El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) El círculo de los vivos
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El círculo de los vivos

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L as dos de la madrugada. La lluvia había empezado a caer con una suavidad casi imperceptible, convirtiendo el Robledal Norte en un mosaico de sombras y reflejos.

El cuerpo de Vittorio Balestra acababa de ser trasladado al Instituto de Medicina Legal de Turín. Solo quedaban la Policía Científica, Bellini, Elena y un pequeño grupo de agentes revisando el terreno centímetro a centímetro.

El asesino había desaparecido. Pero Bellini estaba convencido de una cosa. No se había llevado todo. Nadie lo hacía nunca.

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—Quiero el nombre de todas las personas que abandonaron la feria durante más de cinco minutos.

La agente Marta Gallo levantó la vista de su tableta.

—Había más de cuatrocientos invitados.

—Entonces tendremos una noche larga.

Nadie protestó.

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Elena se acercó a la mesa donde Bellini había extendido los primeros informes.

—¿Puedo ver el listado de invitados?

El inspector negó, sin levantar la vista.

—Eso todavía no. Hay nombres ahí que no tienen nada que ver con esto, y no pienso arrastrarlos a una investigación por simple curiosidad.

Elena no insistió. Comprendió, no sin cierta sorpresa, que aquella negativa no la alejaba del caso. La acercaba a algo más difícil: tendría que ganarse cada respuesta, en lugar de recibirla.

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Elena seguía bajo el gran roble. Iluminó de nuevo la inscripción.

«El quinto guardián nunca juró.»

No era una amenaza. Era una afirmación. La diferencia era enorme.

Sacó su pequeña libreta negra. No escribió la frase. Escribió una pregunta.

¿Quién se beneficia de que creamos que hubo cinco guardianes?

Cerró la libreta. Bellini observó el gesto.

—¿Ha encontrado algo?

—No. He encontrado la pregunta equivocada.

El inspector arqueó una ceja.

—Explíquese.

—Llevamos dos días preguntándonos quién era el quinto guardián. Quizá deberíamos preguntarnos si alguna vez existió.

Bellini no respondió. Pero aquella idea quedó resonando en su cabeza.

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A pocos metros, un técnico llamó al inspector.

—Hemos encontrado otra cosa.

Bellini caminó hasta él. El técnico sostenía una pequeña bolsa de pruebas. Dentro había un objeto diminuto. Un trozo de cera roja.

—¿Cera?

—Sí. Muy reciente.

Bellini frunció el ceño.

—Aquí no había velas.

El técnico negó.

—No. Y esta composición no corresponde a una vela doméstica. Parece… Dudó un instante. …cera de lacre.

Elena se acercó.

—La utilizada para sellar documentos.

—Exactamente.

Bellini sintió un leve escalofrío. Andrea Balestra había escondido una libreta. Habían robado un álbum familiar. Ahora aparecía lacre. Alguien seguía buscando documentos. O había encontrado uno.

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A las tres menos cuarto regresaron a Casa Balestra. La mansión, horas antes llena de invitados, parecía ahora un edificio abandonado.

Las luces del vestíbulo seguían encendidas. Sobre una mesa permanecían varias copas de vino sin terminar. Un violín descansaba sobre una silla. Un camarero olvidó una bandeja de plata junto a la escalera. La alegría había desaparecido tan deprisa que el tiempo parecía haberse detenido.

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Bianca esperaba en la biblioteca. Vestía la misma ropa. No se había cambiado. Ni siquiera había intentado dormir.

Tenía entre las manos el reloj de plata de su padre. Lo abría y lo cerraba una y otra vez. Como si aquel pequeño sonido pudiera mantenerlo vivo.

Cuando Elena entró, levantó la vista.

—¿Ya se lo han llevado?

Elena asintió.

Bianca respiró profundamente.

—Entonces ya no queda nadie.

Aquella frase llamó inmediatamente la atención de Elena.

—¿Nadie?

Bianca comprendió que había hablado demasiado.

—Quiero decir… Nadie de aquella generación.

El silencio se hizo pesado. Demasiado pesado.

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Bellini entró unos segundos después. Dejó el sombrero sobre una mesa.

—Necesito hacerle unas preguntas.

Bianca no mostró ninguna resistencia.

—Pregunte.

—¿Qué firmó hoy su padre con el notario?

Los dedos de Bianca dejaron de moverse. Solo un instante. Pero Elena lo vio.

—No lo sé.

Mintió. Bellini también lo vio. Pero decidió no presionarla. Todavía.

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Cuando el inspector abandonó la biblioteca, Elena permaneció unos segundos más. Miró el viejo reloj de plata. La fotografía seguía dentro. Cinco hombres. Un fotógrafo invisible. Cinco guardianes… y una ausencia que empezaba a pesar demasiado.

Entonces Bianca habló sin levantar la vista.

—Mi padre decía que el mayor peligro de un secreto… no era que alguien lo descubriera. Era que alguien lo contara incompleto.

Elena notó un vacío en el estómago. Acababa de comprender algo esencial. Durante dos días habían dado por ciertas todas las historias que les habían contado. Ninguno se había preguntado cuántas eran verdad… y cuántas eran solo la parte conveniente de la verdad.

Fuera, la lluvia golpeaba los cristales de Casa Balestra. En algún lugar de Alba, el asesino seguía despierto. Y, por primera vez desde el inicio de la investigación, Elena tuvo la certeza de que él también estaba esperando el siguiente movimiento.

No huía. Esperaba. Porque el juego acababa de empezar.