El enigma de El Cairo 90
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Yacoub se quedó paralizado, con la boca abierta en un gesto de desprecio, como si no pudiera imaginar que algo tan pequeño lo amenazara.

—Hormigas —dijo Bayford—. Un enjambre. Retrocede.

Yacoub no retrocedió. Avanzó hacia la sombra negra.

—Las hormigas no atacan a los humanos en Egipto, profesor.

La sombra negra lo alcanzó. Yacoub empezó a pisotearla. Durante un segundo pareció vacilar, como si fuera una sola entidad. Luego trepó por su cuerpo. En cuestión de segundos lo cubrieron por completo, como si le hubieran arrojado tinta encima.

Gritó en árabe.

Sus dos sobrinas, que habían estado detrás de mí, pasaron a mi lado de un empujón y corrieron hacia él. Fue entonces cuando vi la segunda sombra negra en el suelo, avanzando hacia Yacoub. Era diez veces más grande que la primera y se movía deprisa, como si estuviera furiosa o hambrienta.

Sawda y Aisha sacudían la ropa de Yacoub a manotazos, y pude ver nubes de hormigas desprendiéndose de él, pero cada vez que limpiaban una zona, más hormigas se abalanzaban sobre él.

Yacoub gritaba. Sawda y Aisha también. Parecía que estuvieran maldiciendo en árabe.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Bayford—. No sabemos cómo han mutado estas hormigas aquí abajo. Si tienen pocas fuentes de alimento, pueden volverse muy peligrosas.

Mustafa estaba detrás de nosotros, bloqueándonos el paso.

—Tiene que haber alguna forma de ayudarlos —dijo, fulminando a Bayford con la mirada.

—No tengo ni idea. Déjanos pasar. —Bayford levantó una mano como si fuera a apartar a Mustafa de un empujón.

—No vas a ir a ninguna parte —dijo Mustafa. Metió la mano en su chaqueta color crema y la sacó empuñando una pequeña pistola negra. Y para colmo, me apuntó a mí.

—Solo huyen del fuego —dijo Bayford—. Tengo un mechero y unos papeles en mi bolsa, justo ahí atrás. —Señaló más allá de Mustafa.

Un grito desgarró el aire, como cristal al romperse. Miré hacia atrás. Sawda estaba de rodillas, golpeándose como si hubiera enloquecido.

Bayford encabezó la marcha de regreso. Lo único que yo quería era conseguir ayuda para Sean. Me daba igual lo que les pasara a los demás.

Sean no se había movido desde que lo dejamos. Ya no resonaban disparos en la cueva. Dos de los guardias de seguridad estaban en la entrada de las escaleras, apuntando hacia arriba con sus armas. Uno de ellos le gritó algo a Mustafa. Este le respondió a gritos y luego se volvió hacia Bayford.

—Rápido. Coge tu bolsa. Lo hacemos ahora.

Bayford recogió su mochila y volvió hacia el túnel y la puerta.

Mustafa me apuntó con la pistola, agitándola.

—Tú también vienes.

Ya estaba junto a Sean. Le tomé la mano.

—No pienso dejarlo otra vez. Dispárame si quieres. Tienes guardias aquí. ¿Qué voy a hacer?

Me miró entornando los ojos. Luego resopló con exasperación y siguió a Bayford.

Un grito resonó débilmente desde el túnel. Miré a los guardias. Ambos se habían vuelto hacia mí. Les tendí una mano, suplicante. Uno de ellos se encogió de hombros, como si dijera que no podía hacer nada. Miré al otro, le tendí la mano. También apartó la mirada.

Me incliné sobre el cuerpo de Sean y apoyé el oído en su pecho.

Tuve que quedarme inmóvil diez segundos antes de oír el débil latido de su corazón.

Le habían robado la sangre, pero, gracias a Dios, seguía vivo.

Me invadió una calidez interior que no había sentido en semanas. Estaba vivo. Íbamos a salir de allí.

Pero ¿cómo?

Empecé a caminar hacia los guardias con el mayor sigilo posible.

Ambos me daban la espalda. Tenía una oportunidad.

Si conseguía hacerme con una de sus armas, podría matarlos a los dos.

No esperarían que una mujer intentara matarlos.

Las mujeres egipcias eran duras, pero por lo general respetaban la autoridad.

Estaba a medio camino cuando uno de ellos se volvió hacia mí. Empuñaba su pistola ametralladora. Me apuntaba. Levanté las manos y las extendí hacia él.

—Agua —dije—. Por favor.

Sonrió y alzó el arma para apuntarme por la mira.

Luego me hizo un gesto para que retrocediera.

Seguí avanzando.