El enigma de El Cairo 84
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Corrí hacia delante. No pude contenerme. Había un cuerpo atado a una camilla metálica de hospital en el centro de la cueva. Tenía un gotero conectado al brazo.

Aisha y Sawda me cortaron el paso. Intentaron sujetarme de los brazos. Los sacudí con violencia. Aparecieron dos guardias de seguridad. Mientras intentaba esquivar a Aisha y Sawda, me alcanzaron.

—¡Suéltenme! —grité.

Pero me tenían los brazos bien sujetos. Lancé una patada y alcancé a Sawda en el muslo. Me barrieron el otro pie y caí hacia atrás, sostenida únicamente por los dos guardias de seguridad. Me pusieron en pie de un empujón.

—Su marido no está muerto, señora Ryan. Todavía no, al menos. Pero si sigue causando problemas, lo estará —dijo Mustafa, plantado frente a mí. Les hizo una seña a los dos guardias de seguridad.

Me agarraron con más fuerza.

Dijo algo en árabe. Los hombres me empujaron hacia la camilla. La esperanza y el miedo se mezclaban en mi interior, retorciéndome el estómago. Quería ver quién era. Y temía verlo.

Aparté la mirada al pensar en lo que podría ver, pero volví la cabeza un instante después. Tenía que ver. Tenía que saber.

Entonces lo supe.

—¿Qué le han hecho? —grité, mientras miraba el rostro de Sean. Estaba pálido, demacrado. Parecía enfermo, como un superviviente de un campo de concentración. Tenía las mejillas llenas de moratones.

—Está vivo, señora Ryan. Y tenerlo aquí nos ha sido de gran ayuda. Descubrimos hace tiempo que su marido tiene el mismo tipo de sangre que la familia de los antiguos faraones: A2, con el genotipo MN, muy poco frecuente.

—¿Qué demonios tiene eso que ver con nada? —Conseguí liberar un brazo del agarre del guardia. Levanté el puño frente a mí, frustrada. Me temblaba. Uno de los guardias lo agarró y me lo retorció dolorosamente a la espalda.

—¡Basta! —grité.

Mustafa asintió y señaló al otro lado de la cueva.

Había rocas esparcidas al pie de la pared del fondo.

Entre ellas se abría un pasadizo que se adentraba en la roca.

Parecía recién excavado. En el suelo había taladros eléctricos conectados por cables a un generador de color amarillo chillón.

Recordé el chirrido que había oído al bajar las escaleras.

—¿Qué mierda están haciendo aquí abajo? La sangre de Sean no les sirve para nada. Déjenlo ir, por el amor de Dios. No van a salirse con la suya.

—Oh, pero sí podemos, y lo haremos —dijo una voz a mi espalda. Me volví. Era Yacoub, pero había alguien más con él. Bajaban a la estancia por la escalera.