82
Me detuve nada más doblar la esquina. Frente a mí se abría una estancia con forma de cueva y una abertura en la pared del fondo. La roca que nos rodeaba mostraba distintos tonos de gris.
La abertura del fondo era lo bastante ancha para que diez hombres pasaran en fila, pero el techo de la cueva quedaba apenas un metro por encima de mi cabeza. ¿Sería aquella una entrada subterránea al complejo de la pirámide?
Caminé deprisa hacia la abertura de la pared del fondo.
Al otro lado había una rampa que descendía.
Alguien había colocado barandillas de madera en el lado izquierdo.
La pendiente era de unos cuarenta y cinco grados.
Se podía bajar corriendo, pero frenar al final sería cuestión de suerte.
El techo de la rampa quedaba algo más bajo que mi estatura.
Me dirigí hacia la izquierda y empecé a bajar agarrándome a las barandillas de madera. Quizá hubiera otra salida por allí. O quizá descubriría qué demonios estaba excavando Yacoub.
Una hilera de luces muy separadas entre sí iluminaba la rampa con un resplandor fosforescente. Mientras bajaba, el aire se volvía denso y caliente. El sudor me escocía por todo el cuerpo. Resonaba un ruido de trituración. Al pie de la rampa, un resplandor me atraía hacia delante.
Por un momento me pregunté si no estaría metiéndome en la boca del lobo, pero sabía que no tenía otra opción.
Los efectos de la droga que me habían dado aún no se habían disipado del todo, pero saber que podían hacerme cualquier cosa, incluso matarme mientras dormía, me había despertado un deseo imperioso de alejarme de aquella gente, costara lo que costara.
Intenté no hacer ruido mientras bajaba, pero era difícil: los travesaños de madera clavados en la rampa crujían al pisarlos. Al acercarme al final, que debía de medir unos treinta metros, apareció ante mí una zona de piedra plana. Otra cueva.
Aminoré el paso al acercarme. Había luces encendidas allá abajo y el ruido de trituración era más fuerte. Me agaché al llegar al final para intentar ver el interior de la cueva.
En ese momento aparecieron las dos sobrinas de Yacoub al pie de la rampa. Cada una empuñaba una pistola ametralladora Heckler & Koch negra.
—Baja, Isabel —dijo Aisha.
Me quedé quieta unos segundos, preguntándome si debía intentar volver corriendo. No es fácil acertar a alguien que está por encima de ti y se mueve. Eso me habían dicho hacía mucho tiempo. Pero ¿quería arriesgar mi vida fiándome de su mala puntería?
Apareció otra figura junto a Aisha y Sawda. Era Mustafa, el hermano de Yacoub. Me hizo señas con la mano.
—Ven —dijo—. Conoce a tu marido.