El enigma de El Cairo 81
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Xena se puso de pie. Solo había visto una sombra que cruzaba veloz el suelo, pero sabía que aquello significaba peligro. Dirigió la linterna hacia la zona de la puerta, iluminando cada parte una por una.

No había ningún tirador visible ni forma evidente de atravesarla.

Pero había agujeros en la pared a ambos lados.

Podían ser huecos para antorchas o asideros para escalar.

Miró hacia arriba. El techo, formado por una serie de vigas de piedra, estaba a seis metros de altura. Dirigió la linterna hacia lo alto.

Arriba, sobre la puerta, había una cornisa tallada en la pared de piedra. Observó los agujeros. Podía trepar.

Se metió la linterna en el bolsillo hondo del pantalón. La dejó encendida, así que la luz se filtraba a través del algodón oscuro e iluminaba la pared. No era lo ideal, pero no podía escalar a oscuras.

Puso el pie en el primer agujero, a la altura de la rodilla. Alzó el brazo hacia un hueco sobre su cabeza y metió la mano. El otro pie encontró otro agujero.

Mientras subía, oyó un susurro en el suelo. No se atrevió a mirar abajo. Cuando alcanzó el nivel de la cornisa, tuvo que sobrepasarla y luego usar un agujero más arriba como asidero para encaramarse a ella.

La cornisa tenía el ancho justo de su cuerpo y estaba vacía, salvo por lo que parecía un cuenco situado sobre el centro de la puerta. Gateó hacia él.

No era un simple cuenco. Estaba negro por dentro. Quizás lo habían llenado de aceite y encendido cuando la sala estaba en uso. Miró hacia arriba. El techo estaba ennegrecido. Se tumbó en la cornisa y dirigió la linterna hacia el suelo. Se quedó boquiabierta.

Dos manchas oscuras se desplazaban por el suelo como fantasmas. Se asomó, intentando descifrar qué eran aquellas sombras. Entonces lo comprendió. En la parte trasera de una de ellas, hormigas gigantes correteaban para sumarse a la masa. Al unirse, desaparecían entre el enjambre.

Las sombras se fusionaron y se detuvieron justo debajo del punto por donde ella había trepado.

Un escalofrío la recorrió.

Una parte de la sombra trepó por la pared, como si las de abajo sirvieran de apoyo a las de arriba. La masa parecía dirigirse hacia el primer agujero que ella había usado para subir.

Retrocedió por la cornisa y buscó con la mirada algo que pudiera usar como arma; luego volvió a mirar abajo. Las hormigas no habían alcanzado el siguiente agujero. La pared lisa las había vencido. Se recostó y cerró los ojos. ¿Cómo iba a salir de aquel lugar?