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Henry alzó el puño en señal de triunfo. En su pantalla se veía el suelo, un amasijo de edificios de tejados planos mientras los helicópteros de apoyo Lynx Commando, que habían repostado recientemente en la base aérea egipcia de Almaza, se dirigían desde el aeródromo, al norte de El Cairo,
hacia la meseta de Guiza, al oeste.
Viajaban rápido, con los morros inclinados hacia abajo, y las palas del rotor emitían un zumbido distintivo al alcanzar su velocidad máxima de trescientos cincuenta kilómetros por hora. Solo podrían mantenerla durante treinta minutos, pero sería suficiente. Llegarían a la meseta en quince.
Miró la hilera de relojes en la pared del fondo. Mostraban la hora en Londres, Nueva Delhi, Pekín, Canberra, Los Ángeles y Washington. No le importaba qué hora era. Lo que necesitaba saber era el momento exacto en que llegarían.
Habían solicitado apoyo al portaaviones estadounidense Harry S.
Truman. Estaba en un despliegue rutinario en el Mar Rojo y podía tener un avión de apoyo terrestre, el Harrier II, sobre El Cairo en una hora.
Habían autorizado a un solo Harrier a recorrer el Mar Rojo en lo que podría haber sido una misión de reconocimiento estándar, preparado para cambiar de rumbo si el mando general en Egipto daba permiso y el Gobierno británico lo solicitaba.
Aquella pequeña operación estaba a punto de convertirse en un grave incidente internacional.
La unidad de comandos había enmudecido tras adentrarse bajo tierra.
Ya había cuatro bajas y la reputación del ejército británico estaba en juego.
Clavó la mirada en su pantalla, como si pudiera hacer que el Lynx volara más rápido.
Entonces un ruido a su espalda lo hizo volverse.
—Henry Mowlam, queda relevado de sus funciones. Está usted arrestado por desobedecer una orden directa de su oficial superior.
El hombre que estaba detrás de él llevaba uniforme de capitán. Un capitán de la Royal Military Police. La gorra roja y la insignia lo dejaban claro. La pregunta era: ¿qué hacían allí?
—Caballeros —dijo Henry—. No tienen autoridad para relevarme de mis funciones. Estoy supervisando una operación importante.
El capitán se dirigió a los otros dos oficiales que tenía al lado.
—Arréstenlo y sáquenlo de la sala.
Los dos oficiales se movieron con rapidez, como si estuvieran acostumbrados a detener sospechosos. Uno inmovilizó el brazo derecho de Henry con una llave y lo sacó de la silla de un tirón. El otro le agarró el otro brazo y entre los dos lo levantaron en vilo.
Un grito resonó desde el otro lado de la sala.
—¡Bien hecho!
Pero la atención de Henry estaba puesta en el crepitar que salía del altavoz de su escritorio.
—Solicitando permiso para proceder —dijo la voz.