisa.
—Eso es discutible.
—¿Vendrá?
Miró el restaurante. Su equipo terminaba de limpiar la cocina. Rubén discutía con Sergio sobre la mejor manera de guardar los cuchillos. Aquella era su vida. La que había elegido. La que siempre había querido. Y, sin embargo… Sabía que ya había tomado una decisión.
—¿Cuándo sale el vuelo?
—Pasado mañana. Desde Barcelona. Billete en primera hora.
—Envíeme la documentación.
Alessandro dejó escapar un suspiro de alivio.
—Grazie, chef. No se arrepentirá.
Antes de colgar añadió una última frase.
—Y una cosa más…
—¿Sí?
—Si alguien le pregunta por qué viaja a Alba…
…diga simplemente que viene a cocinar.
La llamada terminó. Elena permaneció unos segundos con el teléfono entre las manos.
—¿Problemas? —preguntó Rubén.
Ella levantó la vista. Sonrió. Una sonrisa que ocultaba más preguntas que respuestas.
—Creo que me voy a Italia.
—¿Vacaciones?
Elena negó con la cabeza.
—No tengo la impresión de que vaya a ser precisamente eso.
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Esa misma noche, a más de mil kilómetros de allí, una figura envuelta en un impermeable oscuro permanecía inmóvil bajo un viejo roble de las Langhe.
Llevaba una pala al hombro. Esperó a que la luna desapareciera tras las nubes.
Después comenzó a cavar exactamente donde Giuseppe Ferrero había hecho el hallazgo tres días antes.
Cinco minutos más tarde detuvo el trabajo. No había encontrado nada.
Con un movimiento brusco clavó la pala en la tierra.
—Llegamos tarde…
Su voz apenas era un susurro. Luego levantó la vista hacia la inmensidad del bosque. Y, por primera vez en muchos años, pareció sentir miedo.