El enigma de El Cairo 85
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Henry observaba la pantalla con atención, el rostro a escasos centímetros de ella. Habían perdido contacto con el jefe del equipo, pero como solo cinco hombres habían bajado, otros cinco seguían en la superficie.

El sargento al mando de la segunda sección murmuraba algo por el micrófono.

—Más alto, hombre —dijo Henry—. ¿Qué demonios está diciendo?

—Señor, hay disparos resonando en el hueco del ascensor. Si el ascensor no sube en los próximos minutos, abriremos las puertas y descenderemos en rápel.

La pantalla se llenó de cascos de carbono negro y trajes acolchados mientras el equipo se agrupaba en torno a las puertas del ascensor.

—Disparos de nuevo fuera del edificio, señor. La ruta de salida puede estar comprometida.

Henry se apartó de la pantalla. La cosa no estaba saliendo como esperaba. Si los atacaban tanto bajo tierra como en la superficie, pronto habría bajas. Tendría que dar muchas explicaciones, sobre todo si no volvían con los Ryan con vida.

Las puertas del ascensor emitieron un pitido.

El gruñido furioso del sargento resonó en los oídos de Henry.

Cuando la cámara del casco que observaba se inclinó hacia abajo, comprendió por qué.

Los cinco hombres del equipo yacían en el suelo del ascensor.

Detrás de ellos, la pared de acero estaba acribillada a balazos y salpicada de sangre.

No habían tenido ninguna oportunidad. Alguien había disparado contra el ascensor en cuanto se abrieron las puertas. ¿Habrían llegado siquiera a devolver el fuego?

—Permiso para bajar solo, señor —dijo el sargento por el auricular.

Vaciló apenas un instante.

—Permiso concedido —dijo Henry.