El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4)
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PRÓLOGO
Tres días antes de la Feria Internacional de la Trufa Blanca — Bosques de las Langhe, Piamonte (Italia)
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L a niebla siempre llegaba antes que el amanecer.
No descendía del cielo; nacía de la tierra.
Se deslizaba entre los robles centenarios, abrazaba los troncos nudosos y convertía el bosque en un lugar donde el tiempo parecía avanzar más despacio.
Los sonidos se apagaban. Los colores se diluían.
Incluso el olor de la tierra húmeda quedaba suspendido bajo aquel manto blanco.
Giuseppe Ferrero llevaba más de sesenta años recorriendo aquellos senderos.
Conocía cada árbol, cada arroyo y cada piedra del bosque de las Langhe.
Había aprendido el oficio de trifulau de su padre, y éste del suyo.
No existía mapa capaz de competir con la memoria de un hombre que había pasado media vida siguiendo el olfato de sus perros.
Aun así, nunca había confiado en la niebla.
—Cuando el bosque calla… es porque está escuchando —murmuró mientras ajustaba la bufanda alrededor del cuello.
A su lado caminaba Nerone, un lagotto romagnolo de pelaje rizado color avellana. El perro avanzaba con la nariz pegada al suelo, moviéndose entre las raíces con la seguridad de quien sabe exactamente qué está buscando. Aquella mañana, sin embargo, algo era distinto.
Nerone se detuvo en seco. Levantó la cabeza. Volvió a bajar el hocico y comenzó a escarbar con una insistencia impropia de él.
Giuseppe sonrió.
—¿Qué ocurre, viejo amigo? ¿Has encontrado un tesoro?
El perro siguió cavando. Con movimientos lentos, el anciano apartó la tierra utilizando una pequeña azada de mango corto. No había prisa. Buscar trufas era un ejercicio de paciencia. Un golpe mal dado podía arruinar una pieza que la naturaleza había tardado años en crear.
El aroma llegó antes de que pudiera verla. Intenso. Profundo. Inconfundible.
Giuseppe contuvo el aliento. Bajo la tierra apareció una trufa blanca de un tamaño extraordinario.
Nunca había visto una igual. La levantó con ambas manos y la observó bajo la tenue luz del amanecer.
Su superficie irregular desprendía un perfume tan poderoso que por un instante olvidó dónde estaba. Aquella pieza valía una fortuna.
Pero no era lo único que había bajo las raíces.
Un brillo metálico asomó entre la tierra húmeda. Frunció el ceño. Apartó con cuidado la trufa y continuó excavando. Unos centímetros más abajo apareció una pequeña caja de hierro completamente oxidada. No debía de medir más de veinte centímetros. El cierre apenas resistía el paso del tiempo.
Giuseppe limpió el barro con el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo y forzó la tapa con la punta de la azada. La bisagra cedió con un crujido.
Dentro había tres objetos. Un medallón de plata ennegrecida por los años. Una carta doblada con extremo cuidado. Y un pequeño fragmento de pergamino cubierto por líneas, números y símbolos dibujados a mano.
No había monedas. Ni joyas. Ni oro. Solo papeles.
Con cierta decepción tomó la carta. El papel era grueso, amarillento y quebradizo. En la esquina superior derecha aún podía leerse una fecha. 17 de octubre de 1944.
Giuseppe tragó saliva. Desdobló la hoja. La tinta estaba sorprendentemente bien conservada. Leyó la primera línea.
“Si alguien encuentra estas páginas, significa que nosotros hemos fracasado…”
No llegó a leer la segunda.
Nerone emitió un gruñido grave. El anciano levantó la vista. El perro permanecía inmóvil, mirando hacia la espesura. No ladraba. Nunca ladraba sin motivo. El bosque seguía en silencio. Demasiado silencio.
—¿Hay alguien?
Nadie respondió. Solo el leve susurro del viento entre las hojas secas.
Giuseppe volvió a guardar la carta dentro de la caja. Tomó la trufa con una mano y sujetó el medallón con la otra. Entonces escuchó un crujido. Esta vez mucho más cerca.
Giró lentamente. La niebla no dejaba ver más allá de diez metros. No distinguía a nadie. Pero tenía la certeza de que no estaba solo.
—Sea quien sea… salga de una vez.
Otra vez el silencio. Después… Un paso. Otro. Muy despacio. Como si alguien caminara sin ninguna prisa.
Giuseppe retrocedió instintivamente. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Nunca había sentido miedo en aquel bosque. Hasta ese momento.
Sujetó con fuerza la caja metálica. Un instante después, un golpe brutal impactó en la parte posterior de su cabeza.
Todo se volvió negro.
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Cuando recuperó la conciencia, el sol comenzaba a abrirse paso entre la niebla. Le dolía cada músculo del cuerpo. La trufa seguía a su lado, medio cubierta de barro. Pero la caja había desaparecido.
Nerone permanecía inmóvil junto a él. No dejaba de mirar hacia el sendero por el que el agresor había escapado.
Giuseppe intentó incorporarse. La vista se le nubló. Con un enorme esfuerzo logró sacar del bolsillo un viejo teléfono móvil. Marcó un único número. Esperó.
Al otro lado contestó una voz somnolienta.
—¿Sí?
El anciano apenas pudo hablar.
—Dígale… a Vittorio…
Tosió. Sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.
—…que… han vuelto…
La llamada se cortó. Y el bosque volvió a quedar en silencio.